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15 nov 2015

Ovillejos...

Tirando del hilito...

Agustín Mañero, colaborador asiduo de este blog, se interesó por los ovillejos recordando a Miguel de Cervantes en clase de Literatura...

Fuente de la imagen: Blog Mis Viajes Por Ahí, de Inés Fernández

Los primeros ovillejos conocidos los escribió Cervantes. Concretamente, en La ilustre fregona y en el capítulo XXVII del Quijote. A continuación se reproduce uno de ellos:

¿Quién mejorará mi suerte?
¡La muerte!
Y el bien de amor, ¿quién le alcanza?
¡Mudanza!
Y sus males, ¿quién los cura?
¡Locura!
Dese modo no es cordura
querer curar la pasión,
cuando los remedios son
muerte, mudanza y locura.


A partir de ahí, se animó a escribir un ovillejo, por experimentar creando y crear experimentando...



          OVILLEJO
—Te dedico este ovillejo.
          —Te dejo.
—Lo rimaré en consonancia.
          —Mi gracia.
—¿Estará pasado de moda?   
          —Toda.

De esta manera tan boba
he escrito el ovillejo.
Te lo ofrezco muy parejo;
te dejo mi gracia toda.

    Agustín Mañero

Y tirando, tirando, me ha picado a mí también la curiosidad... y he querido añadir estos ovillejos que he encontrado buscando aquí y allá:

OVIJERO DE LA MUJER Y EL VINO
¿Qué es bueno sin desatino?
¡El vino!
¿Y es del hombre gran  placer?
¡La mujer!
¿Y qué cumple en su presencia?
¡Prudencia!
Pues si no cabe en su ausencia
la felicidad lograr
tampoco se ha de olvidar:
¡con vino y mujer, prudencia!

Julio G. Alonso, extraído de Lucernarios.net

OVILLEJOS DE AMOR


(I)
Tu sonrisa tan soñada:
¡Morada!
La certeza de quererte:
¡Mi suerte!
Tus labios en noche oscura:
¡Ventura!
Es una dulce locura
el amor cuando nos ciega
y nos deja como entrega:
 morada, suerte y ventura.

(II)

¿Quién zanjará mi dolor?
¡Amor!
Aquel instante sagrado:
¡Ansiado!
Cuando tu abrazo yo evoco:
¡Sofoco!
Si en mis sueños te convoco
todo mi ser se estremece
y por mi piel enardece
amor, ansiado sofoco.

(III)

Es tu caricia perdida.
¡Herida!
Por estar bajo tu abrigo.
Te sigo.
No sé qué será de mí.
Sin ti.
Desde que yo te perdí,
todo camino es oscuro
y aunque vivir yo procuro,
herida sigo sin ti.


Candela Martí, extraídos del blog De Lo Vivido Y Lo Soñado

Y, con un poco más de sorna, voy a compartir aquí también las creaciones de Alejandro Norés Martínez, recogidos por José Playo en su blog Péinate que viene la gente y que a lo mejor resultan fuente de inspiración para Agustín...

A Eduardo San Romón
San Romón, el Oso aquél,
más pinchador que jeringa,
se casó con una gringa
que puede ser hija de él.
Si tiene hilo el carretel
lo sabe sólo el colchón;
porque, cojudo o capón,
lo mismo que pingo viejo,
no le queda en el pellejo
más que el pedo y el envión.

(nota: Un tal doctor Vesco también tuvo su ovillejo. El hijo, ofendido por la poesía burlesca contra su padre, se vengó con un escrito en el que cargaba contra Nóres Martínez. Así le respondió el autor):
Al hijo de Vesco
El hijo mayor de Vesco,
que tiene olor a calostro
me quiere llegar al rostro
con un brulote grotesco.
Yo que el escarnio aborrezco
por tosco, burlesco y hosco,
junto al brulote me enrosco,
y con asco versallesco,
me cago encima de Vesco
y el chico, que no conozco.

11 mar 2014

AMOROSO DESCUBRIMIENTO, un relato de Agustín Mañero escrito sin pensar


Relato creado por Agustín Mañero bajo la condición de hacerlo "sin pensar" (difícil, diría imposible misión) el 6/3/04


