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22 ene 2014

Ortografía Emmental, curiosidades de la lengua, por Ángel U.


En algún curso de bachillerato, a finales de los 60, nos pusieron de maría una asignatura que venía a ser “repaso de lengua”. La daba un cura encapotado que llegaba a clase en olor de multitudes, con los alumnos esperándole a la puerta para aclamarle y jalear frases de alabanza. 

En las sesiones de repaso repetía y tripitía siempre los mismos ejemplos, las mismas frases modelo. “Oración concesiva. Aunque la mona …” 

El ambiente de clase era participativo a tope, así que los alumnos, en cuanto oíamos aquello de la mona montábamos un follón mayúsculo coreando como energúmenos “se vista de seda, mona se queda”. Luego con aplausos y vítores le hacíamos ver que habíamos acertado, golpeábamos los pupitres con los puños y brincábamos de alegría sobre los asientos. Eran, sin duda, clases de gramática viva.

Cuando la bulla se apaciguaba, le decíamos a aquel catedrático ensotanado que con él aprendíamos más que con otros, que era un santo y que nos bendijera. Y vuelta a empezar.

A veces las frases lanzadera tardaban en llegar y éramos los de letras los que dinamizábamos la sesión con un sinfín de preguntas trampa. 

Un día nos salió el tiro por la culata. Ocurrió mientras corregíamos un dictado en que aparecían “cabos de pies cavos” y gansadas así. El cura, investido de todas la ciencias gramaticales, vagaba por el aula pavoneándose de saber diferenciar entre “vaca” que da leche y “baca” de autobús. 

Pero cometió un desliz. “No es lo mismo baca con be, que vaca con uve. Tengan mucho cuidado, las dos (?)acas son distintas según se escriba”.

Los alumnos que estábamos en el turno de incordio no podíamos dejar escapar una ocasión de oro. “Yo no sé escribir eso”, dijo alguien. “¿Las dos (?)acas esas, dichas a la vez, con qué se escribe, con be o con uve?
 
Nos fulminó con la mirada y luego nos habló de la imposibildad de referirnos a las dos vacas a la vez. Pero el alumno erre que erre: “Claro, es que usted dice Las dos (?)acas no existe porque no puede existir. Es un ser imposible y no se puede decir. Pero lo dice. Lo hemos oído todos”. 

Terciaron otros: “¿Qué no se puede decir? ¡Si estáis venga decirlo! Será que no se puede escribir”. “¿Y qué pasa con lo de los dos (?)arones? ¿Se puede decir, se puede escribir o no?”.

El enviado de Dios al aula ya no pudo atajarlo, entró en estado de pánico y tuvo que recurrir a la intercesión de santos y al sistema de castigos. Fue el día de la ira del señor. El día en que alguno de letras acarició con su mejilla una mano de santo.

¿Quieres leer el trabajo completo? Puedes leer la continuación aquí (utiliza el botón de "View fullscreen", las flechas en cuadrado que verás en la parte inferior, para ver en tamaño completo):

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Ortografia emmental, de Ángel U.

7 feb 2012

La cocina y yo

Autor: Rotter
1ª de Ciencias Humanas

Influido por la profusión de programas culinarios que a toda hora segregan los canales televisivos, tomé una determinación: “Estas Navidades voy a cocinar”. Con ello pretendía también, alcanzar el reconocimiento social que proporciona el arte del cucharón.

Esta decisión aparentemente trivial para el común de los mortales, adquiría en mi caso  proporciones  épicas, dada mi incapacidad culinaria y mi voluntaria ignorancia del tema.

Así que me puse manos a la obra, dispuesto a promover mi personal “Culinary Center”.

Provisto de un mandil de grueso hule, un par de guantes de trabajo y gafas de seguridad, (la protección ante todo), me situé frente a la encimera y comencé a distribuir estratégicamente mi instrumental.
Ordenadamente coloqué un par de recipientes graduados, un juego, cucharas de diversas capacidades y un peso electrónico previamente calibrado a cero.

Además, cual caballero que vela sus armas, dispuse ante mí, cuchillos, trinchantes, paletas, cucharas de madera, espumaderas y un par de artilugios cuyo nombre y aplicación ni siquiera conozco.

Sin un rumbo fijo, tomé un libro de cocina, que por su grosor y solidez me inspiró confianza. Y que por otra parte, daba la impresión de haber sido utilizado, a juzgar por los vestigios alimentarios depositados en sus portadas.

No entraré en los pormenores de mi elección, que fue un tanto aleatoria, y pasaré directamente a relatar mis vicisitudes.

Apenas iniciada la lectura, ya tropecé con mi primera disyuntiva:
“Tómese un cacillo pequeño”

¿Cacillo? ¿Pequeño? Lo que yo entendía por cacillo no aparentaba tener ni la estabilidad, ni la capacidad ni la apariencia adecuada. En cuanto al tamaño ¿En qué referencia podía basarme? Opté por consultar un catálogo de menaje en internet  y tras un concienzudo diagnóstico, asumí cual podía ser el diámetro apropiado.

Me sumergí metro en mano entre fresqueras, alacenas y estanterías hasta que  localicé una cacerola cuyas  dimensiones se ajustaban a mis necesidades.

Envalentonado por este primer logro, proseguí en mi empeño
“Añadir dos puñados…”

¡Vaya ya estamos de nuevo! De verdad que lo intenté. Pero  el escurridizo ingrediente se escapaba entre mis dedos dejando un residuo difícilmente ponderable. Finalmente trasegué como pude dos porciones de una cuantía incierta. Pero… ¿Habría acertado con  “el puñado”? ¿Eran mis manos de la talla adecuada? Realmente son más bien pequeñas, por lo que tomé la decisión de añadir una porción suplementaria de aquella sustancia, por mi cuenta y riesgo.

Agregué pues, unos mililitros adicionales, objetivamente tasados, medidos y sopesados  en una de mis vasijas dosificadoras.

Siguieron varias operaciones más o menos triviales y superadas  con diferentes grados de acierto, hasta que…
“Agregue  las yemas de dos huevos medianos”

En principio el proceso de  clasificación por talla no aparentaba entrañar mayor dificultad. Mera función de equidistancia entre el más grande y el más pequeño. Simple ¿No?

Pero al abrir el envase, observé con asombro que todos los huevos eran tan perfectamente iguales entre sí,  que parecían ser fruto de un robot-gallina.

Un tanto apresuradamente estimé que me encontraba ante una selección de ejemplares medios, y por tanto del calibre deseado. Mas he ahí, que en grandes letras rojas, destacaba en el envase  la siguiente declaración: “TAMAÑO EXTRA GRANDE”.

Sin arredrarme por ello, consideré que este desequilibrio, podría compensarse con un incremento en el resto de ingredientes, Así que  recurrí de nuevo a mi vasija graduada para restablecer los  cánones culinarios.

Tras varias tentativas y numerosas roturas, conseguí separar las yemas de las claras, que con pringosa tozudez se resistían a despegarse. Una vez vencida su rebeldía, arrojé los despojos sobrantes al fregadero, contemplando con una mezcla de rencor y fruición, como desaparecían aquellos residuos por el desagüe.

Llegado a este punto, consideré que debía sosegarme y tomar un descanso antes de abordar el acto final. Me repantingué en el sofá, dejándome invadir por un sopor penetrante y reparador. Pero mi sueño se vio agitado por una pesadilla recurrente, en la que una bandada de alados y mofletudos querubines revoloteaba por la cocina, desapareciendo después, tras zambullirse en mis pucheros.

Transcurrido un tiempo incierto me desperté turbado y  aunque algo ofuscado todavía, retomé la receta sin más dilación.
“Póngase a fuego lento y revuelva con una paleta hasta que tenga consistencia”

¿Fuego lento? ¿Es que unos son más rápidos que otros? ¿Cómo establecer una escala de rapidez?
Entre los diversos mandos de la vitrocerámica no localicé ningún botón que hiciera referencia a la velocidad, por lo que recurrí a la vieja cocina de gas.

