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15 ago 2021

Tarzán, el perro de Aspe (¡gracias, Carlos Torres!). Contra las mascotas.

Hace unas semanas (actualización: hace unos meses... sorry, lo dejé en borradores para no perderlo y los días tornaron en semanas y las semanas en meses, pasó el invierno, la primavera... y casi el verano...), decía que gracias a @antitxistu, que compartió la historia que escribió Carlos Torres en Twitter, he sabido de la historia de Tarzán, el perro de Aspe (Alicante).

Así lo cuenta Carlos en su cuenta de Twitter, y os dejo el enlace al hilo por si queréis añadirle algún comentario: https://twitter.com/carlosaspe/status/1317778240229040129

Tarzán, el perro de Aspe

"Tarzán fue un superviviente desde el principio. Lo recogieron unos chiquillos de Aspe (Alicante) en el cauce del río (Tarafa), lugar habitual para el sacrificio de camadas en la década de los sesenta.  Todos sus hermanos estaban muertos, él todavía ladraba cerca del agua.

Después de salvarlo, los críos intentaron que sus padres admitieran al perro como mascota pero ninguno tuvo éxito en su empresa. Al final lo acabaron llevando a un árbol de la plaza del pueblo, justo delante de la iglesia, y se conjuraron para encargarse de él entre todos.

En los primeros días, los chavales del pueblo fueron alimentando a aquel perro con sobras de sus casas, botes de leche condensada de la tienda de los padres de uno de ellos y cualquier cosa que pudieran rapiñar por donde fuera. Poco a poco el perrete fue ganando peso.

Pero había que bautizarlo y, en la disputa por ponerle nombre, ganó el candidato que propuso llamarlo como el protagonista de la última película que habían visto en el cine: Tarzán en Nueva York.  Tarsán (que se note cómo se pronunciaba), fue un perro de peli desde el principio.

Una mañana, el lacero del pueblo atrapó al perrete para darle pasaporte porque Tarzán no tenía las vacunas al día. Se cuenta que los chavales huyeron de la escuela para convencer al señor, con métodos poco pacíficos, de que dejara libre al animal.

Para remediar otro susto, los chiquillos iniciaron una colecta con el dinero que sus padres les daban para pasar el domingo y pagaron de su bolsillo las vacunas para que el perrete estuviera al día con sus obligaciones víricas.

Desde entonces, Tarzán se convirtió en un personaje habitual de la plaza y de su sitio predilecto para echarse la siesta: la iglesia. Era tan pacífico que fue él único perro al que se le permitió el privilegio de entrar al templo y tumbarse a la bartola entre los bancos.

Pero eso no es lo que convierte a Tarzán en un perro digno de recuerdo, porque si Hachiko veló día tras dí el recuerdo de un hombre, Tarzán acompañó el duelo de todo un pueblo.

Los aspenses de la época recuerdan que no había boda, comunión o bautizo que no contara con la presencia del perrete. En las fiestas, el can se situaba al lado de "Tófilo el de los cuetes" y, cuando la pólvora explotaba en el cielo, él ladraba de alegría.

Pero no todo era jolgorio. Tarzán sabía que había que estar a las duras y a las maduras. Eros y Tánatos. Por eso, cada vez que un vecino del pueblo moría, Tarzán aguardaba en la puerta de la iglesia a que el féretro saliera para acompañar con su solemnidad el resto del entierro.

Llegado a un punto intermedio del trayecto que separa la basílica del cementerio, los sacerdotes despedían al cortejo fúnebre y regresaban a la iglesia. Tarzán no, Tarzán apechugaba y seguía al difunto hasta el pie de su tumba y allí se quedaba hasta que acababa todo.

No importaba lo bueno o malo que hubieras sido en vida, mientras Tarzán habitó las calles del pueblo, no hubo aspense al que Tarzán no despidiera. Me gusta pensar que, como nunca fue de nadie, decidió agradecérselo a todos.

El perro estaba tan integrado que cuentan que, en una de las visitas que hizo Alfredo Krauss para actuar en Aspe, el tenor conoció a aquel perro tan peculiar y se quedó maravillado. Treinta años después, de regreso para otra actuación, todavía se acordaba y preguntó por él.

¿Pero qué fue de Tarzán? ¿Dónde está enterrado el perro que iba a los entierros de los demás? Nadie lo sabe. Algunos cuentan que en su último entierro, al llegar al cementerio, decidió seguir camino y no pararse. Desde aquel día nadie volvió a verlo.

Recuerdo que, rascando fuentes para escribir una artículo sobre Tarzán hace ya algunos años, mi abuelo me contó que nunca vio tal unanimidad en el amor por un perro callejero. Esta semana de cifras nefastas he vuelto a acordarme de él.

Este año mi abuelo sufrió un ictus y murió a los 95. El estado de alarma estaba en sus peores días y no todos pudimos ir a despedirlo. Ojalá hubiera estado Tarzán ahí y en el resto de entierros en los que los aspenses no pudieron acompañar a los suyos.

Tarzán dejó tantos recuerdos que hoy, aquel perro callejero, salvado por chiripa de la muerte, tiene una estatua en su pueblo. Alfredo Kraus fue una de las personas que arrancó la iniciativa. 

Estatua de Tarzan en Aspe. Fotografía de Julio Asunción

Además de la estatua en el auditorio Alfredo Kraus, los alumnos del Taller de Cortos coordinados por Juan Torres narraron hace unos cuantos años la historia completa en un documental que podéis ver aquí. No sale Richard Gere pero ni falta que hace".

 

PERROS Y PERRAS POPULARES

Es una pena que se haya asentado la idea de que los animales son mascotas, haciendo de un ser vivo una propiedad privada. Las perras y perros que son de barrio, colonia o pueblo acompañan y cuidan a la gente, sobre todo a las niñas y niños, siempre que no sean maltratados y los cuidemos en su libertad.


Al hacerlos mascota, humanizamos a estos animales, los atamos con sus correas y collares, los encerramos en viviendas, los educamos para decirles cuándo mear, cuándo caminar, cuándo comer... y los hacemos sumisos.