AMOROSO DESCUBRIMIENTO

— Me enamoré de mi vida un martes de agosto.
— !Cómo?
— Así fue; en un solo día. Verá: me levanté un martes agosteño, me apetecía reflexionar y, tras hacerlo larga y profundamente, me dije todo alborozado y henchido de irrefrenable gozo: “¡cómo amo a mi vida!”
— ¿Así de fácil?
— Hombre..., fácil, lo que se dice fácil, no fue. Pienso yo que, por extraños designios, por azares del destino, por la influencia de fuerzas telúricas, o ¡vaya usted a saber por qué!, ese martes y trece, tras cavilar, meditar y recapacitar con toda la intensidad de que soy capaz, me vi sumergido en un océano de amor, en un piélago de arrebatador cariño. Este hecho insólito, ese cúmulo de tiernos sentimientos desconocidos para mí, por fuerza tenía que afectar a mi vida, ¿no?
— Como no te expliques mejor...
— Cuando el tierno torrente me inundó, pensé que estaba bien  eso de amar a todos y a todo, pero que, si así era, ¿por qué no habría de empezar por amar mi propia vida que, al fin y al cabo, es lo que tengo más a mano?
— Eso parece un peligroso acercamiento al egoísmo, y si lo fuese, estarías infringiendo las leyes divinas y las de humana convivencia.
— (¡Ya empezamos!).  Que no, que no amo solo mi vida, sino que también. Vivo en un estado de enamoramiento general.
— No es fácil entenderlo, pero para ir atando cabos quiero preguntarte si en ese universal amor entra también el amor que debemos a Dios.
— Claro, padre, por supuesto. Cumplo el mandamiento que nos dice, “amarlo sobre todas las cosas”.
— Y siguiendo con los mandamientos, supongo que cumplirás con el cuarto y también amarás a tus padres ¿no?
— Claro, claro que sí. Antes les amaba un poco, bueno..., lo normal, pero desde ese martes, ¡jolín! ¡cómo los amo! Además, si ellos me han dado esta vida de la que estoy enamorado, es evidente que, así mismo, he de amar a quienes me la dieron.
— ¿Cumples los demás mandamientos?
— Siempre he procurado hacerlo, pero ahora, con este nuevo sentimiento, me resulta más factible. Por ejemplo, si hablamos del quinto, tengo que manifestar que odio el crimen y la violencia.
— Mal, hijo, mal. Una cosa es estar en contra de esos actos, y otra es odiarlos. Ese sentimiento nunca ha de estar presente en nuestro camino cristiano.
— ¡Pero si mi odio por el mal proviene de mi inmenso amor por el bien!
— Aun así. No debes odiar.  Prosigamos con el siguiente mandamiento: el sexto.
— Está bien, ¿cómo debo expresarme para hablar de él?, ¿debo decir que amo el no fornicar?  Yo creo que ese acto se realiza, algunas veces, con amor, aunque hay otras...
— Hijo, permíteme darte un consejo: no estaría de más que, mientras te estés confesando del sexto mandamiento, borres de tus ojos esa mirada libertina y, a la vez, disimules la expresión rijosa de tu cara. No sé por qué me parece que mucho del amor ese que te desborda toma ese derrotero pecaminoso.  Seguro que, ahora, me vas a decir que también amas a la mujer del prójimo. ¿No?
— Ya le he dicho que, desde ese martes de marras, mi amor es universal y si en el concepto de universo también entran las prójimas — por cierto, ¡qué mal suena esa palabra!— , asimismo he de amarlas. ¡Fíjese que amo hasta a las feas!
— Las feas también tienen derecho a ser queridas o... ¿es que, acaso, no son hijas de Dios?
— Desde luego, padre, pero no me negará que cortejar a algunas tiene su mérito. En ciertos casos, más que amor se necesita osadía.
— Mira hijo, mejor será que dejemos las disquisiciones amatorias y nos centremos en otros aspectos religiosos y morales.
— Nos centraremos en lo que usted quiera, pero yo he venido aquí a hablar de mi enamoramiento por mi vida. Es una carga inesperada que me ha caído encima y no sé qué hacer con tal cantidad de amor que siento por mi existencia. A alguien se lo tenía que contar.
— Mi deber, mi vocación sacerdotal y mi paciencia me predisponen a escucharte, pero ¿no crees que te estás pasando con ese narcisista amor que, de repente, te ha acometido? Además, me parece que no te expresas con coherencia, de forma creíble, y tampoco veo yo mucha congruencia en tus frases... Oye, ¿seguro que te encuentras bien? ¿No te habrá dado...
— ¿Que si estoy bien?  Claro que lo estoy. Pero, ¿con qué coherencia e ilación de ideas voy a expresarme si se me ha ordenado que hable de un imprevisto y repentino enamoramiento por mi vida, pero que lo haga sin pensar en el argumento, en el precedente y en el consecuente? ¡Jod...! ¡Si es que así no se puede! Ya me gustaría a mí ver a alguien que yo me sé en semejante brete.
— Bueno, por ahora, será mejor dejarlo. Ve con Dios, hijo mío.
— Falta me hará.
— ¿Qué?
— Nada, nada. Ya veo que no se ha enterado del amor que siento por mi vida.

Agustín Mañero 
 6/2/04

12 feb 2014

Ovillejo...


Te dedico este ovillejo.
—Te dejo.
Lo rimaré en consonancia.
—Mi gracia.
¿Estará pasado de moda?
—Toda.

De esta manera tan boba
he escrito el ovillejo.
Te lo ofrezco muy parejo;
te dejo mi gracia toda.

Agustín Mañero

12 dic 2012

Rompiendo textos... “Oh, Jerusalén“

Ejercicio: Romper forma y contenido de un texto (jugando con textos)
Autor: Luis Recarte


Fuente: mercadolibre
Texto del libro "Oh, Jerusalén"
Con su aparato de radio en una mano y la jaula de sus canarios en la otra, el funcionario árabe Sami Hadawi abandonó su casa. Se negó a creer, la noche del Reparto, en la marcha de los ingleses. Se equivocó. Los ingleses se iban. Y él también. Dirigió una última mirada sobre los arriates de flores de su jardín y el montón de arena donde reposaban aún los juguetes de sus hijos. Luego, sin volver la vista, se dirigió, con pasos rápidos, hacia la ciudad vieja, donde lo esperaban los suyos.



Nuevo texto
La radio permanentemente en una mano, a fin de no perderse nada de lo que estaba a punto de suceder, y sus canarios enjaulados en la otra, Sami salió de su hogar. No estaba  convencido, la noche del Reparto, de que los ingleses abandonaran su tortuosa presencia en patria de sus antepasados, pero era cierto, los ingleses se marchaban.

Recorrió con su mirada, por última vez, las hermosas flores de su cuidado jardín, el rincón donde se amontonaban los juguetes de sus hijos, y con paso firme se dirigió hacia la parte antigua de la ciudad, donde sus correligionarios le esperaban.



Referencia:
Lapierre, D., Collins, L. (1982). Oh, Jerusalén. (trad. original: Oh, Jerusalem, 1971). Barcelona: Plaza & Janés

7 feb 2012

La cocina y yo

Autor: Rotter
1ª de Ciencias Humanas

Influido por la profusión de programas culinarios que a toda hora segregan los canales televisivos, tomé una determinación: “Estas Navidades voy a cocinar”. Con ello pretendía también, alcanzar el reconocimiento social que proporciona el arte del cucharón.

Esta decisión aparentemente trivial para el común de los mortales, adquiría en mi caso  proporciones  épicas, dada mi incapacidad culinaria y mi voluntaria ignorancia del tema.

Así que me puse manos a la obra, dispuesto a promover mi personal “Culinary Center”.

Provisto de un mandil de grueso hule, un par de guantes de trabajo y gafas de seguridad, (la protección ante todo), me situé frente a la encimera y comencé a distribuir estratégicamente mi instrumental.
Ordenadamente coloqué un par de recipientes graduados, un juego, cucharas de diversas capacidades y un peso electrónico previamente calibrado a cero.