Un tanto desconcertado, encendí el fuego con parsimonia, intentando con ello alcanzar un grado de lentitud satisfactorio y me puse a batir con ahínco.

A falta de una pauta orientadora, establecí un ritmo de rotación adecuado a mi impaciencia. En consecuencia, el guiso fue pasando por diversos grados de densidad, desde un viscoso inicial, hasta el  mazacote  en  cuyo seno quedó la paleta estancada, impedida de todo movimiento.

Desde luego, la consistencia  había sido conseguida. ¡Y de qué manera!

Deseoso ya de culminar mi propósito, abordé los últimos renglones de la receta.
“Antes de servir añada  las claras batidas…”

¡Maldita sea! ¡Esto se dice antes! Grité con irrefrenable enfado ante tamaña añagaza. Evocando en mi berrinche la visión de las claras desechadas, fluyendo raudas por el desagüe…

Presa ya del desánimo, y  a la vista del poco apetecible resultado, empuñé un trapo de cocina y alzando la mano, exclamé emulando a Vivien Leigh en “Lo que el viento se llevó”:
“…aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!".

Al tiempo que abría la puerta del microondas.

Fuente de la imagen: http://cinemelodic.blogspot.com/

23 ene 2012

Pistolas en un día de trabajo

Autor: Onofre Iriarte
1º de Ciencias Humanas

Yo, Onofre Iriarte, nací en el año 1951, en un pueblo de Navarra llamado Betelu. Cursé mis estudios en la Escuela Profesional de Tolosa. En 1978 empecé a trabajar en Banca en la entidad Caja Navarra, donde ocupé el puesto de director en la sucursal de Arriba-Atallo.

En la trayectoria de mi vida profesional he tenido muchas anécdotas. Fui víctima de tres atracos y de ellos, el primero me impactó el que más, por aquello de ser el primero de mi vida.

Amaneció un treinta de enero con un tiempo de invierno puro, es decir, nevando copiosamente, por lo que apenas circulaban coches y las calles estaban prácticamente desiertas. Cuando eran aproximadamente las doce y media y estando yo solo en la oficina y sin clientes , entró en la sucursal un señor alto con rostro amarillento y con un chubasquero, quien me saludó amablemente, en unos segundos se tapó el rostro y apuntándome con una pistola, me solicitó que le obedeciera en todo lo que me ordenase, ya que aquello era un atraco.

El segundo graffiti


Primero me pidió que le diera todo el dinero que tenía, con tranquilidad y sin nervios. Que no pulsara ninguna alarma ni hiciese ningún gesto sospechoso. Fui obedeciéndole paso a paso y cuando tenía todo el dinero en su poder, me ordenó que no comunicara nada hasta pasar media hora, ya que estaba amenazado y controlado de mis futuros pasos. Cuando se marchó, no hice caso de las ordenes y llamé urgentemente a Jefatura de zona de Pamplona para comunicarles lo ocurrido. Nada más comunicar me quedé sin habla y agarrotado, sin poder moverme. Este cuadro duró aproximadamente quince minutos.

En este periodo apareció un cliente y, al verme que no le respondía nada y tampoco me movía, llamó a mi mujer. Esta acudió urgente a la sucursal. Pasados unos quince minutos o más,  reventé con un grito que no me di cuenta de lo que decía. Según las personas presentes debí de decir "he tenido un atraco". Después aparecieron los Jefes de Zona, el de seguridad, la policía etc. y comenzaron la rueda de preguntas y pruebas con fotos de los posibles atracadores. Entró de por medio la prensa escrita, radio y TV, para dar la noticia de lo ocurrido.

Danish PM: Austerity and growth are two sides of the same coin

En las declaraciones con la policía, el primer sospecho para ellos eres tú.  Hacen varios interrogatorios en distintos lugares  y con distintas personas para ver si todas las declaraciones coinciden. En los atracos el dinero no tiene valor, lo peor son las secuelas que te quedan: primero, por la desconfianza de las personas que pasan a tu alrededor; segundo, que en cada persona no conocida estás viendo al atracador; y  tercero, tienes pesadillas nocturnas. Para poder afrontar esta situación, al final debes acudir a un psicólogo.

Estas experiencias no se las deseas ni a tu peor enemigo. Es mejor contarlas que vivirlas.

16 ene 2012

El desencuentro

Autor/a: Erlea


Confieso, no sin rubor, que mi relación con la literatura siempre ha sido un desencuentro permanente. Solo nos conocemos de espaldas, como mucho de lado y al soslayo, con profundas miradas de recelo. No nos hemos querido.

Ya desde niño, con las plumillas, repite y repite, aprieta al bajar, suave al subir, luego con los bolis, más difícil apretar,  siempre a golpe de regla y tediosas horas, encerrado y sin escapatoria. “La letra con sangre entra” era la máxima del colegio. Y al volver a casa deseando disfrutar del refugio familiar, más de lo mismo: no había juegos ni calle si no hacía las tareas que me habían mandado, que no eran pocas, siempre supervisadas por mi ama, a la cual no le pasaba ni una. “El tiempo es oro y el que lo pierde es un bobo” era su lema favorito. Yo, siempre pensando en jugar a la pelota a mano y al futbol, no entendía nada. ¡Me estaban machacando!

Pasaron unos pocos años y después de la ortografía, la gramática, y otros artilugios sintácticos (¡que peñazo!), estaba en disposición de hacer mi primera redacción. Aquella tarde soleada de primavera, El Bolita, a la sazón profe de lengua española e idioma moderno, entiéndase francés, nos dijo: ¡Tienen dos horas para hacer una redacción sobre la muerte! ¡Morboso él! Inflamado de espíritu cervantino, me puse raudo a escribir las dos hojas preceptivas.  ¡Tam, tam, tam! tocan las campanas. ¡El difunto está agonizando! Y luego relataba el velatorio en casa del finado, los rezos,  la noche de café y coñac, los llantos, el  “no somos nada”, el “por lo menos ha descansado” y el “pobrecitos y ahora qué”.

Cementerio Judío, Praga

No se fijó el Bolita, ni en la ortografía, ni en la gramática, ni en nada de nada. Solo se quedó, para desgracia mía, en ¡El difunto está agonizando! Reunida la clase lo leyó en voz alta para mi burla y escarnio, y toda la maldad infantil se desató en carcajadas que todavía resuenan en mis recuerdos. Ni qué decir que fui excluido del concurso nacional de redacción que promovía Coca Cola.  No vales para esto, me dije, y mientras los demás leían El Quijote, un tormento para mi cerebro, lo mío eran las novelas de vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía, “tenía tres pies y medio de altura, se inclinaba ligeramente a la derecha, como queriendo acariciar suavemente su revólver”, me abstraía de la clase, hacía lo justo para aprobar y huía hacia lo que realmente me gustaban: las matemáticas.

¡Que feliz era con la aritmética y el álgebra! Ahí no había equívocos, no te engañaban,  sí o no, una sola respuesta, como debe ser, sin sutilezas ni ambigüedades.  Dos y dos son cuatro. Y encima el profe no era el Bolita,  y sus perversos “pelotas”, con el Txus no tenían nada que hacer.

Y llegó la poesía. Eso era otra cosa. Tenía métrica, ritmo, o sea, matemáticas, y además servía para tontear con el sexo opuesto que estaba a años luz y eran entes raros, misteriosos y desconocidos. Las coplas de Jorge Manrique, eso sí que era escribir de difuntos. Espronceda siempre atormentado, el inca Garcilaso y otros cuantos. La cuaderna vía, alejandrinos, sonetos, la lira “si de mi baja lira, tanto pudiera el son, que en un momento, aplacara la ira del animoso viento y la furia del mar en movimiento” siempre contando las sílabas, diéresis por aquí, sinalefas por allí y siempre rimas en consonante. Las asonantes me sonaban a prosa, aunque algunas me gustaban “yo que te miré, tú que me comprendiste”.