Comunicándonos con un perro en Nayón (Ecuador)

Cuando estuvimos en Quito hace dos años, nos alegró mucho ver que seguían existiendo estos perros populares, que estaban realizado una labor importantísima ante las agresiones de narcos en barrios y colonias abandonadas por el Estado. Paseaban por las calles haciendo que el tráfico (hiperdenso en esa ciudad) fuera más lento y así, facilitar que las niñas y niños puedan transitar con menos peligro. Sin embargo, las autoridades, compinchadas con la Universidad, estaban planeando nuevos planes para apresarlos (a los perros me refiero, aunque también quieren apresar a las niñas y niños, en escuelas...) por supuestos motivos de "salud pública", etiqueta que conocemos muy bien por su carácter represor. 

Querían en la UDLA, con sede en Quito, realizar con estudiantes como actividad de "aprendizaje-servicio" o "vinculación comunitaria" una revisión del estado de los perros sueltos en Nayón y una desparasitación, como idea interesante en la que se podía ayudar al control de lo negativo, tomar datos de su estado de salud, contar cuántos perros sueltos había... Puede que esta idea sea interesante, lo malo suele ser que la Universidad es muy dada a publicar la información recopilada sin tener en cuenta el uso que pueda darse, como por ejemplo, informar a las autoridades de la situación perruna para que sean estas quienes den el paso de apresarlos, eso sí, de forma bien presupuestada. Un ejemplo de cómo una acción "positiva" puede hacer mucho daño.

Les explicamos que, en realidad, no era necesario realizar esa acción porque la propia comunidad se responsabilizaba del buen estado de los canes. De hecho, había un cartel en la puerta de la iglesia que se ve en la fotografía donde se convocaba a una actividad de vacunación y desparasitación de los perros comunitarios, así que, de hacerlo la universidad, podía, además, debilitar un proceso comunitario de cuidados. No es que conociéramos Nayón, simplemente fuimos un día y vimos el anuncio en la puerta de la iglesia, vimos cómo las vecinas y vecinos cuidaban de los perros sueltos, de cómo estos acompañaban a las niñas y niños... en una relación de cariño y cuidados mutuos.

El perro que venía a clase en Nanegalito (Ecuador)

Este otro perro de la foto es el que acudía puntualmente a las clases teóricas que se impartía al alumnado de Medicina y Enfermería en prácticas, en el hospital de Nanegalito. Nos acompañó en la clase que dimos porque es lo que hacía habitualmente. Como veis, estuvo tranquilo y escuchando con atención.

¡Libres nos queremos!

14 jul 2018

Programa de radio "Alegría Literaria"

¡Bueno! Aunque parezca que ha pasado una eternidad desde el último post, en Navidades, retomamos el blog con algunas novedades.

Desde hace unas semanas, nos hemos trasladado desde la lluviosa Donostia al corazón de la Llanada Alavesa, a Alegría-Dulantzi, y desde aquí hemos comenzado un nuevo proyecto de radio online, al que hemos llamando Alegría Libertaria.

Uno de los programas de esta radio es Alegría Literaria, donde hablaremos de poesía, cuentos, relatos, novelas, teatro... o sea, literatura en general, en el que contamos cosas de l@s autor@s y sus obras, con un sesgo liberador y/o libertario.

Os dejamos el enlace al programa, y os iremos contando aquí sobre los programas que vamos a ir publicando.

Estáis invitad@s a participar como más os guste, podéis enviarnos poemas leídos o declamados, cuentos, cosas sobre literatura que os gusten u os llamen la atención... Si no sabéis cómo montarlos con música, nos decís y ya apañaremos. Podéis enviarlos a este correo: ilusionismosocial@gmail.com

¡Abrazos y esperamos que os guste la propuesta!

9 nov 2015

Jornada con un inocente, de Agustín Mañero

Tras un largo periodo transcurrido desde la última publicación, Agustín Mañero ha tenido la sensibilidad y delicadeza de reestablecer la comunicación conmigo y con este blog. Me es muy grato anunciar que retomamos donde lo habiamos dejado... dicebamus hesterna die que diría Fray Luis de León, para seguir publicando sus escritos en este blog junto con otras cosas que vaya encontrando.

Os dejo este relato que tan bien presenta el propio autor, ¡que lo disfrutéis como lo he hecho yo!


Autor: Agustín Mañero




Este relato, escrito al poco tiempo de su fallecimiento y basado en la novela “Los Santos Inocentes” de Miguel Delibes, pretende ser un homenaje al extraordinario escritor con el que, al parecer, me podrían haber unido otras aficiones además de la literaria. La caza, por ejemplo. El disfrute de la amanecida campera, el bravo vuelo de la perdiz, la simpática huida del gazapo hacia su madriguera, el descanso durante el almuerzo, oliendo a jara y tomillo…
Vaya por delante mi admiración por don Miguel Delibes, conocedor como pocos de la lengua española, idioma que sabe utilizar con precisión y acierto, pero a la vez, con entretenida y didáctica redacción.


JORNADA CON UN INOCENTE


         ¡¡¡Pam!!!
         —¡Va de ala, Azarías!  ¡A tu derecha! ¡Pon el perro sobre la pista!
         —¡Ya, ya voy, don Miguel! —y el hombre, por darle gusto al señorito, lleva a “Manchas” —Epagneul Bretón— hasta el rastro. Piensa que a él no le hubiese hecho falta perro alguno para cobrar esa perdiz que se oculta tras un torvisco, pero…