Además, cual caballero que vela sus armas, dispuse ante mí, cuchillos, trinchantes, paletas, cucharas de madera, espumaderas y un par de artilugios cuyo nombre y aplicación ni siquiera conozco.

Sin un rumbo fijo, tomé un libro de cocina, que por su grosor y solidez me inspiró confianza. Y que por otra parte, daba la impresión de haber sido utilizado, a juzgar por los vestigios alimentarios depositados en sus portadas.

No entraré en los pormenores de mi elección, que fue un tanto aleatoria, y pasaré directamente a relatar mis vicisitudes.

Apenas iniciada la lectura, ya tropecé con mi primera disyuntiva:
“Tómese un cacillo pequeño”

¿Cacillo? ¿Pequeño? Lo que yo entendía por cacillo no aparentaba tener ni la estabilidad, ni la capacidad ni la apariencia adecuada. En cuanto al tamaño ¿En qué referencia podía basarme? Opté por consultar un catálogo de menaje en internet  y tras un concienzudo diagnóstico, asumí cual podía ser el diámetro apropiado.

Me sumergí metro en mano entre fresqueras, alacenas y estanterías hasta que  localicé una cacerola cuyas  dimensiones se ajustaban a mis necesidades.

Envalentonado por este primer logro, proseguí en mi empeño
“Añadir dos puñados…”

¡Vaya ya estamos de nuevo! De verdad que lo intenté. Pero  el escurridizo ingrediente se escapaba entre mis dedos dejando un residuo difícilmente ponderable. Finalmente trasegué como pude dos porciones de una cuantía incierta. Pero… ¿Habría acertado con  “el puñado”? ¿Eran mis manos de la talla adecuada? Realmente son más bien pequeñas, por lo que tomé la decisión de añadir una porción suplementaria de aquella sustancia, por mi cuenta y riesgo.

Agregué pues, unos mililitros adicionales, objetivamente tasados, medidos y sopesados  en una de mis vasijas dosificadoras.

Siguieron varias operaciones más o menos triviales y superadas  con diferentes grados de acierto, hasta que…
“Agregue  las yemas de dos huevos medianos”

En principio el proceso de  clasificación por talla no aparentaba entrañar mayor dificultad. Mera función de equidistancia entre el más grande y el más pequeño. Simple ¿No?

Pero al abrir el envase, observé con asombro que todos los huevos eran tan perfectamente iguales entre sí,  que parecían ser fruto de un robot-gallina.

Un tanto apresuradamente estimé que me encontraba ante una selección de ejemplares medios, y por tanto del calibre deseado. Mas he ahí, que en grandes letras rojas, destacaba en el envase  la siguiente declaración: “TAMAÑO EXTRA GRANDE”.

Sin arredrarme por ello, consideré que este desequilibrio, podría compensarse con un incremento en el resto de ingredientes, Así que  recurrí de nuevo a mi vasija graduada para restablecer los  cánones culinarios.

Tras varias tentativas y numerosas roturas, conseguí separar las yemas de las claras, que con pringosa tozudez se resistían a despegarse. Una vez vencida su rebeldía, arrojé los despojos sobrantes al fregadero, contemplando con una mezcla de rencor y fruición, como desaparecían aquellos residuos por el desagüe.

Llegado a este punto, consideré que debía sosegarme y tomar un descanso antes de abordar el acto final. Me repantingué en el sofá, dejándome invadir por un sopor penetrante y reparador. Pero mi sueño se vio agitado por una pesadilla recurrente, en la que una bandada de alados y mofletudos querubines revoloteaba por la cocina, desapareciendo después, tras zambullirse en mis pucheros.

Transcurrido un tiempo incierto me desperté turbado y  aunque algo ofuscado todavía, retomé la receta sin más dilación.
“Póngase a fuego lento y revuelva con una paleta hasta que tenga consistencia”

¿Fuego lento? ¿Es que unos son más rápidos que otros? ¿Cómo establecer una escala de rapidez?
Entre los diversos mandos de la vitrocerámica no localicé ningún botón que hiciera referencia a la velocidad, por lo que recurrí a la vieja cocina de gas.

Un tanto desconcertado, encendí el fuego con parsimonia, intentando con ello alcanzar un grado de lentitud satisfactorio y me puse a batir con ahínco.

A falta de una pauta orientadora, establecí un ritmo de rotación adecuado a mi impaciencia. En consecuencia, el guiso fue pasando por diversos grados de densidad, desde un viscoso inicial, hasta el  mazacote  en  cuyo seno quedó la paleta estancada, impedida de todo movimiento.

Desde luego, la consistencia  había sido conseguida. ¡Y de qué manera!

Deseoso ya de culminar mi propósito, abordé los últimos renglones de la receta.
“Antes de servir añada  las claras batidas…”

¡Maldita sea! ¡Esto se dice antes! Grité con irrefrenable enfado ante tamaña añagaza. Evocando en mi berrinche la visión de las claras desechadas, fluyendo raudas por el desagüe…

Presa ya del desánimo, y  a la vista del poco apetecible resultado, empuñé un trapo de cocina y alzando la mano, exclamé emulando a Vivien Leigh en “Lo que el viento se llevó”:
“…aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!".

Al tiempo que abría la puerta del microondas.

Fuente de la imagen: http://cinemelodic.blogspot.com/

12 ene 2012

Cómo freír un huevo impunemente

Autor:
Un Chef muy inútil
Sorivan Gouroumier
Yo mismo


Primero y principal: cerciórese de que se encuentra en la cocina, ya que en otras piezas de la casa no encontrará ni las instalaciones ni el material preciso.

Una vez ubicado en la misma proceda de la siguiente manera:

1º- Busque en el sitio adecuado una sartén de tamaño medio, entendiéndose por esta un recipiente de poca o mediana profundidad, de forma más o menos redonda y con una protuberancia en el exterior que se denomina mango. Este sirve para asirla sin quemarse y tiene, también, la característica de servir para diestros y zurdos con solo un leve giro de 180 grados que se ha de realizar en frío.