Escribí algunas, otras copiaba, pero quedaba bien y daba resultado. Leí algo de las novelas de aventuras de Salgari, pero no pasaba de ahí, y ya no recuerdo bien si era en el sexto bachiller o en el Preu, un profe de literatura cuyo nombre ni recuerdo, se empeñaba en que dedujera, de un texto literario, la personalidad de su autor. ¡Imposible! Para eso había que tener una sensibilidad y entendimiento del que yo carecía.

Luego los estudios profesionales, por supuesto de Ciencias, y a trabajar. Ya era un hombre de provecho, y oposición va y oposición viene, a ganar el sustento para uno y su familia, compra y vende, activos, pasivos, rentabilidad, maximiza el beneficio, y todo informes técnicos, vademécum, cartas, comunicaciones, correos, circulares y estudios, dedicados siempre en la misma dirección. O sea, de literatura como arte, nada de nada.

Calculator

Y así se pasaron muchos años, hasta que ya en la madurez, tuve la suerte de encontrarme con mi amigo Andoni, un lector empedernido, una enciclopedia viviente. Compra  libros, los lee y luego los vende a peso, porque no le entran en casa.  En horas libres, que no son muchas, compartimos muchos temas, algunos actuales, otros históricos, también técnicos y siempre en busca del contraste de opiniones. Admiro su capacidad de análisis y de síntesis, su conocimiento universal, su vocabulario… y su paciencia conmigo, porque, las más de las veces, no le aporto nada, y mis silencios para escucharle son cada vez más evidentes gracias a mi ignorancia. Salgo ganando. Por eso, de vez en cuando, me deja algún libro, como quien no quiere la cosa, sobre todo ensayos,  para así poder tener motivo de conversación.

libros

Carezco de palabras de agradecimiento para mi amigo, porque gracias a sus libros y su compañía, disfruto y he disfrutado de hermosas horas de conversación y distendidas y amenas tertulias. Poco a poco, ha encendido en mí la llama de la curiosidad, y ahora, en que la opinión de los demás sobre uno importa un carajo, y la edad ha desvanecido mi juvenil vanidad, ahora que mi tiempo es mío, es posible se rompan la indiferencia y el desencuentro con las letras y  se tornen del odio, en amor. Nunca es tarde.

13 ene 2012

Curiosa anécdota del Camino de Santiago

Autor: Antxon Vega
1º de Ciencias Humanas

Aprovechando la oportunidad que nuestra dinámica y eficiente maestra nos brinda a través de este foro para compartir trabajos o experiencias, me atrevo a contar a mis queridos/as compañeros/as una pequeña batallita que viví en primera persona, y cuyo protagonista principal fue un personaje de actualidad, por cierto, bastante controvertido.

Corría el año del señor, también llamado Año Santo de 1993 - que, como muy bien sabéis, son todos aquellos en los cuales la festividad del Apóstol Santiago coincide en domingo - cuando un grupo de amigos nos lanzamos a la aventura de recorrer el Camino de la Estrellas.

Camino de Santiago - Aug 30, 09

La marcha, la iniciamos en el mítico Roncesvalles, testigo mudo de la historia, una radiante mañana de un 25 de julio, con la idea de llegar a nuestro destino el día 15 de agosto, como podéis comprobar dos fechas claves en el calendario religioso.

El Camino, por cierto una experiencia a nivel personal que os recomiendo a todos, transcurrió con total normalidad, salpicado de sudores, anécdotas y enriquecedoras vivencias, que contribuyeron a unir si cabe aún más al grupo.

Camino de Santiago - Aug 30, 09

Con el fin de recorrer los algo más de 20 km. que nos separaban de la tumba del Apóstol y llegar a Santiago holgados de tiempo para asistir a la misa del Peregrino, el último día madrugamos algo más de lo normal.

La mañana era radiante, la ciudad se encontraba a rebosar de visitantes, y el impresionante edificio románico de la catedral relucía con todo su esplendor.

Catedral de Santiago

Muy cansados, sudorosos, llenos de polvo y embargados por la emoción del momento accedimos al bello edificio románico, y nos instalamos como mejor pudimos a la espera del inicio de la Santa Misa. Un compañero y yo nos sentamos, por cierto muy discretamente, en un lateral de la escalinata por la que se accede al altar mayor.

Enseguida, apareció como un ángel justiciero, un cura rechoncho  de los de antes del Concilio, que, con cara de pocos amigos, en un tono totalmente desagradable y con muy malos modos, nos expulsó de aquel lugar, "¡Fuera!, ¡Fuera de aquí!" - decía. Intenté vanamente explicarle a aquel buen hombre nuestro cansancio, pero por lo visto no debía de tener el sentido del oído muy desarrollado, porque no nos hacía ni caso.

Cuando resignadamente nos disponíamos a abandonar el lugar, apareció una negra, alta y espigada figura cuya cara se me hacía conocida; sin decir ni una palabra, con una sonrisa a flor de labios y una exquisita amabilidad, nos tomó del brazo a los dos y nos sentó en los sitiales ubicados en el altar mayor, al lado del evangelio y reservados a las grandes personalidades, en los cuales seguimos la misa, el vuelo del botafumeiro y toda la parafernalia de la ceremonia religiosa del día.

¡Bueno! Para qué os voy a contar, el subidón que sintió Antxon en esos momentos era indescriptible, me sentía como un ratón encima de un queso, ¡qué emoción!, ¡qué recuerdo más imborrable para contar a mis nietos y como colofón a una gran experiencia!

Y os preguntaréis, ¿quién era esa persona tan poderosa y tan bondadosa?, pues era ni más ni menos que el por entonces Arzobispo de Santiago, Don Antonio Mª Rouco Varela,  hoy cardenal y presidente de la Conferencia Episcopal Española, persona que por lo general como bien conocéis, concita muy pocas simpatías, por la imagen de persona dura e inflexible que transmite, pero que como podéis comprobar, a veces las apariencias engañan, y como decía aquel castizo, ¡de muestra basta un botón!

12 ene 2012

Cómo freír un huevo impunemente

Autor:
Un Chef muy inútil
Sorivan Gouroumier
Yo mismo


Primero y principal: cerciórese de que se encuentra en la cocina, ya que en otras piezas de la casa no encontrará ni las instalaciones ni el material preciso.

Una vez ubicado en la misma proceda de la siguiente manera:

1º- Busque en el sitio adecuado una sartén de tamaño medio, entendiéndose por esta un recipiente de poca o mediana profundidad, de forma más o menos redonda y con una protuberancia en el exterior que se denomina mango. Este sirve para asirla sin quemarse y tiene, también, la característica de servir para diestros y zurdos con solo un leve giro de 180 grados que se ha de realizar en frío.

2º- Ponga la sartén en la fuente emisora de calor y añada en ella una cantidad suficiente de aceite limpio. Con medio litro será suficiente, lo que parece, y es, una barbaridad; que para freir un solo huevo haga falta pringar semejante cantidad de condimento es de bárbaros, poco ecológico y no sostenible.

Lleve el dorado líquido hasta una temperatura de entre 170 y 200 grados centígrados, momento en que reconocerá mediante un órgano especial del que disponemos los humanos, en el ojo izquierdo, ya que llegará a la conclusión de haber alcanzado la temperatura solamente mirando. No le recomiendo otras prácticas como la de meter la yema del dedo o escupir para ver si burbujea la saliva: los resultados serán muy dolorosos en el propio dedo o en el rostro por las salpicaduras del aceite.

3º- Ha llegado el momento de coger el huevo. Hágalo con cuidado ya que, de lo contrario, se romperá. Golpéelo por la parte redonda contra una superficie afilada. Sitúe el huevo rajado sobre la sartén e introduzca las uñas de sus dedos pulgares dentro de la rendija. Tire, al unísono, hacia afuera y deje fluir el interior. Este se compone de un líquido casi transparente y de una pelotilla entre amarilla y rojiza que tenderá a rozarse con las uñas o con el canto cortante de una de las mitades de la cáscara, reventándose, con lo que al llegar al aceite caliente se formará un chandrío en lugar de un hermoso huevo frito.