         Miguel no está lo que se dice contento, si por contento se entiende el que te salgan las cosas medio bien o que los problemas no se acumulen y enreden en determinados asuntos. Porque… ¡hay que ver lo que le ha ocurrido!  Faltando una semana para la apertura de la veda general, Luciano se ha puesto enfermo con unas fiebres que, según dice, sacan el mercurio del termómetro. Emilio ha marchado al extranjero, a casa de su hija, y Casimiro Cerrillo —que habitualmente completa el cuarteto— ha tenido un accidente con el automóvil. Por fortuna leve, pero suficiente como para dañarle un tobillo. “Y… ahora, ¿con quién voy de mano a las perdices?”, se pregunta el cazador, el día antes de la apertura.
         —Si quieres, puedo decirle al Azarías que te acompañe. Ya sé que no es cazador y que si le diésemos una escopeta, con su atolondramiento, sería capaz de pegarle un tiro a don Manuel, el párroco, pero, sin ella, te escoltará y podrá acarrear el macuto con el almuerzo y la bota de vino. Además, a él no le baldará los lomos la mochila con los cartuchos y con las piezas que cobres —le ha ofrecido Casimiro.
         —Bueno…, si no hay otro remedio… —accede, derrotado, su amigo Miguel.
         Y de esa manera, se ve el señor Delibes con el compañero más pintoresco que, para la caza, hubiese podido imaginar. Es el Azarías un empleado en la granja del amigo Cerrillo, y en su cometido se incluyen cuantas labores imaginables puedan desarrollarse en la ranchería que flanquea la estancia. Nacido y criado en ella, posee —al decir de las gentes— unas cualidades sobresalientes en lo que a la naturaleza y al campo se refiere; un instinto casi, casi, animal. Con esa excepción, parece que a la hora del reparto, la fortuna no fue muy pródiga con él y es patente su ineficacia. Sin embargo, sus pocas luces intelectuales las suple con una entrega devota hacia su amo y un quehacer abnegado, continuo y servicial que podría llamarse servilismo. De aspecto pueblerino y rural —más que el chorizo, dicen las gentes capitalinas—, tocado con breve y grasienta boina capada y enfundando su breve pero recio cuerpo en pana raída por el uso, el hombre va gastando su vida.  Su cara enseña unas encías que, antaño, alojaron algunos dientes y, enmarcados en la renegrida faz, sus ojos, pequeños y juntos que se adornan con alguna pertinaz legaña, ahora esperan la correspondiente orden del señorito al que acompaña y que observa cómo él, el Azarías, cuelga la cobrada perdiz en la percha.   
—Vamos por esta trocha —es el mandato y por ella se llegan hasta el cercano teso.  El Azarías camina al borde de la planicie, un poco adelantado; don Miguel a media ladera para tener la oportunidad de tirar a las patirrojas que pueda encaminarle su acompañante.
         ¡¡¡Pam!!!  ¡¡¡Pam!!!  El doblete es de mérito. La primera —tiro de cola—, apenas ha sido tapada por el punto de mira durante el vuelo. La segunda, un macho viejo, sesgada y catapultada ladera abajo como un meteorito, es parada en seco por los perdigones nº 6 de don Miguel. Este lance ha sido propiciado por “Tula”, la Perdiguera de Burgos que ha aguantado una larga y espectacular muestra a la pareja de perdices. Se ha lucido en ese lance y, posteriormente, en el cobro. El animal tiene unos vientos tan finos como los del mejor Pointer o Braco y es capaz de realizar una muestra tan firme y sostenida como pueda hacerlo el más renombrado Setter Inglés.  Miguel, orgulloso, la acaricia. Tras el cuelgue de los dos trofeos y a un gesto del  cazador, el Azarías se encamina hacia un próximo canchal. En un aparte, éste se aproxima al señorito y “soto voce”, con la palma ahuecada haciendo de bocina conductora, susurra muy quedo al oído de don Miguel: «el aire huele a caza».  “Pero bueno…: ¿Será posible que este hombre pueda oler la caza? ¡Eso sólo ocurre con algunos animales!” murmura el señor Delibes que ya no sabe qué pensar con respecto a su eventual acompañante.
         Tras un bandito que se levanta fuera de tiro, del canchal salta un lebratón hacia el pardo-rojizo de una jara y, en ese breve espacio, tropieza con la perdigonada que lo acierta de lleno. El secretario carga su carga.  
         —Vamos a tomar el taco, Azarías; llevamos pateando algún tiempo y es conveniente descansar un rato —masculla don Miguel. Obedece su ayudante y sentados en dos canchos, con las espaldas apoyadas en un alcornoque mocho, van dando cuenta de la pitanza.
         —¿Y…qué tal por la granja, Azarías? Me han dicho que tocas todos los oficios; ¿es verdad?
         —Está mal que yo lo diga, pero así es, don Miguel; ¿qué otra cosa he de hacer? Lo mismo abrevo el ganado que limpio la cochiquera; meto el heno en la tenada o cambio la paja del corral. También doy de comer a las gallinas,  baldeo su aseladero y…  Poco, poco tiempo libre me queda; si alguno tengo, suelo emplearlo para ir a lo de mi hermana, la Régula; vive lejos ¿sabe usted?    
—Oye, Azarías: me han dicho que puedes distinguir los más sutiles efluvios en el monte, oler de lejos a los animales y no sé cuántas cosas más; ¿es eso cierto?
—Sí, señorito, pero el que de verdad ventea el aire, es mi cuñado Paco, el Bajo. Ése es capaz de saber cuando se acerca una cabalgadura a más de cien metros de distancia, aunque él no parla con los pájaros, como yo.
—¿Con los pájaros, dices? ¿Qué tú hablas con los pájaros? No lo puedo creer.
—Que sí, don Miguel; se lo aseguro. Tuve una hembra —Gran Duque le decían— que ya murió, pero con ella hablaba y me entendía. ¡Milana, milana bonita!, solía llamarla. También suelo comunicarme con el cárabo mientras corro el bosque: buhú, buhú, aunque éste se muestra huraño y no quiere que le rasque la frente como a la milana. ¡Se lo digo yo! Además…
Miguel asiste perplejo a la exposición de las habilidades de su accidental compañero y a los detalles que éste le va proporcionando. En una pausa de su reveladora charla, el Azarías se percata del silencio del señorito y poco acostumbrado a tener un auditorio respetuoso, enmudece.
Terminado el refrigerio y el unilateral parloteo, el cazador, su ayudante y los dos perros, prosiguen su faena.
Dos horas después, han aumentado en cinco el número de pájaros que el Azarías cuelga de la percha; luego, a comer. Retrepados contra la medianera pedregosa de dos fincas, a la sombra de un almácigo tupido y mientras dan cuenta del frugal refrigerio, don Miguel —con hábiles preguntas que no lo parecen, proferidas con la espaciada lentitud del desinterés—, se va enterando de más detalles de la vida del Azarías. Éste, a trompicones, le informa sobre la existencia de su sobrina, la Niña Chica, de la grajilla que le regaló su sobrino, el Rogelio, a la que también llamaba milana bonita sin distinguir entre a la humilde córvida y el pretérito y soberbio búho real que originó el apelativo. Menciona al señorito Iván —amo de Paco, el Bajo, a quien Isaías se ha propuesto  ahorcar por atizarle una perdigonada a su última milana bonita—, a su sobrina Nieves que ha empollinado de repente, sin cumplir los quince, y a don Pedro, el Périto, y a doña Purita, su mujer, que le engaña con el señorito Iván y a toda la caterva de personajes que, de un modo u otro, han tenido y tienen que ver en la vida de aquel hombre inocente.
Y hasta finalizar esa jornada cinegética, don Miguel Delibes será acompañado por el pintoresco y voluntarioso personaje que, con perenne sonrisa y resignado gesto, porta la pesada carga de la mochila igual que en su vida sobrelleva la carga social que le ha tocado en suerte.  Imperturbable.
Ése día y por medio del hábil interrogatorio, el señor Delibes obtiene el material necesario para que, una vez retocado con su maestría literaria, le sirva como argumento para el libro: «Los Santos Inocentes»