2º- Ponga la sartén en la fuente emisora de calor y añada en ella una cantidad suficiente de aceite limpio. Con medio litro será suficiente, lo que parece, y es, una barbaridad; que para freir un solo huevo haga falta pringar semejante cantidad de condimento es de bárbaros, poco ecológico y no sostenible.

Lleve el dorado líquido hasta una temperatura de entre 170 y 200 grados centígrados, momento en que reconocerá mediante un órgano especial del que disponemos los humanos, en el ojo izquierdo, ya que llegará a la conclusión de haber alcanzado la temperatura solamente mirando. No le recomiendo otras prácticas como la de meter la yema del dedo o escupir para ver si burbujea la saliva: los resultados serán muy dolorosos en el propio dedo o en el rostro por las salpicaduras del aceite.

3º- Ha llegado el momento de coger el huevo. Hágalo con cuidado ya que, de lo contrario, se romperá. Golpéelo por la parte redonda contra una superficie afilada. Sitúe el huevo rajado sobre la sartén e introduzca las uñas de sus dedos pulgares dentro de la rendija. Tire, al unísono, hacia afuera y deje fluir el interior. Este se compone de un líquido casi transparente y de una pelotilla entre amarilla y rojiza que tenderá a rozarse con las uñas o con el canto cortante de una de las mitades de la cáscara, reventándose, con lo que al llegar al aceite caliente se formará un chandrío en lugar de un hermoso huevo frito.

Chandrío es el resultado de cualquier cosa mal hecha. Si esto sucediera, que sucede, coja una espumadera, que es un útil de cocina compuesto por un disco perforado de manera artística y un largo mango para alejar nuestra mano de las salpicaduras de aceite caliente que se producen por la explosión de unas ampollas que salen en la clara al calentarse y, siempre, lo hacen en dirección del operario; saque la cosa que hay ahí, dentro del aceite y reserve,  que se dice en cocina.

4º.- Repita el punto tres tantas veces como sean necesarias hasta obtener un precioso huevo frito, redondo él, con un velo blanquecino cubriendo toda su superficie, bien cuajado, brillante y con sus mayores o menores puntillitas. Coja la espumadera y retírelo. Aquí se produce otro fenómeno físico inexplicable: el huevo y la espumadera forman un todo uno que dificultará enormemente que el huevo se deslice sobre la espumadera; y no lo hará, de normal, hasta que no se reviente la dichosa pelotilla con lo que hará al producto no apto para sus fines. Como en situaciones anteriores, resérvelo.

5º.- Si al final consigue poner un hermoso huevo frito en un plato preparado al efecto, vaya, lo más rápido que pueda, a por su cámara digital. Haga la o las correspondientes fotos y, desde su ordenador envíelas a la Academie Française des Arts et des Métièrs adjuntando una foto de carné suya quien, con celeridad, le reenviará a la Academie Culinaire et de la Gastronomie quien, a su vez y a vuelta de correo postal, le enviará la Gran Croix Aux Mérites Gastronomiques, en oro sobre campo de gules laureados y con  banda púrpura,  que le elevará al Olympo de los Grandes Chefs de la cocina mundial.

Esto No Es Un Huevo (cuajada de oveja con crema de mango)
Creación de Fernando Canales - Restaurante Etxanobe

Lo que sucede entonces es que, a la vuelta de tan cibernética misión, el huevo se habrá enfriado pasando de ser una delicia gastronómica a ser una infecta bola blancuzca, mate, arrugada y con los borde levantados. No lo ingiera en estas condiciones pues se le formará un bolo alimenticio en el estómago de difícil digestión aún ayudándose de la ingesta masiva de vino tinto, lo que hará que, además de tener una pesadísima digestión, agarre un pedal del nº 3 que no es otra cosa que una intoxicación etílica entre grave y muy grave con efectos secundarios a corto plazo como la pérdida de  memoria, cefaleas y vómitos, entre otros.

¡Ah! Se me olvidaba. Con los chandríos de huevo frito que ha ido reservando durante el proceso, actúe de la siguiente manera:

Agarre con mucho cuidado el recipiente donde los ha ido poniendo y échelos a la basura. A la de órganica, por supuesto, y prepárese un buen bocadillo de mortadela napolitana. Saldrá ganando. Estará buenísimo desde el primero, no se quemará ni las manos ni la cara y, además, no generará basuras y no contaminará. (Que falta hace).


Donostia San Sebastian. Octubre 2011

Un Chef muy inútil
Sorivan Gouroumier
Yo mismo

9 ene 2012

Carta de amor a la Hacienda Foral

Autora: Begoña Urkizu
1º de Ciencias Humanas



Amor mío:

¿Cómo expresarte con palabras el dolor que me produce tu ausencia? Mas yo sé que, aunque mis ojos no te vean y mis labios no puedan besarte, es tu invisible presencia la que me hace soportable la vida.

Para demostrarte con hechos lo que no puedo de ninguna otra manera, pongo a tu disposición todos mis escasos bienes que, en ningún caso, sobrepasarán los 10.000 millones. No trato de comprar tu amor, pues soy de las convencidas de que el amor no tiene precio.

En la seguridad de que solo la muerte romperá nuestros lazos amorosos, se despide tu enamorada princesa.

7 ene 2012

La escritura y... Jesús Sesma

Autor: Jesús Sesma
1º de Ciencias Humanas

MI BIOGRAFÍA COMO “ESCRITOR DE BROCHA GORDA”

Mi arranque como escritor fue lamentable, por decirlo cariñosamente. Comenzó con una redacción que me inundó de emoción (¡qué capacidad para las letras!)... hasta que el profesor la calificó.

Al día siguiente, mis pronósticos se estaban cumpliendo. El profesor comenzó a leer mi trabajo, aunque estuvo a punto de no terminarlo porque el paciente señor la leyó perfectamente, de un tirón, y se quedó prácticamente sin respiración, porque yo no había puesto ni un solo signo de puntuación, ni una coma.

Ahí terminó mi carrera de escritor. Solo tomaba apuntes y contestaba a los exámenes, pero nada más, ya que lo mejor que tenía era la letra. Ah, claro, y la ortografía.