Chandrío es el resultado de cualquier cosa mal hecha. Si esto sucediera, que sucede, coja una espumadera, que es un útil de cocina compuesto por un disco perforado de manera artística y un largo mango para alejar nuestra mano de las salpicaduras de aceite caliente que se producen por la explosión de unas ampollas que salen en la clara al calentarse y, siempre, lo hacen en dirección del operario; saque la cosa que hay ahí, dentro del aceite y reserve,  que se dice en cocina.

4º.- Repita el punto tres tantas veces como sean necesarias hasta obtener un precioso huevo frito, redondo él, con un velo blanquecino cubriendo toda su superficie, bien cuajado, brillante y con sus mayores o menores puntillitas. Coja la espumadera y retírelo. Aquí se produce otro fenómeno físico inexplicable: el huevo y la espumadera forman un todo uno que dificultará enormemente que el huevo se deslice sobre la espumadera; y no lo hará, de normal, hasta que no se reviente la dichosa pelotilla con lo que hará al producto no apto para sus fines. Como en situaciones anteriores, resérvelo.

5º.- Si al final consigue poner un hermoso huevo frito en un plato preparado al efecto, vaya, lo más rápido que pueda, a por su cámara digital. Haga la o las correspondientes fotos y, desde su ordenador envíelas a la Academie Française des Arts et des Métièrs adjuntando una foto de carné suya quien, con celeridad, le reenviará a la Academie Culinaire et de la Gastronomie quien, a su vez y a vuelta de correo postal, le enviará la Gran Croix Aux Mérites Gastronomiques, en oro sobre campo de gules laureados y con  banda púrpura,  que le elevará al Olympo de los Grandes Chefs de la cocina mundial.

Esto No Es Un Huevo (cuajada de oveja con crema de mango)
Creación de Fernando Canales - Restaurante Etxanobe

Lo que sucede entonces es que, a la vuelta de tan cibernética misión, el huevo se habrá enfriado pasando de ser una delicia gastronómica a ser una infecta bola blancuzca, mate, arrugada y con los borde levantados. No lo ingiera en estas condiciones pues se le formará un bolo alimenticio en el estómago de difícil digestión aún ayudándose de la ingesta masiva de vino tinto, lo que hará que, además de tener una pesadísima digestión, agarre un pedal del nº 3 que no es otra cosa que una intoxicación etílica entre grave y muy grave con efectos secundarios a corto plazo como la pérdida de  memoria, cefaleas y vómitos, entre otros.

¡Ah! Se me olvidaba. Con los chandríos de huevo frito que ha ido reservando durante el proceso, actúe de la siguiente manera:

Agarre con mucho cuidado el recipiente donde los ha ido poniendo y échelos a la basura. A la de órganica, por supuesto, y prepárese un buen bocadillo de mortadela napolitana. Saldrá ganando. Estará buenísimo desde el primero, no se quemará ni las manos ni la cara y, además, no generará basuras y no contaminará. (Que falta hace).


Donostia San Sebastian. Octubre 2011

Un Chef muy inútil
Sorivan Gouroumier
Yo mismo

9 ene 2012

Dos cuentos breves

Autora: Ana Mª López
1º de Ciencias Humanas


EL ASCENSOR

Nada más entrar en el ascensor, se percató de que no llevaba encima su amuleto contra la claustrofobia, pero ya era tarde, aquella jaula había empezado a moverse y ella estaba allí dentro sola y aterrorizada. Primero se sentó agachó la cabeza y la puso entre sus manos, pero se ahogaba, se puso de pie y empezó a gritar y entonces... Ocurrió.

Se vio reflejada en el espejo y comprobó que no era ella sino su peor enemigo. Sus carcajadas eran realmente pavorosas.

Arranque Imagen de Flickr CC - by Santiago Rodríguez
Imagen de Flickr - CC - by Santiago Rodríguez


UN TREN

Los trenes eran su pasión desde pequeño, pero aquel en especial le había cautivado de tal manera, que no podía pasar por la estación sin entrar para contemplarlo pasar a la hora habitual. Aquello se convirtió en una obsesión .


Al final, un día decidió que iría en aquel tren sin importarle el destino, y de esa manera se convirtió en el mendigo fijo de aquel "su tren" y fue inmensamente feliz por el resto de sus dias, que, todo hay que decirlo, fueron pocos.

Ankara'nın tren yolu...
Imagen de Flickr - CC - by Ismail

7 ene 2012

La escritura y... Jesús Sesma

Autor: Jesús Sesma
1º de Ciencias Humanas

MI BIOGRAFÍA COMO “ESCRITOR DE BROCHA GORDA”

Mi arranque como escritor fue lamentable, por decirlo cariñosamente. Comenzó con una redacción que me inundó de emoción (¡qué capacidad para las letras!)... hasta que el profesor la calificó.

Al día siguiente, mis pronósticos se estaban cumpliendo. El profesor comenzó a leer mi trabajo, aunque estuvo a punto de no terminarlo porque el paciente señor la leyó perfectamente, de un tirón, y se quedó prácticamente sin respiración, porque yo no había puesto ni un solo signo de puntuación, ni una coma.

Ahí terminó mi carrera de escritor. Solo tomaba apuntes y contestaba a los exámenes, pero nada más, ya que lo mejor que tenía era la letra. Ah, claro, y la ortografía.

Con el paso del tiempo no mejoré demasiado escribiendo aburridas notas repletas de números, pero he llegado a este curso de la experiencia (?) y la profesora, que parece un entrenador de fútbol juvenil que quiere ascender al equipo, nos está azuzando y aquí estoy, intentando despegar.

Roeber and Crane Bros. Vaudeville Athletic Co.: Ernst Roeber, champion of the world, wrestling poster, ca. 1898

Quizás debiera asumir la idea que Oscar Wilde pone en boca de uno de sus personajes: “me gusta demasiado leerlos (los libros) para molestarme en escribirlos”, pero sigo escuchando la voz de la entrenadora hablándonos de neuronas que se libran, cables que se desenmarañan, ...

Infinitos horizontes se abren ante nuestros ojos, en nuestras mentes, impregnándolas de ilusión, optimismo y ganas de caminar.    

Cuando La Lengua destruyó al amor

Autor:Jose María Atorrasagasti
1º de Ciencias Humanas

Era a mediados de los sesenta cuando yo era estudiante, regular por cierto, de 4º curso de Bachillerato y a con 13 años encontré mi primer amor; allí estaba, en el suelo, dibujada en un papel de la mitad de un folio. Era muy guapa, de edad y talla indefinida, pero válida para mí.

Inmediatamente guardé el retrato en el libro de Lengua, aunque era consciente de que, con aquella acción, estaba probablemente robando el amor de un compañero.

leo
Retrato en Flickr - CC - by Ringoblu

Lo usaba básicamente como recordatorio de páginas, y así tenía, continuamente, la imagen de mi bello amor. Tanta manipulación y movimiento llevó consigo un deterioro progresivo del papel, malo de calidad, soporte del retrato. Decidí que tenía que conservar a mi amor y lo calqué, sobre un cristal y una lámpara encendida, en otro papel de mejor calidad. El resultado fue regular, ya que no era tan perfecta, pero consideré que como el papel era mejor, este perduraría.

No fue así, por tanta manipulación entre páginas del libro, y tuve que repetir varias veces la operación; el resultado fue nefasto pero yo seguía enamorado, pero un poco menos.

Un día en la hora de estudio, el Padre Jaúregui, profesor de Lengua, al pasar junto a mi pupitre, vio el retrato, ya muy distinto del original, y lo cogió. Me dijo: "¡Te mereces algo mejor!" Y lo hizo pedazos.


¡Destruyó mi amor!