 Agustín Mañero
26 de marzo de 2010  


torvisco. (Del lat. turbiscus). m. Mata de la familia de las Timeleáceas, como de un metro de altura, ramosa, con hojas persistentes, lineares, lampiñas y correosas, flores blanquecinas en racimillos terminales, y por fruto una baya redonda, verdosa primero y después roja. La corteza sirve para cauterios.

trocha. (Quizá del celta *trōgium). f. Vereda o camino angosto y excusado, o que sirve de atajo para ir a una parte. || 2. Camino abierto en la maleza. || 3. Arg., Bol., Par. y Ur. Ancho de las vías férreas.

teso, sa. (Del lat. tensus, part. de tendĕre, estirar). adj. tieso. || 2. m. Colina baja que tiene alguna extensión llana en la cima. || 3. Pequeña salida en una superficie lisa. || 4. coloq. Áv. Cada una de las divisiones del rodeo en las ferias. || 5. Tol. Sitio en que se efectúa la feria de ganados. □ V. lima ~.

jara. (Del ár. hisp. šá‘ra, y este del ár. clás. ša‘rā', tierra llena de vegetación). f. Arbusto siempre verde, de la familia de las Cistáceas, con ramas de color pardo rojizo, de uno a dos metros de altura, hojas muy viscosas, opuestas, sentadas, estrechas, lanceoladas, de haz lampiña de color verde oscuro, y envés velloso, algo blanquecino; flores grandes, pedunculadas, de corola blanca, frecuentemente con una mancha rojiza en la base de cada uno de los cinco pétalos, y fruto capsular, globoso, con diez divisiones, donde están las semillas. Es abundantísima en los montes del centro y mediodía de España


cancho. (De or. inc.). m. Peñasco grande. || 2. canchal (ǁ peñascal). U. m. en pl. || 3. rur. y vulg. Sal. Borde, canto o grueso de un objeto. || 4. rur. y vulg. Sal. Casco de la cebolla. || 5. rur. y vulg. Sal. Parte carnosa del pimiento.

aselar. (De sel). intr. Dicho de las gallinas o de otros animales: Acomodarse para dormir, normalmente en un lugar alto. U. t. c. prnl.

almácigo1. (De almáciga1). m. lentisco. || 2. Árbol de la isla de Cuba, de la familia de las Burseráceas, que llega hasta ocho metros de altura. Tiene el tallo cubierto de una telilla fina y transparente que le da un brillo cobrizo; su fruto sirve de alimento a los cerdos; sus hojas, de pasto a las cabras, y su resina se emplea para curar los resfriados, y también como remedio vulnerario y diaforético.

11 jul 2015

Si los tiburones fueran hombres... Bertolt Brecht

–¿Si los tiburones fueran hombres –preguntó al señor K. la hija pequeña de su patrona–, se portarían mejor con los pececitos?

–Claro que si –respondió el señor K.–. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones.

Para que los pececitos no se pusieran tristes habría, de cuando en cuando, grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes. También habría escuelas en el interior de las cajas. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Estos necesitarían tener nociones de geografía para localizar mejor a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal seria, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba solo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececillos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, así como de cualquier inclinación materialista, egoísta o marxista. Si algún pececillo mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones.

Si los tiburones fueran hombres, se harían naturalmente la guerra entre si para conquistar cajas y pececillos ajenos. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececillos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececillos que entre ellos y los pececillos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Si bien todos los pececillos son mudos, proclamarían, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A cada pececillo que matase en una guerra a un par de pececillos enemigos, de esos que callan en otro idioma, se les concedería una medalla al coraje y se le otorgaría además el título de héroe.

Si los tiburones fueran hombres, tendrían también su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececillos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño, los pececillos se precipitarían en tropel, precedidos por la banda, dentro de esas fauces.

Habría asimismo una religión, si los tiburones fueran hombres. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececillos en el estómago de los tiburones. Además, si los tiburones fueran hombres, los pececillos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececillos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los demás pececillos, y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etc. En una palabra: habría por fin en el mar una cultura si los tiburones fueran hombres.

Bertolt Brecht (1898-1956), Historias de almanaque, Berlín 1949.
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14 mar 2014

El negocio es el negocio...


En aquel pueblo, no era cierto ese dicho que, secularmente, ha corrido de boca en boca y que reza algo así como: “Las fuerzas vivas de la localidad son el alcalde, el cura y el secretario”.

Blas, el primer munícipe, bastante tenía con soportar en su casa a Teodosia, su mujer, a su cuñada, Erundina, y a Clitemnestra, su suegra.

Juanín, el secretario, era eso : Juanín. El diminutivo lo decía todo.

Don Marcelo, el cura, era quien cortaba el bacalao en la parroquia y fuera de ella. Corpulento, autoritario, con dura mirada y voz tronante tenía acojonaditos a los moradores del pueblo. Aquellos pobres ya no temían al infierno y el purgatorio les hubiese parecido Cancún o la isla Margarita; tal era la feroz disciplina que imponía a sus feligreses y a algún que otro osado que no se tenía por tal. Su arma era el confesionario. Primero, atacaba insistentemente desde el púlpito, y con la amenaza de la ira divina —y con la suya, que no era moco de pavo— había logrado que un altísimo porcentaje de habitantes se confesase regularmente. Sobre todo, las mujeres. Allí, entre las tablas, se encontraba en su elemento y acoquinaba, sonsacaba, estrujaba y leía las mentes simples de los campesinos. Su dominio era total entre la feligresía, pero últimamente se encontraba algo desasosegado por el cariz de algunas deposiciones.(Con perdón).

Primero fue Fortunata, la hija del herrero, la que entre sonrojos, balbuceos y pudorosas bajadas de párpados, le confesó su desliz con Feliciano. Bueno, aquello era más que un desliz.

—¡Desgraciada! ¿Cómo has podido manchar tu honra con tan nefasto hecho? Y además dices que caíste con complacencia y agrado y que durante el acto no sentías el regusto amargo del pecado. ¡Que fuiste feliz!