Con el paso del tiempo no mejoré demasiado escribiendo aburridas notas repletas de números, pero he llegado a este curso de la experiencia (?) y la profesora, que parece un entrenador de fútbol juvenil que quiere ascender al equipo, nos está azuzando y aquí estoy, intentando despegar.

Roeber and Crane Bros. Vaudeville Athletic Co.: Ernst Roeber, champion of the world, wrestling poster, ca. 1898

Quizás debiera asumir la idea que Oscar Wilde pone en boca de uno de sus personajes: “me gusta demasiado leerlos (los libros) para molestarme en escribirlos”, pero sigo escuchando la voz de la entrenadora hablándonos de neuronas que se libran, cables que se desenmarañan, ...

Infinitos horizontes se abren ante nuestros ojos, en nuestras mentes, impregnándolas de ilusión, optimismo y ganas de caminar.    

Cuando La Lengua destruyó al amor

Autor:Jose María Atorrasagasti
1º de Ciencias Humanas

Era a mediados de los sesenta cuando yo era estudiante, regular por cierto, de 4º curso de Bachillerato y a con 13 años encontré mi primer amor; allí estaba, en el suelo, dibujada en un papel de la mitad de un folio. Era muy guapa, de edad y talla indefinida, pero válida para mí.

Inmediatamente guardé el retrato en el libro de Lengua, aunque era consciente de que, con aquella acción, estaba probablemente robando el amor de un compañero.

leo
Retrato en Flickr - CC - by Ringoblu

Lo usaba básicamente como recordatorio de páginas, y así tenía, continuamente, la imagen de mi bello amor. Tanta manipulación y movimiento llevó consigo un deterioro progresivo del papel, malo de calidad, soporte del retrato. Decidí que tenía que conservar a mi amor y lo calqué, sobre un cristal y una lámpara encendida, en otro papel de mejor calidad. El resultado fue regular, ya que no era tan perfecta, pero consideré que como el papel era mejor, este perduraría.

No fue así, por tanta manipulación entre páginas del libro, y tuve que repetir varias veces la operación; el resultado fue nefasto pero yo seguía enamorado, pero un poco menos.

Un día en la hora de estudio, el Padre Jaúregui, profesor de Lengua, al pasar junto a mi pupitre, vio el retrato, ya muy distinto del original, y lo cogió. Me dijo: "¡Te mereces algo mejor!" Y lo hizo pedazos.


¡Destruyó mi amor!

26 dic 2011

Un día en la vida de... Ramon Kanpandegi (cap. 1)

Autor: Ramon Kanpandegi
1º curso de Ciencias Humanas

Me parece haber oido al patrón llamar a mi padre, pero me doy media vuelta y aguanto en la cama. Se está bien aquí dentro. El agradable calor me envuelve como si fuera una burbuja que me aísla del frío exterior. Por algo estamos en invierno y más concretamente, en enero. Morfeo me llama a sus dominios y estoy a punto de volver a dormirme, cuando me llama mi padre. Esta vez no hay lugar a duda. Hora de levantarse. Son las cinco de la madrugada de cualquier día de la semana.

Pienso en el patrón, ellos se levantan media hora antes y se reúnen en la Benta. Allí, comentan el tiempo: el viento que hace, la mar de fondo que se aprecia por la intensidad de la resaca, y sobre todo los partes meteorológicos que se recogen desde distintos observatorios: Igueldo, Arcachon, Cap Ferrer,... así como, la hoja meteorológica que la comandancia de marina nos deja todos los días sujeta con una piedra en el hueco de la fachada de la Cofradía. Cuando los patrones se ponen de acuerdo y suponen, tanto por las previsiones como por el estado del tiempo en este instante, que podremos aprovechar el día, se separan y se desparraman rápidamente por las calles para llamar a sus correspondientes tripulaciones. La llamada se hace directamente, a viva voz, desde la calle, dirigiéndose a la ventana del cuarto donde sabe que duerme el tripulante. Los que viven en algún barrio más alejado, o en algún caserío, lo tienen peor, pues quedan citados ya de víspera, y estos sí que, haga el tiempo que haga, tienen que estar a la hora en la Benta.

Nosotros tenemos la suerte, aunque, la verdad, no es lo normal, de que los días de arribada, el patrón no nos llama y continuamos calientes, entre sábanas, hasta la hora normal de levantarse. Sentado ya en la cama  - no conviene permanecer en ella porque te vuelves a dormir- me pongo las pilas. Me visto rápidamente, paso por el baño, después por la cocina a tomar el café con leche que el padre ya ha calentado y bajo al portal donde tenemos la bici. Agarro la mía y salgo a la calle. El suelo está mojado, pero no llueve. Siento el fresco viento del nordeste, le llamamos viento francés, frío y racheado, malo, como no podía ser de otra forma algo que nos viniera de Francia. ¡¡¡Estos gabachos!!!

Bidasoa-Txingudi 17

Monto en la bici. Me imagino la dura ruta que tendremos hacia el caladero. Viento de proa, que sin ser demasiado fuerte, tiene la suficiente intensidad como para formar un oleaje que nos hará navegar saltando incesantemente en un continuo cabecear. Trago saliva. Alcanzo la panadería tres calles mas allá, y al entrar, la luz y el ajetreo interior desentona con la soledad y oscuridad que inunda la calle. Media docena de panaderos, con sus ropas, manos y cejas blancas se afanan en lo que para ellos es el final de la jornada. Compro dos panes todavía calientes y regreso a casa sin detenerme. Quizás veo y saludo a algún compañero, o un amigo de  otra embarcación, que como yo, se mueven rápidos, casi furtivos, hacia sus respectivos puntos de encuentro. La ciudad sigue dormida, en silencio, pero los pescadores, nosotros ya estamos en marcha. De vuelta en casa, me están esperando. Reparto el pan, lo meto en las cestas y el padre con mi hermano mayor bajan a por las bicis para irse ya hacia el puerto de Refugio.