26 dic 2011

Un día en la vida de... Ramon Kanpandegi (cap. 1)

Autor: Ramon Kanpandegi
1º curso de Ciencias Humanas

Me parece haber oido al patrón llamar a mi padre, pero me doy media vuelta y aguanto en la cama. Se está bien aquí dentro. El agradable calor me envuelve como si fuera una burbuja que me aísla del frío exterior. Por algo estamos en invierno y más concretamente, en enero. Morfeo me llama a sus dominios y estoy a punto de volver a dormirme, cuando me llama mi padre. Esta vez no hay lugar a duda. Hora de levantarse. Son las cinco de la madrugada de cualquier día de la semana.

Pienso en el patrón, ellos se levantan media hora antes y se reúnen en la Benta. Allí, comentan el tiempo: el viento que hace, la mar de fondo que se aprecia por la intensidad de la resaca, y sobre todo los partes meteorológicos que se recogen desde distintos observatorios: Igueldo, Arcachon, Cap Ferrer,... así como, la hoja meteorológica que la comandancia de marina nos deja todos los días sujeta con una piedra en el hueco de la fachada de la Cofradía. Cuando los patrones se ponen de acuerdo y suponen, tanto por las previsiones como por el estado del tiempo en este instante, que podremos aprovechar el día, se separan y se desparraman rápidamente por las calles para llamar a sus correspondientes tripulaciones. La llamada se hace directamente, a viva voz, desde la calle, dirigiéndose a la ventana del cuarto donde sabe que duerme el tripulante. Los que viven en algún barrio más alejado, o en algún caserío, lo tienen peor, pues quedan citados ya de víspera, y estos sí que, haga el tiempo que haga, tienen que estar a la hora en la Benta.

Nosotros tenemos la suerte, aunque, la verdad, no es lo normal, de que los días de arribada, el patrón no nos llama y continuamos calientes, entre sábanas, hasta la hora normal de levantarse. Sentado ya en la cama  - no conviene permanecer en ella porque te vuelves a dormir- me pongo las pilas. Me visto rápidamente, paso por el baño, después por la cocina a tomar el café con leche que el padre ya ha calentado y bajo al portal donde tenemos la bici. Agarro la mía y salgo a la calle. El suelo está mojado, pero no llueve. Siento el fresco viento del nordeste, le llamamos viento francés, frío y racheado, malo, como no podía ser de otra forma algo que nos viniera de Francia. ¡¡¡Estos gabachos!!!

Bidasoa-Txingudi 17

Monto en la bici. Me imagino la dura ruta que tendremos hacia el caladero. Viento de proa, que sin ser demasiado fuerte, tiene la suficiente intensidad como para formar un oleaje que nos hará navegar saltando incesantemente en un continuo cabecear. Trago saliva. Alcanzo la panadería tres calles mas allá, y al entrar, la luz y el ajetreo interior desentona con la soledad y oscuridad que inunda la calle. Media docena de panaderos, con sus ropas, manos y cejas blancas se afanan en lo que para ellos es el final de la jornada. Compro dos panes todavía calientes y regreso a casa sin detenerme. Quizás veo y saludo a algún compañero, o un amigo de  otra embarcación, que como yo, se mueven rápidos, casi furtivos, hacia sus respectivos puntos de encuentro. La ciudad sigue dormida, en silencio, pero los pescadores, nosotros ya estamos en marcha. De vuelta en casa, me están esperando. Reparto el pan, lo meto en las cestas y el padre con mi hermano mayor bajan a por las bicis para irse ya hacia el puerto de Refugio.

El motorista, el patrón y otros tres tripulantes se adelantan al resto para arrancar el motor y arrimar el barco al muelle donde nos esperan. Yo también bajo las escaleras de casa y aguardo al carro que no tarda en llegar. El carro tiene dos varas y dos ruedas de neumático. Es bastante ligero. Por ser el más joven me toca coger las varas. El resto de los tripulantes se colocan alrededor del carro, en los laterales y en la parte de atrás, se supone que para empujar, pero a estas horas en su lugar, más de uno, adormilado, se deja llevar por el carro. Es difícil saber quién empuja y quién no. A veces el paso cansino, se hace más lento,  hasta que alguno suelta un gruñido: "Venga, que no llegamos". Entonces aceleramos. Como autómatas, en silencio.  Muy distinto a lo que suele ser la vuelta. En el carro llevamos nuestras respectivas cestas con la comida para el día, la carnada, algún trasto y las cajas vacías cuyo número nos indica la pesca que tuvimos ayer: diez cajas de merluza y cinco de besugo. Ya me conformaría si a la vuelta trajéramos el mismo número, pero llenas. Tenemos por delante media hora de caminata. Todos conocemos lo de: "Joan aguro edo geldi/honek izena dik ordu erdi" (Vayamos deprisa  o despacio, este recorrido se llama media hora).

Pasamos por la playa y me acuerdo del partido que jugamos el día de arribada de la semana pasada. Empezamos a jugar a las tres y media de la tarde y terminamos de mala manera porque ya no veiamos el balón. Resultado: ganamos cuatro a tres, o empatamos a cinco goles. No sé, me confundo con el de la semana anterior, ya no me acuerdo. Los partidos suelen ser a cara de perro, eso sí. Los normales suelen durar más de dos horas, pero si nos jugamos una peseta, de todas todas, se nos hace de noche.


Ola

Estamos pasando por los pozos, quedan diez minutos para llegar. Esta carretera no la hicieron pegada al acantilado, sino que, aquí tiraron en línea recta, de manera que se separa de las rocas unos ciento cincuenta metros. A la derecha, la playa y el mar, a la izquierda unos grandes pozos. Unidos ambos por unos grandes tubos colocados por debajo de la carretera. Las aguas del pozo más estancas, se hielan en invierno y aparecen flotando un montón de peces panza arriba muertos. Con una caña cogemos los que podemos. Descartamos entrar en el agua. Hace demasiado frio. Ya estamos llegando al puerto donde la imagen es poco habitual. La treintena de barcos ya no están anclados ordenadamente en fila, quietos, costado contra costado, al contrario, han echado las cadenas y sueltos se mueven lenta y desordenadamente, buscando cada uno, su lugar de atraque más próximo. Me dirijo hacia donde está el nuestro y embarcamos los trastos. Según la marea el embarque puede ser peligroso para el más veterano. Le ayudamos. Llevo el carro a lugar seguro y saltamos a bordo. Lentamente, siguiendo cada uno su turno, en fila, los barcos vamos saliendo de la bocana. Mientras, nos instalamos, arranchamos las cosas hasta que cestas, baldes, ganchos, cajas y todo lo que hay en cubierta queda bien sujeto y amarrado. Al doblar el dique norte, todavía a media velocidad, el patrón desde el puente, reza la salve a viva voz, todos nos descubrimos y le acompañamos,  en voz baja. Tras santiguarnos, nos calamos las boinas.

Bidasoa-Txingudi 19

El barco acelera poco a poco,  proa al caladero, con el viento y las olas de barlovento, de proa. Empezamos a cabecear saltando suavemente al principio, hasta llegar a un cabeceo brusco que nos obliga a movernos, con cuidado, agarrados a todo lo que podamos echar mano. La tripulación ha desaparecido de cubierta, ya están en sus literas. Sólo quedan el patrón y el mecánico en sus respectivos puestos. Atrás queda la bahía de Txingudi totalmente iluminada desde Higer hasta las Gemelas. Hendaia, Irún y Hondarribia compartimos la bahía, un espacio claramente definido. Sin límites, sin frontera. Como una sola ciudad. A babor, se ve perfectamente San Juan de Luz y también a la derecha pero más al nordeste vemos las luces de Biarritz con su potente faro de dos destellos cada diez segundos. Aquí por toda la costa hay miles de luces, hasta el monte Larun tiene sus dos luces rojas. Aquí situarse es fácil.  Pero mar adentro, esto es, a tres horas de ruta, no se ve ninguna luz. En las noches cubiertas, todo el mar en sus trescientos sesenta grados está negro, no hay ningún punto de referencia. Estamos solos. Gracias a su gran alcance, mayor aún que el de Machichaco, la primera luz que nos señala tierra, es el faro de Biarritz. Ahora sabemos donde estamos. Ya no estamos solos.  Acaba de salir Venus, magnífico, su brillante luz fija destaca inconfundible, nos anuncia el alba e inspira serenidad. A medida que nos alejamos de la costa, las luces urbanas languidecen, mientras la bóveda celeste le arrebata el protagonismo y un mar enorme de estrellas tintinean cada vez con mayor intensidad, ¡grandioso!. Inspiro fuerte y sin querer me acuerdo de Trueba y su:

El que no sepa rezar
que vaya por esos mares
y verá qué pronto aprende
sin enseñárselo nadie.