Bueno, la bronca que montó el justiciero don Marcelo posiblemente se oyó en un amplio espacio de la tierra, pero con seguridad sus voces atronaron por todo el cielo. Por supuesto que la penitencia estuvo acorde con la indignación del párroco.

Dos días más tarde, fue doña Silvana, la esposa de don Justo, el de la posada, la que señaló a Feliciano como el autor de un atentado contra su pudor. Lo de “atentado” quiso ser un eufemismo, al principio, pero al final del hábil interrogatorio, don Marcelo ya sabía de la cuestión casi tanto como doña Silvana, quien no tuvo más remedio que confesar —nunca mejor dicho—, su pleno goce en el lance.

La indignación del cura llegó a cotas elevadísimas y la penitente se retiró del confesionario con un castigo que, quizá en una próxima ocasión, le haría pensárselo dos veces antes de darle al fornicio extraconyugal.

Al siguiente día, doña Doloritas, recién casada con Fabián, el mayor hacendado del pueblo, acudió con su cuita al cajón absolutorio. Logró la absolución, sí, pero la humillación y la vergüenza que pasó con la zapatiesta parroquial le hizo reconsiderar los pros y los contras del adulterio. Bueno... el arrepentimiento por el pecado en sí, también, pero la trifulca... ¡Qué bestia de hombre! ¡Qué contraste con la dulzura de Feliciano!

"Esto no puede seguir así. No sé quién es ese recién llegado de Feliciano, pero a este paso, va a encabronar a todos los maridos y acabar con las vírgenes del pueblo”. Y se puso a meditar el cura, cómo dar un escarmiento a sus feligresas pecadoras. "!Ya está!, en adelante, las mujeres que tengan alguna relación con ese desconocido, además de cumplir una fuerte penitencia, van a tener que dejar un generosísimo óbolo en el cepillo. Así mato dos pájaros de un tiro. Doy un tiento a la bolsa de esas descarriadas —seguro que es lo que más va a dolerles— y al tiempo, arreglo la iglesia, que buena falta le hace". 
 
Las jugosas y frecuentes penitencias pecuniarias, que empezó a aplicar, hicieron disminuir el enfado de don Marcelo y aumentar el contenido de su, hasta entonces, exigua hucha. Hasta le compró unas enaguas nuevas a Tomasa, su joven ama, a la que meses atrás le había roto esa prenda en un arrebatado impulso.

Con tiempo, el pueblo se fue enterando de los castigos monetarios y Cosme, empleado de la Caja de Ahorros, filtró a algunos allegados el fuerte incremento de la cuenta corriente de la parroquia.

Una tarde, se encontraba don Marcelo en su negocio —perdón, confesionario—, cuando se acercó un hombre al que no conocía.

—¿Vienes a confesarte, hijo ? No te conozco. Tú no eres de por aquí, ¿verdad?

—¿Cómo dice? ¿A confesarme? No, no; yo vengo a ver si llegamos a un entendimiento; a un acuerdo equitativo. 
 
No te entiendo, joven; ¿a qué acuerdo hemos de llegar? Ten en cuenta que éste es un lugar sagrado y al confesionario se viene a manifestar los pecados y a arrepentirse de haberlos cometido.

Mire cura, me llamo Feliciano. Estoy enterado del negocio que ha montado a mi costa y aunque solo yo soy la causa del mismo, vengo a proponerle que compartamos los beneficios. Yo podría seguir haciendo pecar a las feligresas; éstas apoquinarían sus dineros para la absolución y a fin de mes, podríamos repartirnos las ganancias al tiempo que hacemos el bien. Usted absuelve sus almas y se alegra con ello y yo hago gozar a sus cuerpos con mi goce. No creo que le interese regatear, porque existen muchos párrocos que aceptarían, encantados, mi propuesta; ¿estamos?


Al parecer, hubo acuerdo.



Agustín Mañero
9/8/99

11 mar 2014

AMOROSO DESCUBRIMIENTO, un relato de Agustín Mañero escrito sin pensar


Relato creado por Agustín Mañero bajo la condición de hacerlo "sin pensar" (difícil, diría imposible misión) el 6/3/04