El motorista, el patrón y otros tres tripulantes se adelantan al resto para arrancar el motor y arrimar el barco al muelle donde nos esperan. Yo también bajo las escaleras de casa y aguardo al carro que no tarda en llegar. El carro tiene dos varas y dos ruedas de neumático. Es bastante ligero. Por ser el más joven me toca coger las varas. El resto de los tripulantes se colocan alrededor del carro, en los laterales y en la parte de atrás, se supone que para empujar, pero a estas horas en su lugar, más de uno, adormilado, se deja llevar por el carro. Es difícil saber quién empuja y quién no. A veces el paso cansino, se hace más lento,  hasta que alguno suelta un gruñido: "Venga, que no llegamos". Entonces aceleramos. Como autómatas, en silencio.  Muy distinto a lo que suele ser la vuelta. En el carro llevamos nuestras respectivas cestas con la comida para el día, la carnada, algún trasto y las cajas vacías cuyo número nos indica la pesca que tuvimos ayer: diez cajas de merluza y cinco de besugo. Ya me conformaría si a la vuelta trajéramos el mismo número, pero llenas. Tenemos por delante media hora de caminata. Todos conocemos lo de: "Joan aguro edo geldi/honek izena dik ordu erdi" (Vayamos deprisa  o despacio, este recorrido se llama media hora).

Pasamos por la playa y me acuerdo del partido que jugamos el día de arribada de la semana pasada. Empezamos a jugar a las tres y media de la tarde y terminamos de mala manera porque ya no veiamos el balón. Resultado: ganamos cuatro a tres, o empatamos a cinco goles. No sé, me confundo con el de la semana anterior, ya no me acuerdo. Los partidos suelen ser a cara de perro, eso sí. Los normales suelen durar más de dos horas, pero si nos jugamos una peseta, de todas todas, se nos hace de noche.


Ola

Estamos pasando por los pozos, quedan diez minutos para llegar. Esta carretera no la hicieron pegada al acantilado, sino que, aquí tiraron en línea recta, de manera que se separa de las rocas unos ciento cincuenta metros. A la derecha, la playa y el mar, a la izquierda unos grandes pozos. Unidos ambos por unos grandes tubos colocados por debajo de la carretera. Las aguas del pozo más estancas, se hielan en invierno y aparecen flotando un montón de peces panza arriba muertos. Con una caña cogemos los que podemos. Descartamos entrar en el agua. Hace demasiado frio. Ya estamos llegando al puerto donde la imagen es poco habitual. La treintena de barcos ya no están anclados ordenadamente en fila, quietos, costado contra costado, al contrario, han echado las cadenas y sueltos se mueven lenta y desordenadamente, buscando cada uno, su lugar de atraque más próximo. Me dirijo hacia donde está el nuestro y embarcamos los trastos. Según la marea el embarque puede ser peligroso para el más veterano. Le ayudamos. Llevo el carro a lugar seguro y saltamos a bordo. Lentamente, siguiendo cada uno su turno, en fila, los barcos vamos saliendo de la bocana. Mientras, nos instalamos, arranchamos las cosas hasta que cestas, baldes, ganchos, cajas y todo lo que hay en cubierta queda bien sujeto y amarrado. Al doblar el dique norte, todavía a media velocidad, el patrón desde el puente, reza la salve a viva voz, todos nos descubrimos y le acompañamos,  en voz baja. Tras santiguarnos, nos calamos las boinas.

Bidasoa-Txingudi 19

El barco acelera poco a poco,  proa al caladero, con el viento y las olas de barlovento, de proa. Empezamos a cabecear saltando suavemente al principio, hasta llegar a un cabeceo brusco que nos obliga a movernos, con cuidado, agarrados a todo lo que podamos echar mano. La tripulación ha desaparecido de cubierta, ya están en sus literas. Sólo quedan el patrón y el mecánico en sus respectivos puestos. Atrás queda la bahía de Txingudi totalmente iluminada desde Higer hasta las Gemelas. Hendaia, Irún y Hondarribia compartimos la bahía, un espacio claramente definido. Sin límites, sin frontera. Como una sola ciudad. A babor, se ve perfectamente San Juan de Luz y también a la derecha pero más al nordeste vemos las luces de Biarritz con su potente faro de dos destellos cada diez segundos. Aquí por toda la costa hay miles de luces, hasta el monte Larun tiene sus dos luces rojas. Aquí situarse es fácil.  Pero mar adentro, esto es, a tres horas de ruta, no se ve ninguna luz. En las noches cubiertas, todo el mar en sus trescientos sesenta grados está negro, no hay ningún punto de referencia. Estamos solos. Gracias a su gran alcance, mayor aún que el de Machichaco, la primera luz que nos señala tierra, es el faro de Biarritz. Ahora sabemos donde estamos. Ya no estamos solos.  Acaba de salir Venus, magnífico, su brillante luz fija destaca inconfundible, nos anuncia el alba e inspira serenidad. A medida que nos alejamos de la costa, las luces urbanas languidecen, mientras la bóveda celeste le arrebata el protagonismo y un mar enorme de estrellas tintinean cada vez con mayor intensidad, ¡grandioso!. Inspiro fuerte y sin querer me acuerdo de Trueba y su:

El que no sepa rezar
que vaya por esos mares
y verá qué pronto aprende
sin enseñárselo nadie.

Yo también bajo al catre, tenemos hora y media hasta que amanezca y hay que aprovechar.

19 dic 2011

Pinceladas - Mª Antonia Mugica

Autora: Mª Antonia Mugica
1º curso de Ciencias Humanas


PINCELADAS

Me llamo María Antonia y buscando en lo que ahora llamamos "disco duro" de mis recuerdo,s revivo una escena que para algunos/as será conocida.

SITUEMONOS: AÑO 50

Una CLASE (ahora la llamaríamos aula)

20 niñas todas de la misma edad, con sus batas blancas y pendientes de una profesora (una monja toda de marrón) que con las gafas en caballete parecía  querer sacarnos en lugar de meternos nuestro poco saber.

Sentadas ante un pupitre con un pequeño tintero de porcelana, un cuaderno rayado o en blanco con una farsilla debajo, una pluma con mango de madera y una plumilla de hierro, latón y hasta de cristal, esperábamos las palabras:  SEÑORITAS: DICTADO.