Yo también bajo al catre, tenemos hora y media hasta que amanezca y hay que aprovechar.

19 dic 2011

Pinceladas - Mª Antonia Mugica

Autora: Mª Antonia Mugica
1º curso de Ciencias Humanas


PINCELADAS

Me llamo María Antonia y buscando en lo que ahora llamamos "disco duro" de mis recuerdo,s revivo una escena que para algunos/as será conocida.

SITUEMONOS: AÑO 50

Una CLASE (ahora la llamaríamos aula)

20 niñas todas de la misma edad, con sus batas blancas y pendientes de una profesora (una monja toda de marrón) que con las gafas en caballete parecía  querer sacarnos en lugar de meternos nuestro poco saber.

Sentadas ante un pupitre con un pequeño tintero de porcelana, un cuaderno rayado o en blanco con una farsilla debajo, una pluma con mango de madera y una plumilla de hierro, latón y hasta de cristal, esperábamos las palabras:  SEÑORITAS: DICTADO.

Manos a la obra, atentas, muy atentas a no cometer ninguna falta de ortografía, era quizás no tan complicado pues a nuestros 7 - 8 años  ya debíamos  hacerlo, habíamos dejado el lápiz porque éramos mayores y ya escribíamos con TINTA.

Durante más de media hora no se oía nada más que el ruido del metal raspando el papel, y cuando pasado el tiempo y a la frase de SEÑORITAS, déjenlo todo creíamos haber terminado llegando al final, y el labio ya no se mordía, entonces, entonces un pequeño empujón de tu compañera y ¡horror! la plumilla  parecía que lo hacía a propósito y caía un lamparón negro como una cucaracha.

Para qué deciros nada más, nuestra cara era el reflejo de todo: miedo, pena, tristeza... pero sobre todo  miedo ante la cara de la MONJA.

Fuente de la imagen: http://www.turismo-briviesca.com/

Llegaba el final  del curso y en nuestro boletín de notas aparecía un aprobado, notable o sobresaliente en GRAMÁTICA y ORTOGRAFÍA.

Pero éramos duras y al día siguiente volvíamos a intentarlo otra vez ante la palabra DICTADO y salía bien.


Un pequeño triunfo en nuestro mundo de folios, farsillas , plumillas , tinteros  y una MONJA con las gafas en caballete, por cierto como yo las llevo ahora,  ANTE MI ORDENADOR haciendo también un trabajo de LENGUA.

30 nov 2011

La letra con sangre entra... La escritura y Charo Barinaga-Rementeria

Autora: Charo Barinaga-Rementeria
1º curso de Ciencias Humanas


LA LETRA CON SANGRE ENTRA
…pero con dulzura y amor se enseña mejor (revisión actualizada del refrán)


Ya a principios del siglo XVII, en El Quijote, aparece el refrán “la letra con sangre entra”, señalando las dificultades y esfuerzos que son necesarios para aprender: "menester será que el buen Sancho haga alguna disciplina de abrojos, o de las de canelones, que se dejen sentir, porque la letra con sangre entra" (El Quijote, capítulo XXXVI, 2ª parte).

Y la señorita Gloria aplicó el refrán en la escuela de Ondarroa donde yo aprendí a escribir, a principios de los años 50. Tenía yo poco más de siete años.

Imaginad lo difícil que puede ser corregir un texto escrito a lápiz si no se tiene una goma de borrar. Y más complicado aún enderezar unas palabras que se van inclinando, “cayendo” en el cuaderno sin conseguir mantenerlas dentro de la línea prevista.  Yo intentaba escribir recto, sin salirme de la raya, pero ¡era superior a mí!, las palabras se iban torciendo y como no tenía borrador, intentaba deshacer lo escrito con la yema de los dedos, con un resultado nefasto: borrones de color gris oscuro sobre los cuales reescribía sin mucha fortuna.

La señorita Gloria (pequeña, más bien esmirriada, mandona y con voz chillona) me llamó para que le enseñara mi cuaderno.  Creo que tragué saliva y me acerqué a su mesa muerta de miedo. Cuando vio mi trabajo soltó un grito y me arreó un bofetón en la cara que no he podido olvidar nunca.

Este es el primer recuerdo de mi paso por la escuela.  Menos mal que mis padres tuvieron la idea de venir a vivir a Donostia y aquí las cosas cambiaron. Ahora no es más que una anécdota que disfruto contando a mi nieta y sus compañeros del parque cuando surge la ocasión. Porque, afortunadamente para los niños, alguien debió revisar el viejo refrán para añadirle “…pero con dulzura y amor se enseña mejor”.

¡Que en gloria esté la tal Señorita Gloria!


Txarito de pequeña

28 nov 2011

La escritura y... Rotter

Autor o autora: Rotter
1º curso de Ciencias Humanas


En mi ya lejana infancia, época en que los estímulos externos a la imaginación eran más bien escasos, la  lectura me supuso una ventana abierta  a un mundo en el que podía soñar sin más límites que mi propia fantasía.

Childhood Dream@SL5B

Pasado el tiempo, en alguna  ocasión, sentí la necesidad de reflejar mis propias fantasías, mis propias ilusiones, de recrearme  en mis propias quimeras. Ello me llevó a incipientes intentos, a experimentos dispersos, a conatos naufragados sin remedio en el mar de mi inconstancia.

Pero quedó para siempre en mi interior la sensación de libertad, el horizonte sin límites que proporciona la palabra escrita. Sin corsés de ningún tipo. La palabra por la palabra, más allá de su acepción escueta, de su ortografía incluso. Sugerente a veces por su sonido, por su ubicación o por su transgresión.
Hubo otro momento en mi vida. Este ya en la  juventud plena. En mi interior bullían infinidad de emociones, entusiasmo, incluso congojas. Necesitaba expresar  mis experiencias vitales, mis inquietudes sociales, mis aspiraciones…

Y además… llegó el amor.

En esas “me encontraba una noche contemplando las estrellas” (parafraseo al gaucho Martín Fierro), cuando comencé a hilar palabras, lentamente al principio, a borbotones más tarde, incontenibles después.

Allí frente a mí, roja en la penumbra, mi máquina de escribir permanecía expectante, con la mirada cómplice de quien se sabe compañera inseparable…

23 nov 2011

Ilusiones hundidas

Pseudónimo: Igueldo
1º curso de Ciencias Humanas

Como cada martes, cuatro amigos se reunían en el Café Central de su pueblo y acudían con su refinada puntualidad, ya que ansiaban dicho encuentro y el compromiso que habían adquirido desde hace 6 años, de presentar cada uno de ellos, ante sus amigos, una noticia o sucedido que les había  impresionado o sorprendido.

Aurelio estaba deseando que llegase su turno ya que su noticia, creía él, les iba a sorprender.

Al empezar a hablar les dijo que en realidad quería comentar una “experiencia" que iba a vivir con su mujer y 2 matrimonios amigos. Se había enterado del primer vuelo entre París y Copenhagen y quería ser de los primeros pasajeros en realizarlo y que tenía todo organizado, siendo la fecha del vuelo el 8 de febrero de 1949.

El revuelo organizado por sus amigos fue tremendo, ya que le hicieron muchas preguntas seguidas: "¿No tienes miedo a volar, a que os pase algo?", "Tenéis 4 hijos todavía jóvenes", si había sopesado el riesgo de su aventura… Él les tranquilizó diciendo “lo normal es que no pase nada malo”.