AMOROSO DESCUBRIMIENTO

— Me enamoré de mi vida un martes de agosto.
— !Cómo?
— Así fue; en un solo día. Verá: me levanté un martes agosteño, me apetecía reflexionar y, tras hacerlo larga y profundamente, me dije todo alborozado y henchido de irrefrenable gozo: “¡cómo amo a mi vida!”
— ¿Así de fácil?
— Hombre..., fácil, lo que se dice fácil, no fue. Pienso yo que, por extraños designios, por azares del destino, por la influencia de fuerzas telúricas, o ¡vaya usted a saber por qué!, ese martes y trece, tras cavilar, meditar y recapacitar con toda la intensidad de que soy capaz, me vi sumergido en un océano de amor, en un piélago de arrebatador cariño. Este hecho insólito, ese cúmulo de tiernos sentimientos desconocidos para mí, por fuerza tenía que afectar a mi vida, ¿no?
— Como no te expliques mejor...
— Cuando el tierno torrente me inundó, pensé que estaba bien  eso de amar a todos y a todo, pero que, si así era, ¿por qué no habría de empezar por amar mi propia vida que, al fin y al cabo, es lo que tengo más a mano?
— Eso parece un peligroso acercamiento al egoísmo, y si lo fuese, estarías infringiendo las leyes divinas y las de humana convivencia.
— (¡Ya empezamos!).  Que no, que no amo solo mi vida, sino que también. Vivo en un estado de enamoramiento general.
— No es fácil entenderlo, pero para ir atando cabos quiero preguntarte si en ese universal amor entra también el amor que debemos a Dios.
— Claro, padre, por supuesto. Cumplo el mandamiento que nos dice, “amarlo sobre todas las cosas”.
— Y siguiendo con los mandamientos, supongo que cumplirás con el cuarto y también amarás a tus padres ¿no?
— Claro, claro que sí. Antes les amaba un poco, bueno..., lo normal, pero desde ese martes, ¡jolín! ¡cómo los amo! Además, si ellos me han dado esta vida de la que estoy enamorado, es evidente que, así mismo, he de amar a quienes me la dieron.
— ¿Cumples los demás mandamientos?
— Siempre he procurado hacerlo, pero ahora, con este nuevo sentimiento, me resulta más factible. Por ejemplo, si hablamos del quinto, tengo que manifestar que odio el crimen y la violencia.
— Mal, hijo, mal. Una cosa es estar en contra de esos actos, y otra es odiarlos. Ese sentimiento nunca ha de estar presente en nuestro camino cristiano.
— ¡Pero si mi odio por el mal proviene de mi inmenso amor por el bien!
— Aun así. No debes odiar.  Prosigamos con el siguiente mandamiento: el sexto.
— Está bien, ¿cómo debo expresarme para hablar de él?, ¿debo decir que amo el no fornicar?  Yo creo que ese acto se realiza, algunas veces, con amor, aunque hay otras...
— Hijo, permíteme darte un consejo: no estaría de más que, mientras te estés confesando del sexto mandamiento, borres de tus ojos esa mirada libertina y, a la vez, disimules la expresión rijosa de tu cara. No sé por qué me parece que mucho del amor ese que te desborda toma ese derrotero pecaminoso.  Seguro que, ahora, me vas a decir que también amas a la mujer del prójimo. ¿No?
— Ya le he dicho que, desde ese martes de marras, mi amor es universal y si en el concepto de universo también entran las prójimas — por cierto, ¡qué mal suena esa palabra!— , asimismo he de amarlas. ¡Fíjese que amo hasta a las feas!
— Las feas también tienen derecho a ser queridas o... ¿es que, acaso, no son hijas de Dios?
— Desde luego, padre, pero no me negará que cortejar a algunas tiene su mérito. En ciertos casos, más que amor se necesita osadía.
— Mira hijo, mejor será que dejemos las disquisiciones amatorias y nos centremos en otros aspectos religiosos y morales.
— Nos centraremos en lo que usted quiera, pero yo he venido aquí a hablar de mi enamoramiento por mi vida. Es una carga inesperada que me ha caído encima y no sé qué hacer con tal cantidad de amor que siento por mi existencia. A alguien se lo tenía que contar.
— Mi deber, mi vocación sacerdotal y mi paciencia me predisponen a escucharte, pero ¿no crees que te estás pasando con ese narcisista amor que, de repente, te ha acometido? Además, me parece que no te expresas con coherencia, de forma creíble, y tampoco veo yo mucha congruencia en tus frases... Oye, ¿seguro que te encuentras bien? ¿No te habrá dado...
— ¿Que si estoy bien?  Claro que lo estoy. Pero, ¿con qué coherencia e ilación de ideas voy a expresarme si se me ha ordenado que hable de un imprevisto y repentino enamoramiento por mi vida, pero que lo haga sin pensar en el argumento, en el precedente y en el consecuente? ¡Jod...! ¡Si es que así no se puede! Ya me gustaría a mí ver a alguien que yo me sé en semejante brete.
— Bueno, por ahora, será mejor dejarlo. Ve con Dios, hijo mío.
— Falta me hará.
— ¿Qué?
— Nada, nada. Ya veo que no se ha enterado del amor que siento por mi vida.

Agustín Mañero 
 6/2/04

24 ene 2014

Breve, pero intensa, de Agustín Mañero

 
BREVE, PERO INTENSA

María Dolores Vargas, “La Corralera”, se casó a los dieciocho años.

María Dolores Vargas, “La Corralera”, fue madre a los diecisiete y María Dolores Vargas, “La Corralera”, abandonó definitivamente su hogar a los dieciséis.

Por la necesidad, el hambre y la sordidez del ambiente, lo tenía decidido desde los quince, pero María Dolores Vargas, “La Corralera”, lo retrasó un año.

A los catorce, perdió el virgo. La virginidad, ya la tenía perdida.

A los trece años, se escapó por unos días de la corrala, huyendo del acoso de Toñín, “El Churumbel”, primo hermano suyo que quería empujarla contra la tapia de la huerta del “Tío Melones”.

Con doce años, María Dolores Vargas, “La Corralera”, ejercía de alcahueta.

Con once, ejercía de alcahueta, pero sin saberlo.

A los diez, jugaba con otros niños y robaba en mercados y chatarrerías.

Apenas tenía nueve años y ya cuidaba de sus hermanos, los churumbeles de “La Palmera”, su madre, mientras ésta manejaba sus “dátiles” aligerando carteras.

Los ocho estuvieron ocupados por aprendizajes varios: acarrear leña, llenar el botijo y lavar sus bragas. Hasta entonces no las había tenido.

Alguien quiso que a los siete, María Dolores Vargas, “La Corralera” hiciese la primera comunión. Fue un intento fallido. Por entonces, comenzó a competir con los chicos para ver quién meaba más lejos. Alguna vez, ganó.

Con seis años, jugaba a papás y mamás, a médicos y enfermeras. Fue entonces cuando su mente tomó conciencia de la desigualdad anatómica que siempre había visto, pero no meditado.

A los cinco ya tiraba piedras a los perros y a los vecinos. La Guardia Civil tampoco se libró de algún cantazo suyo.

Llegando a los cuatro añitos se sorbía los mocos.

Aunque ella ya no se acordaba, con tres, jugaba con barro. Para hacer la pasta hacía “pis” en la tierra.

¿Con dos años? Pues al cumplirlos, disputaba por la teta. Había dos tetas donde chupar y tres bocas para hacerlo. La suya, la del “Canillas”, compañero de su madre, y la de don Servando, un abuelo en la familia, viejo y desdentado, que, de vez en cuando y con pretexto de alimentarse, también le daba un tiento a los pezones de “La Palmera”.

¿Y con uno? ¿Qué va a hacer una niña a esa edad, aunque ésta se llame María Dolores Vargas “La Corralera”? Pues lo que hacen todos los pequeños a esa edad. ¡Eso sí! Aquel año no tuvo que competir por la teta.

¿Y al nacer? Al nacer no se puede pensar, pero de haber sabido lo que le esperaba, María Dolores Vargas “La Corralera” se hubiese vuelto por donde salió: al abrigo uterino.


Agustín Mañero

22 ene 2014

Ortografía Emmental, curiosidades de la lengua, por Ángel U.


En algún curso de bachillerato, a finales de los 60, nos pusieron de maría una asignatura que venía a ser “repaso de lengua”. La daba un cura encapotado que llegaba a clase en olor de multitudes, con los alumnos esperándole a la puerta para aclamarle y jalear frases de alabanza. 