Manos a la obra, atentas, muy atentas a no cometer ninguna falta de ortografía, era quizás no tan complicado pues a nuestros 7 - 8 años  ya debíamos  hacerlo, habíamos dejado el lápiz porque éramos mayores y ya escribíamos con TINTA.

Durante más de media hora no se oía nada más que el ruido del metal raspando el papel, y cuando pasado el tiempo y a la frase de SEÑORITAS, déjenlo todo creíamos haber terminado llegando al final, y el labio ya no se mordía, entonces, entonces un pequeño empujón de tu compañera y ¡horror! la plumilla  parecía que lo hacía a propósito y caía un lamparón negro como una cucaracha.

Para qué deciros nada más, nuestra cara era el reflejo de todo: miedo, pena, tristeza... pero sobre todo  miedo ante la cara de la MONJA.

Fuente de la imagen: http://www.turismo-briviesca.com/

Llegaba el final  del curso y en nuestro boletín de notas aparecía un aprobado, notable o sobresaliente en GRAMÁTICA y ORTOGRAFÍA.

Pero éramos duras y al día siguiente volvíamos a intentarlo otra vez ante la palabra DICTADO y salía bien.


Un pequeño triunfo en nuestro mundo de folios, farsillas , plumillas , tinteros  y una MONJA con las gafas en caballete, por cierto como yo las llevo ahora,  ANTE MI ORDENADOR haciendo también un trabajo de LENGUA.

30 nov 2011

La letra con sangre entra... La escritura y Charo Barinaga-Rementeria

Autora: Charo Barinaga-Rementeria
1º curso de Ciencias Humanas


LA LETRA CON SANGRE ENTRA
…pero con dulzura y amor se enseña mejor (revisión actualizada del refrán)


Ya a principios del siglo XVII, en El Quijote, aparece el refrán “la letra con sangre entra”, señalando las dificultades y esfuerzos que son necesarios para aprender: "menester será que el buen Sancho haga alguna disciplina de abrojos, o de las de canelones, que se dejen sentir, porque la letra con sangre entra" (El Quijote, capítulo XXXVI, 2ª parte).

Y la señorita Gloria aplicó el refrán en la escuela de Ondarroa donde yo aprendí a escribir, a principios de los años 50. Tenía yo poco más de siete años.

Imaginad lo difícil que puede ser corregir un texto escrito a lápiz si no se tiene una goma de borrar. Y más complicado aún enderezar unas palabras que se van inclinando, “cayendo” en el cuaderno sin conseguir mantenerlas dentro de la línea prevista.  Yo intentaba escribir recto, sin salirme de la raya, pero ¡era superior a mí!, las palabras se iban torciendo y como no tenía borrador, intentaba deshacer lo escrito con la yema de los dedos, con un resultado nefasto: borrones de color gris oscuro sobre los cuales reescribía sin mucha fortuna.

La señorita Gloria (pequeña, más bien esmirriada, mandona y con voz chillona) me llamó para que le enseñara mi cuaderno.  Creo que tragué saliva y me acerqué a su mesa muerta de miedo. Cuando vio mi trabajo soltó un grito y me arreó un bofetón en la cara que no he podido olvidar nunca.

Este es el primer recuerdo de mi paso por la escuela.  Menos mal que mis padres tuvieron la idea de venir a vivir a Donostia y aquí las cosas cambiaron. Ahora no es más que una anécdota que disfruto contando a mi nieta y sus compañeros del parque cuando surge la ocasión. Porque, afortunadamente para los niños, alguien debió revisar el viejo refrán para añadirle “…pero con dulzura y amor se enseña mejor”.

¡Que en gloria esté la tal Señorita Gloria!


Txarito de pequeña

28 nov 2011

La escritura y... Rotter

Autor o autora: Rotter
1º curso de Ciencias Humanas


En mi ya lejana infancia, época en que los estímulos externos a la imaginación eran más bien escasos, la  lectura me supuso una ventana abierta  a un mundo en el que podía soñar sin más límites que mi propia fantasía.

Childhood Dream@SL5B

Pasado el tiempo, en alguna  ocasión, sentí la necesidad de reflejar mis propias fantasías, mis propias ilusiones, de recrearme  en mis propias quimeras. Ello me llevó a incipientes intentos, a experimentos dispersos, a conatos naufragados sin remedio en el mar de mi inconstancia.

Pero quedó para siempre en mi interior la sensación de libertad, el horizonte sin límites que proporciona la palabra escrita. Sin corsés de ningún tipo. La palabra por la palabra, más allá de su acepción escueta, de su ortografía incluso. Sugerente a veces por su sonido, por su ubicación o por su transgresión.
Hubo otro momento en mi vida. Este ya en la  juventud plena. En mi interior bullían infinidad de emociones, entusiasmo, incluso congojas. Necesitaba expresar  mis experiencias vitales, mis inquietudes sociales, mis aspiraciones…

Y además… llegó el amor.

En esas “me encontraba una noche contemplando las estrellas” (parafraseo al gaucho Martín Fierro), cuando comencé a hilar palabras, lentamente al principio, a borbotones más tarde, incontenibles después.

Allí frente a mí, roja en la penumbra, mi máquina de escribir permanecía expectante, con la mirada cómplice de quien se sabe compañera inseparable…

23 nov 2011

La escritura y... Ana Mari López

Autora: Ana Mari López
1º curso de Ciencias Humanas

LA ESCRITURA Y YO

La escritura y yo siempre hemos sido cómplices y amigas. Lo mismo me ha servido de placer como de medicina. Me explico: generalmente en la adolescencia, escribir poemas de amor es uno de los placeres más deliciosos que existen. Ahí, en ese punto nací yo como escritora de brocha gorda.

Más adelante, paradojas de la vida, mi noviazgo fue en su mayor parte epistolar. Cada día nos escribíamos una carta.

Como medicina, empecé empleando la escritura en mi "diario secreto", donde anotaba todas mis cuitas juveniles.

Si hablara la máquina de escribir de Ana María... ¡cuántas vivencias!

En plena madurez, utilicé la escritura como desahogo ante situaciones duras de la vida. En alguna ocasión, cuando me encontraba en un pozo  profundo y oscuro, mi medicina era cada mañana escribir mis sentimientos más recónditos y así vaciarme en el papel. Después lo leía y lo rompía en mil pedazos. Esto me ayudaba muchísimo.