Llegó el deseado día, y Aurelio con su mujer y sus amigos se subieron al avión  y a las 16:10 horas despegó dicho avión con 27 pasajeros y 4 tripulantes.

Sobre las 19 horas informan al piloto que en el aeropuerto de Copenhagen hay mucha niebla que impide la visibilidad de la pista de aterrizaje y que la alternativa que tiene es dirigirse al aeropuerto de Gotemburgo.

Súbitamente el avión empieza a descender de los 1000 pies a 700, desde la central le advierten que debe reconducir el avión a la línea 1 de la pista de aterrizaje y que ellos le dirigirán el aterrizaje. El veterano  piloto intenta aterrizar, pero no puede hacerse con el control del avión, que desciende rápidamente y caen al mar.

Pasado un mes encontraron el avión, y a la mujer de Aurelio y a él lo encontraron a los tres meses.


Este es mi homenaje a mis abuelos que no he podido conocer y a los que he echado en falta en mi niñez y en momentos importantes de mi vida.

La escritura y... Ana Mari López

Autora: Ana Mari López
1º curso de Ciencias Humanas

LA ESCRITURA Y YO

La escritura y yo siempre hemos sido cómplices y amigas. Lo mismo me ha servido de placer como de medicina. Me explico: generalmente en la adolescencia, escribir poemas de amor es uno de los placeres más deliciosos que existen. Ahí, en ese punto nací yo como escritora de brocha gorda.

Más adelante, paradojas de la vida, mi noviazgo fue en su mayor parte epistolar. Cada día nos escribíamos una carta.

Como medicina, empecé empleando la escritura en mi "diario secreto", donde anotaba todas mis cuitas juveniles.

Si hablara la máquina de escribir de Ana María... ¡cuántas vivencias!

En plena madurez, utilicé la escritura como desahogo ante situaciones duras de la vida. En alguna ocasión, cuando me encontraba en un pozo  profundo y oscuro, mi medicina era cada mañana escribir mis sentimientos más recónditos y así vaciarme en el papel. Después lo leía y lo rompía en mil pedazos. Esto me ayudaba muchísimo.

Ahora con mi edad, utilizo la escritura para dejar constancia de mi paso por este mundo; entre los míos ¡por supuesto! A mi marido le he preparado un manuscrito por si me voy antes que él. "Un legado de amor" lo he titulado.
A mis nietas, les he hecho un librito de cuentos personalizado a cada una de ellas, para que no me olviden demasiado pronto cuando yo desaparezca.

Nota de edición: El original está escrito en la máquina de escribir de la fotografía, lo que le da un encanto especial en estos tiempos informatizados. Esta es la imagen del texto (haz clic en ella para ver en mayor tamaño).

17 nov 2011

La escritura y... Angel Abalde

Autor: Angel Abalde Calparsoro
1º curso de Ciencias Humanas

¿ESCRITOR O JUNTALETRAS?

Suele afirmarse, con dudosa razón, que una biografía es una especie de striptis personal a través del cual el autor va descubriendo sus secretos íntimos, mientras las lectoras o lectores de la misma disfrutan de lo contemplado, siempre que ello merezca la pena.

Esta reseña o biografía no puede llegar a ser un espectáculo de semejante altura. Todo lo más se parecerá a la metáfora de la cebolla,  puesto que a modo de capas superpuestas que iré desgajando se descubrirán las peculiaridades de mi trayectoria como escritor o, insisto, como juntaletras. Epíteto que empleo porque se ajusta más a la calidad que atesoro en este menester, y porque probablemente esa metafórica cebolla conduzca a llorar a quien lea esto. En algunas ocasiones, las más, de pena. Y en otras ocasiones, las menos, de risa.

Onion Macro

De ninguna forma debe entenderse que sea corta mi producción como juntaletras. Más bien al contrario, los folios usados para oficio del que hablo han sido, seguramente, varios miles. Y pocos de ellos han sido usados a la manera que refleja la manida imagen del escritor que, repetida y constantemente, va haciendo pelotas con el folio en el que no consigue plasmar ideas coherentes, y que, por ende, en pocas ocasiones consigue depositar en la papelera al uso.

Esta es la primera capa. La que determina el género o los géneros a los que he dedicado tamaña producción de papel: panfletos propagandísticos o de agitación, valoraciones de huelgas, manifestaciones y actos de índole político; ponencias de congresos sindicales; propuestas reivindicativas o tesis sobre elementos sociales, sindicales y políticos; boletines de formación sindical u organizativa. Incluso he sido coautor de un libro, y he colaborado en varias revistas de cierta entidad, tales como HIKA, VIENTO SUR, PÁGINA ABIERTA…., amén de publicar diversos artículos en periódicos locales.

Como se ve, producción ideológica hasta las “cartolas”. O lo que es lo mismo, literatura poco presta para la imaginación, el humor o la ironía.

La segunda capa tiene que ver con ese papel extraño que en los círculos literarios se denomina como “negro”. Que designa a quienes realizan una determinada obra pero es firmada y presentada como elaborada por otra persona bien distinta. Eludiré dar nombres para evitar polémicas estériles o querellas desagradables.

Y, en este terreno, lo confieso, he estado en ambos lados de la moneda. En ocasiones he facilitado esquemas, incluso textos acabados, para que fueran utilizados por otras personas. Pero en otras muchas me he servido, asimismo, de esquemas o textos que han sido escritos para que yo figurara como autor. Evidentemente estaba de acuerdo con lo que me facilitaban, pues la dignidad es una cosa seria.

Pero desgajemos otra capa de la cebolla.

Las nuevas tecnologías no casan bien con mi forma de escribir. Y al mencionar nuevas tecnologías me remonto incluso a los momentos de esplendor de las viejas máquinas de escribir, tipo LEXICOM 80, que tantas veces he aporreado.

Lexicom 80 de D. José Luis Cuerda

Jamás he sido capaz de escribir una línea seguida de forma directa en una máquina de escribir o en un ordenador. Indefectiblemente, y por muchas hojas que ocupe el escrito, primero lo tengo que hacer usando lo que considero uno de los inventos de mayor impacto: el bolígrafo.

En fin, una peculiar faceta y un doble trabajo. Escribir a mano y transcribir a máquina u ordenador. Pero, eso sí, con una ventaja: que según transcribo, corrijo errores, mejoro las frases, e incluso modifico alguna idea que salta a la vista como poco convincente o confusa. También erróneas, todo hay que decirlo.

No por casualidad, este texto ha seguido el mismo procedimiento.

Otra capa de cebolla, quizás la definitiva, tiene relación con mi formación académica. Más estrictamente con mis conocimientos gramaticales.

Estos conocimientos, francamente escasos, los recibí en Los Angeles, colegio ubicado en la Parte Vieja donostiarra, en el que el rasgo peculiar que lo definía, y del que estaban muy satisfechos, era que te preparaban primorosamente para empezar la vida laboral como “botones” de un Banco o una Caja de Ahorros.

Agradecido como soy, cumplí con el estereotipo y allá por el 61, con 15 años, inicié mi poco estimulante carrera como bancario.

Como bien nos ha enseñado nuestra profesora actual, a esa edad no resulta fácil que las reglas gramaticales se fijen adecuadamente en el cerebro (¿o es al contrario?). Y no soy una excepción. Por tanto, si he llegado hasta aquí, solo puede achacarse a que me he tragado otros tantos miles, y más, de folios escritos por quienes saben usar la cabeza, las normas gramaticales y ortográficas, así como las nuevas tecnologías.

Qué buena es la literatura. Cuánto enseña a mucha gente. A mí me ha enseñado a juntar letras y darles un cierto sentido. Y lo agradezco. Lo agradezco tanto que, falto de actitud modesta, virtud que sirve poco a los que son modestos en aptitudes, me siento satisfecho con lo escrito hasta ahora y me atrevo. Generalmente, a ponerme puntilloso con lo que escriben los demás.