En las sesiones de repaso repetía y tripitía siempre los mismos ejemplos, las mismas frases modelo. “Oración concesiva. Aunque la mona …” 

El ambiente de clase era participativo a tope, así que los alumnos, en cuanto oíamos aquello de la mona montábamos un follón mayúsculo coreando como energúmenos “se vista de seda, mona se queda”. Luego con aplausos y vítores le hacíamos ver que habíamos acertado, golpeábamos los pupitres con los puños y brincábamos de alegría sobre los asientos. Eran, sin duda, clases de gramática viva.

Cuando la bulla se apaciguaba, le decíamos a aquel catedrático ensotanado que con él aprendíamos más que con otros, que era un santo y que nos bendijera. Y vuelta a empezar.

A veces las frases lanzadera tardaban en llegar y éramos los de letras los que dinamizábamos la sesión con un sinfín de preguntas trampa. 

Un día nos salió el tiro por la culata. Ocurrió mientras corregíamos un dictado en que aparecían “cabos de pies cavos” y gansadas así. El cura, investido de todas la ciencias gramaticales, vagaba por el aula pavoneándose de saber diferenciar entre “vaca” que da leche y “baca” de autobús. 

Pero cometió un desliz. “No es lo mismo baca con be, que vaca con uve. Tengan mucho cuidado, las dos (?)acas son distintas según se escriba”.

Los alumnos que estábamos en el turno de incordio no podíamos dejar escapar una ocasión de oro. “Yo no sé escribir eso”, dijo alguien. “¿Las dos (?)acas esas, dichas a la vez, con qué se escribe, con be o con uve?
 
Nos fulminó con la mirada y luego nos habló de la imposibildad de referirnos a las dos vacas a la vez. Pero el alumno erre que erre: “Claro, es que usted dice Las dos (?)acas no existe porque no puede existir. Es un ser imposible y no se puede decir. Pero lo dice. Lo hemos oído todos”. 

Terciaron otros: “¿Qué no se puede decir? ¡Si estáis venga decirlo! Será que no se puede escribir”. “¿Y qué pasa con lo de los dos (?)arones? ¿Se puede decir, se puede escribir o no?”.

El enviado de Dios al aula ya no pudo atajarlo, entró en estado de pánico y tuvo que recurrir a la intercesión de santos y al sistema de castigos. Fue el día de la ira del señor. El día en que alguno de letras acarició con su mejilla una mano de santo.

¿Quieres leer el trabajo completo? Puedes leer la continuación aquí (utiliza el botón de "View fullscreen", las flechas en cuadrado que verás en la parte inferior, para ver en tamaño completo):

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Ortografia emmental, de Ángel U.

17 ene 2014

La bata blanca trae cola, relato de Agustín Mañero


LA BATA BLANCA TRAE COLA

Mi primer intento con los lienzos y colores no me ha dejado satisfecho. Tratando de ver el lado bueno de la cuestión pienso que esa etapa ha sido positiva, en cierto modo. Me ha enseñado lo que debo y no debo hacer en este campo. Tras esta reflexión, he decidido iniciar un nuevo aprendizaje pictórico y me he matriculado en un centro que se anuncia como imprescindible cimiento para los que aspiramos a manchar, con alguna gracia claro, telas y papeles. En esta empresa, que cae cerca de mi casa, me atendió una joven rubia que no podía ocultar su relación con la pintura. La tenía por toda su cara.

Buenos días señorita. Quisiera apuntarme al curso que ustedes anuncian, para la iniciación de pintores, tanto en óleo como en acuarela.

Buenos días. Le voy a entregar un folleto en donde se indican las fechas, el lugar y el precio del curso. Puede usted inscribirse por meses o trimestres, como prefiera. —Y sin más, me entregó la información del “Centro para el dominio de la pintura por el conocimiento exhaustivo del cromatismo irisado”. Lo hojeé allí mismo.

En principio me interesa. Voy a abonarle ahora el pago de un trimestre e iniciaré las clases la próxima semana —le dije.

Éstas son las oficinas, pero las clases se imparten en el edificio “Eguzki-Eder. ¿Conoce usted esa nueva construcción dedicada a oficinas y centros varios que se encuentra a la salida de la ciudad? Pues allí es. Vaya usted el lunes a las diez de la mañana, al departamento cuatrocientos cuarenta y cinco. Para el primer día no hace falta que lleve pinceles ni material alguno, ya que, al ser clases en cierto modo personalizadas o individuales, será instruido en las gamas cromáticas mediante vídeos y diapositivas. Eso sí, lleve una bata, porque quizá le inviten a realizar alguna mezcla de colores y a combinar tonos.

A las diez menos cuarto llegué al flamante edificio. En su totalidad estaba destinado a despachos, oficinas, consultorios diversos, academias y ¡qué se yo! Incluso, en la cuarta planta, en donde se hallaba el “Centro para el ...etc. existía —según leí en el amplio cartel del vestíbulo—, un consultorio médico que, al parecer, tenía que ver con algún igualatorio privado. En aquel piso y entre un sinfín de puertas, localicé la cuatrocientas cuarenta y cinco, que pertenecía a mi nuevo centro de aprendizaje. Me recibió una jovencita de pocas carnes y menos luces en su cerebro.

Sí... sí... Puede usted dejar el abrigo en esos colgadores del vestíbulo. Póngase la bata y vaya, por favor, a la tercera..., no, a la cuarta..., bueno, no importa. Saliendo al pasillo, a la izquierda, verá la puerta de nuestro Centro.

Mi timidez me impidió recabar datos más precisos, así que, sin más preguntas me encontré en el pasillo de la cuarta planta, ataviado con mi impoluta bata blanca que mi cónyuge se había empeñado en lavar con el detergente, ese luminoso que limpia, aclara y da esplendor. Las puertas se me ofrecían todas iguales y, a pesar de ser un edificio de nueva construcción, se veían algunos rótulos despegados y mutilados. Conté, tres... cuatro... A mi izquierda se veía una puerta como todas las otras, con un letrero roto, que en su inicio decía «Centr...» “Aquí es”, me dije. Dos discretos golpecitos en la puerta y accedí al interior.

¡Ya es hora! ¿No le parece?
Señora, todavía no son las diez...
Pues ya llevo casi un cuarto de hora esperando. Por lo visto, hoy no han encendido la calefacción y me estoy quedando helada, —exclamó mi presunta modelo.

¡Joder con la academia ésta! Vaya una organización desastrosa. Me dicen que el primer día no traiga material pictórico y me preparan una señora para que pinte un desnudo femenino.” pensé.