Ahora con mi edad, utilizo la escritura para dejar constancia de mi paso por este mundo; entre los míos ¡por supuesto! A mi marido le he preparado un manuscrito por si me voy antes que él. "Un legado de amor" lo he titulado.
A mis nietas, les he hecho un librito de cuentos personalizado a cada una de ellas, para que no me olviden demasiado pronto cuando yo desaparezca.

Nota de edición: El original está escrito en la máquina de escribir de la fotografía, lo que le da un encanto especial en estos tiempos informatizados. Esta es la imagen del texto (haz clic en ella para ver en mayor tamaño).

17 nov 2011

La escritura y... Angel Abalde

Autor: Angel Abalde Calparsoro
1º curso de Ciencias Humanas

¿ESCRITOR O JUNTALETRAS?

Suele afirmarse, con dudosa razón, que una biografía es una especie de striptis personal a través del cual el autor va descubriendo sus secretos íntimos, mientras las lectoras o lectores de la misma disfrutan de lo contemplado, siempre que ello merezca la pena.

Esta reseña o biografía no puede llegar a ser un espectáculo de semejante altura. Todo lo más se parecerá a la metáfora de la cebolla,  puesto que a modo de capas superpuestas que iré desgajando se descubrirán las peculiaridades de mi trayectoria como escritor o, insisto, como juntaletras. Epíteto que empleo porque se ajusta más a la calidad que atesoro en este menester, y porque probablemente esa metafórica cebolla conduzca a llorar a quien lea esto. En algunas ocasiones, las más, de pena. Y en otras ocasiones, las menos, de risa.

Onion Macro

De ninguna forma debe entenderse que sea corta mi producción como juntaletras. Más bien al contrario, los folios usados para oficio del que hablo han sido, seguramente, varios miles. Y pocos de ellos han sido usados a la manera que refleja la manida imagen del escritor que, repetida y constantemente, va haciendo pelotas con el folio en el que no consigue plasmar ideas coherentes, y que, por ende, en pocas ocasiones consigue depositar en la papelera al uso.

Esta es la primera capa. La que determina el género o los géneros a los que he dedicado tamaña producción de papel: panfletos propagandísticos o de agitación, valoraciones de huelgas, manifestaciones y actos de índole político; ponencias de congresos sindicales; propuestas reivindicativas o tesis sobre elementos sociales, sindicales y políticos; boletines de formación sindical u organizativa. Incluso he sido coautor de un libro, y he colaborado en varias revistas de cierta entidad, tales como HIKA, VIENTO SUR, PÁGINA ABIERTA…., amén de publicar diversos artículos en periódicos locales.

Como se ve, producción ideológica hasta las “cartolas”. O lo que es lo mismo, literatura poco presta para la imaginación, el humor o la ironía.

La segunda capa tiene que ver con ese papel extraño que en los círculos literarios se denomina como “negro”. Que designa a quienes realizan una determinada obra pero es firmada y presentada como elaborada por otra persona bien distinta. Eludiré dar nombres para evitar polémicas estériles o querellas desagradables.

Y, en este terreno, lo confieso, he estado en ambos lados de la moneda. En ocasiones he facilitado esquemas, incluso textos acabados, para que fueran utilizados por otras personas. Pero en otras muchas me he servido, asimismo, de esquemas o textos que han sido escritos para que yo figurara como autor. Evidentemente estaba de acuerdo con lo que me facilitaban, pues la dignidad es una cosa seria.

Pero desgajemos otra capa de la cebolla.

Las nuevas tecnologías no casan bien con mi forma de escribir. Y al mencionar nuevas tecnologías me remonto incluso a los momentos de esplendor de las viejas máquinas de escribir, tipo LEXICOM 80, que tantas veces he aporreado.

Lexicom 80 de D. José Luis Cuerda

Jamás he sido capaz de escribir una línea seguida de forma directa en una máquina de escribir o en un ordenador. Indefectiblemente, y por muchas hojas que ocupe el escrito, primero lo tengo que hacer usando lo que considero uno de los inventos de mayor impacto: el bolígrafo.

En fin, una peculiar faceta y un doble trabajo. Escribir a mano y transcribir a máquina u ordenador. Pero, eso sí, con una ventaja: que según transcribo, corrijo errores, mejoro las frases, e incluso modifico alguna idea que salta a la vista como poco convincente o confusa. También erróneas, todo hay que decirlo.

No por casualidad, este texto ha seguido el mismo procedimiento.

Otra capa de cebolla, quizás la definitiva, tiene relación con mi formación académica. Más estrictamente con mis conocimientos gramaticales.

Estos conocimientos, francamente escasos, los recibí en Los Angeles, colegio ubicado en la Parte Vieja donostiarra, en el que el rasgo peculiar que lo definía, y del que estaban muy satisfechos, era que te preparaban primorosamente para empezar la vida laboral como “botones” de un Banco o una Caja de Ahorros.

Agradecido como soy, cumplí con el estereotipo y allá por el 61, con 15 años, inicié mi poco estimulante carrera como bancario.

Como bien nos ha enseñado nuestra profesora actual, a esa edad no resulta fácil que las reglas gramaticales se fijen adecuadamente en el cerebro (¿o es al contrario?). Y no soy una excepción. Por tanto, si he llegado hasta aquí, solo puede achacarse a que me he tragado otros tantos miles, y más, de folios escritos por quienes saben usar la cabeza, las normas gramaticales y ortográficas, así como las nuevas tecnologías.

Qué buena es la literatura. Cuánto enseña a mucha gente. A mí me ha enseñado a juntar letras y darles un cierto sentido. Y lo agradezco. Lo agradezco tanto que, falto de actitud modesta, virtud que sirve poco a los que son modestos en aptitudes, me siento satisfecho con lo escrito hasta ahora y me atrevo. Generalmente, a ponerme puntilloso con lo que escriben los demás.

En fin, escribidme lo que queráis. Seguiré aprendiendo hasta convertirme en escritor.