En fin, escribidme lo que queráis. Seguiré aprendiendo hasta convertirme en escritor.

9 nov 2011

La escritura y... Mirentxu Campos


Autora: Mirentxu Campos
1º curso de Ciencias Humanas

BUSCANDO UN TESORO


    Érase una vez una niña delgaducha, tímida y llorona. Maider. Vivía en un pequeño pueblo rodeado de montañas que parecían sus centinelas y un caudaloso río lo atravesaba, cual serpiente, para terminar en el mar Cantábrico, bravo y rugiente unas veces, apacible y sereno otras.

    Aprendió muy pronto a leer, y su imaginación volaba rauda y veloz. Más tarde se puso a escribir. Primero con lápiz, después, su padre, que era un hombre culto y que escribía muy bien, le puso un bolígrafo en sus manos. ¡Qué emoción! Y jugaban a componer frases con distintas palabras… “Un suave, dulce, delicado, fino, agradable aire soplaba de Norte a Sur... Así se le abrió la puerta de los sinónimos y, de los paseos, el gusto por la descripción.

    Llegó al colegio y comenzó a escribir redacciones, redacciones llenas de aventuras, de emociones, de tragedias, de sentimientos… que siempre acababan con una máxima vital. Era la mano de su padre que con esa “pluma estilográfica” les daba el toque final. ¡Cómo le llamaba la atención a esta niña la pluma de su padre! - ¡Aita, yo quiero esa pluma! – le decía – Un día será para ti – le contestaba. - Primero tienes que encontrar el tesoro.

    Participaba en todos los concursos y ganó unos cuantos, lo que le proporcionó seguridad.

    Al llegar a la Universidad, su padre le regaló la pluma, aunque todavía no había encontrado el tesoro ¡Qué felicidad!, pero la pluma quedó prisionera en su caja marrón.



    Hasta que, un día comenzó a agitarse, a hablar. -¿Dónde están tus sueños, tus aventuras de antaño? - ¿Has encontrado el tesoro?

    De pronto se vio mirando hacia un grueso libro, y una magia le invadió. El libro se titulaba “Los piratas”. Así que cogió, otra vez, la pluma y comenzó la aventura en el mar.

    Desde pequeña había oído que, antaño, arribaban al puerto de su pueblo, que era de pescadores, los piratas, de ahí el nombre de “gitanos” (gitanos de mar) a sus habitantes. Venían desde las Antillas y pasaban unos cuantos días, meses, años…algunos se quedaban…

    Esta vez, Maider se enroló en uno de los barcos pensando que los piratas le ayudarían a encontrar el tesoro.

    Atravesaron el mar; unas veces, entre feroces olas y ráfagas estrepitosas de viento que zarandeaban el barco a punto de zozobrar, y otras, con un sol radiante en un cielo azul turquesa cual diamante. Mirabas a babor, mirabas a estribor, ibas a proa, o, a popa y veías peces por doquier.

    Por fin, después de unos cuantos meses navegando llegaron al final del viaje, las Antillas, una pequeña isla, en las islas Vírgenes, de nombre Marina.

    Los piratas atracaron el barco y saltaron todos a tierra, ella también, que llegó a ser una más de la tripulación. Y comenzó la búsqueda del tesoro. Llegaron a una cueva situada en un acantilado de afiladas rocas donde revoloteaban infinidad de pájaros. Entramos en la oquedad y dimos con un baúl; el pirata jefe la abrió y había un pergamino que con grandes letras decía:

“Tu tesoro está en tu corazón y en tu mente, en el mundo maravilloso que tu pluma sabe plasmar, aprovecha este tesoro que es intransferible”.

    Salió Maider y se le llenaron los ojos de lágrimas. La pluma era su tesoro. Una suave, dulce, delicada, fina, agradable… brisa, invadió todo su cuerpo.

    Y como “la vida es sueño” seguirá nadando por un haz de blanca luz de luna, galopando sobre los caballos del viento, sobre montañas plateadas y escuchará llantos de los árboles condenados a morir…

    Y como “la vida es sueño” soñará que un día la pluma de su padre le ayudará” a escribir un cuento.

5 nov 2011

La escritura y... Antxon Vega

Autor: Antxon Vega
1º curso de Ciencias Humanas


Breve biografía como escritor de “brocha gorda”

Para mí, hablar de escritura es recordar mi infancia y remontarme a finales  de la década de los años 50; y, como no, a la figura de aquel gran profesor, entonces se decía maestro, y mejor persona que era D. Eugenio Goya Goya.

Por supuesto, eran otros tiempos, pero D. Eugenio le daba la misma importancia a la caligrafía y la ortografía que al francés, la geografía, el dibujo, las matemáticas o la historia por ejemplo.

Así, de aquellas aulas, entonces llamadas clases, de la calle Narrica, nº 33, 1º de nuestra querida Donostia, salimos con una formación gramatical sólida, y como todas las cosas que se aprenden bien a esa edad, han perdurado en el tiempo.

Recuerdo con nostalgia y con mucho agrado, aquellos vetustos pupitres de madera, los tinteros de porcelana  con aquella tinta que manchaba nuestros dedos, y que por cierto la hacíamos también nosotros, los cuadernos pautados para la caligrafía, los de calco y las láminas que usábamos para copiar los distintos tipos de letras.

Bocetos

Después de mucho trabajo y constancia, llegamos a dominar varios tipos de escritura,  “caligrafía inglesa”, “redondilla” y “gótica”, para las cuales empleábamos los diversos tipos de plumillas, que muy probablemente hoy sean ya objetos de museo.

Por supuesto teníamos totalmente prohibido escribir con aquellas “modernidades”, como eran los bolígrafos, y también con las plumas estilográficas, no tan modernas, pero casi inaccesibles para nuestros limitados recursos.

Las redacciones sobre el tema propuesto por el maestro eran continuas, y teníamos que insertar entre el texto, un dibujo que coloreábamos por cierto bastante bien con acuarelas.  Calificaba, independientemente, la correcta redacción, la caligrafía y el dibujo.

Resumiendo, mi pequeña historia como “escritor de brocha gorda” la recuerdo con mucha nostalgia y cariño y todavía hoy a mi provecta edad, me siento agradecido a aquellas personas que en unos tiempos difíciles y de escasez de medios, nos enseñaron entre otras muchas cosas, a amar la escritura.

3 nov 2011

Comenzamos el curso 2011/2012 con novedades

Poco a poco vamos arrancando el curso 2011/2012 en Aulas de Experiencia del Campus de Gipuzkoa, ¡menudo mes de octubre más festivo!

La principal novedad este curso es que ya no estoy en la asignatura de Literatura III sino que me dedico a la Lengua de Primero, una asignatura que disfruto y me encanta, aunque es más técnica que la Literatura.

Publicaremos algunas cosillas en este blog sobre incoherencias, errores y géneros, la parte más creativa de la asignatura, pero también me gustaría hacer una propuesta a quienes seguís este blog, no importa que ya os hayáis graduado ni de dónde seáis:

LA ESCRITURA Y YO
Mi biografía como escritor/a de brocha gorda

Se trata de contar vuestra pequeña historia sobre qué recuerdos tenéis en relación a la escritura, porque, aunque no seáis escritores/as profesionales ni literatos/as, habéis escrito mucho a lo largo de vuestra vida.

writing in the journal

Como siempre, podéis contar mentirijillas, publicar en anónimo, adjuntar fotografías de vuestras máquinas de escribir, plumas, lápices... todo lo que se os ocurra. Los lectores y lectoras de este blog somos curiosos y queremos detalles.

20090823-Typewriter-17

Quienes tengáis ya cuenta en este blog, podéis publicar cuando queráis, o si no, enviadme un correo electrónico con vuestra propuesta a ainhoa.ezeiza@gmail.com

Yo publicaré mi minibiografía la semana que viene. ¡Espero la tuya!

Bienvenidos y bienvenidas de nuevo.