Bueno, ¿me reconoce, sí o no?
Pues... la verdad, así... al pronto...
¡Oiga, ya está bien de espera para que, ahora, me venga usted con dudas. Estoy dispuesta a presentar una denuncia en toda regla contra el Igualatorio!

La señora se mostraba beligerante en sumo grado. Sus bonitos ojos despedían rabiosos destellos y, pusilánime que es uno, me dejé llevar.

Si usted insiste, señora...
¡Cómo que si insisto! “¡Desnúdese usted que, en un minuto, viene el doctor!”, me dijo la enfermera, y aquí me tiene, aterida de frío. No creo yo que para que a una le realicen una mamografía tenga necesidad de tan larga espera.

Mis conocimientos de medicina se reducen a colocar una tirita en el correspondiente rasguño y poco más, pero ante aquella belicosa y enfadada treintañera, tuve que adoptar una actitud hipocrática, que no hipócrita, porque el investigar en aquel terreno no me disgustaba, en absoluto.

Vamos a ver, señora... —fue mi preámbulo a la palpación que iniciaba. Primero el derecho, luego el izquierdo, para cambiar seguidamente y volver al comienzo. Mis manos no paraban de “reconocer” a los posibles “enfermos”. Del rincón más profundo de mi cerebro, emergía un rijoso pensamiento diciéndome que aquello de la medicina no estaba nada mal.
¿Nota alguna dureza? —me preguntó la paciente.
¡Hombre!... Todavía... Voy a insistir, a ver si la noto —y seguí explorando. La verdad es que, aquellas gemelas estaban duras, pero no por tumores ni gaitas, sino “per se”.
¿Por qué tarda tanto en el reconocimiento? ¿Es que nota algo anormal?
Señora, todo está normalísimo en este examen previo.
El que no estaba del todo normal era el aspirante a pintor que, ahora empezaba a pensar si no era mejor estudiar medicina.
Hemos acabado con esta fase —dije a mi “paciente” al tiempo que pensaba que, pocas veces se habrá utilizado esa palabra con más justicia.

Seguidamente, la joven, sin duda con alguna experiencia anterior en semejantes menesteres, pasó a la habitación contigua y depositó sus senos en el soporte de la máquina destinado a tal efecto. Metido como estaba en semejante embrollo usurpador, a estas alturas, no podía empezar con aclaraciones, así que decidí seguir adelante con la mamografía. Tiré de palancas, actué sobre mandos giratorios y pulsé botones a la buena de dios. Se encendieron luces, se iluminaron pantallas y comenzaron a aparecer gráficos y diagramas varios. Yo solamente quería que no saltase alguna chispa al exterior y chamuscase algún bonito seno de la guapa joven. Al parecer hubo suerte y los dos —por turnos— salieron del artilugio tan turgentes y pimpantes como entraron. 
 
Terminada la sesión y una vez vestida la mujer, se disculpó:
—Perdóneme doctor Repap por mi airado recibimiento, pero es que me estaba poniendo nerviosa con la espera. Por lo demás, debo decirle que estoy contenta de cómo se ha conducido en su trabajo. He quedado muy complacida.
—Por favor, señora, no se disculpe. El placer ha sido mío —dije poniendo en mi respuesta el mayor énfasis de veracidad que fui capaz. —Tendré que estudiar los datos que me ha suministrado la máquina y, acto seguido, nuestro departamento de atención al cliente le remitirá el correspondiente informe.
—Muchas gracias.

Al tiempo, yo no hacía más que preguntarme: ¿por qué me habrá llamado doctor Repap? Habitualmente soy de lentas reacciones, pero en alguna ocasión, mis neuronas aciertan a la primera y, en este caso, pude deducir que las letras de mi supuesto apellido —impresas en el bolsillo superior de mi bata— y que correspondían a la firma confeccionadora de la prenda, “Ropa Elaborada Para Actividades Profesionales” (REPAP), eran las que me apellidaban. 
 
—Perdón, doctor. ¿Puedo hacerle una pregunta de carácter personal?
—No faltaba más. Usted dirá.
—Ese apellido suyo, ¿no es de por aquí, verdad?
—Tiene razón. Mi padre emigró desde Hungría hace muchos años y, como es lógico, a mí me tocó heredar su apellido —dije al tiempo que sin darme cuenta, mis palabras adquirían un supuesto tono magiar y de forma involuntaria, semicerraba los ojos para darles un aspecto ligeramente oriental.
—Mire, doctor, este verano pienso acudir a este centro para que me sea realizada una completa exploración ginecológica y voy a pedir a la dirección del Igualatorio que me la realice usted en lugar del doctor García.
—¡No! ¡Por Dios! Yo... este verano... estaré... de vacaciones.
—Bueno, pues pospondré la cita hasta el otoño. Por un par de meses, no va a ocurrir nada.
—Señora, le agradezco la confianza que ha depositado en mi quehacer profesional y, aunque estaría complacidísimo en realizarle el reconocimiento, aquí, inter nos, debo confesarle que no está bien visto en la Compañía que los médicos nos quitemos los pacientes, unos a otros. Además, el doctor García es un profesional muy competente.
Con estas palabras pude convencer a la recalcitrante dama. La acompañé hasta la puerta, la despedí con toda la amabilidad de que soy capaz y, haciendo un desordenado e informe bulto con mi flamante “Repap”, salí al pasillo, recogí al vuelo mi abrigo y continué mi marcha hasta llegar al vestíbulo de la planta baja. Alcanzada la calle, respiré hondo e inicié el largo paseo hacia mi casa.

* * *

¡Coño, Anselmo! ¿Qué haces por aquí? —inquirió mi amigo Felipe, al tiempo que palmeaba confianzudamente mi hombro.
—Pues, ya ves. He venido para comenzar una nueva andadura en mi aprendizaje de pintor —respondí.
—Y, ¿qué tal? Cuéntame.
—Pues... normal... Un poco complicado el asunto, pero lo he pasado bien. Me ha tocado manipular una máquina que desconocía y también he tenido contacto muy directo con elementos agradables y excitantes. ¡Qué le iba a decir! A veces es más creíble una verdad a medias, e incluso una mentira, que la verdad desnuda.
—Y..., tú, Felipe, ¿cómo por este barrio?
—Pues nada, hombre. Que mi mujer se ha empeñado en que venga a esperarla. Esta mañana tenía que hacerse una mamografía.


Agustín Mañero
15/1/1997