En este programa número 48 de La Alegre Corchea Libertaria, de nuestra radio libre online Alegría Libertaria, hablamos de Luis Cobo, más conocido como Manglis, guitarrista, compositor, arreglista y productor musical sevillano, nacido en el barrio de Triana el 12 de noviembre de 1951. Cobo es uno de los personajes históricos del llamado Rock andaluz.
La música que escucharemos tras la presentación es una selección nuestra de tres discos más un concierto. Las dos primeras canciones son de su primera etapa con el grupo Guadalquivir, la tercera pertenece a su participación del grupo que él mismo fundó, Manteca, y a partir de ahí la música que escucharemos procede del concierto de reencuentro con la formación originaria del grupo Guadalquivir en la Bienal de Flamenco 2008.
1. Guadalquivir ("Guadalquivir", 1978)
2. Camino del concierto ("Camino del concierto", 1980)
3. Bailando con cabras ("Bailando con cabras", 1998)
4. La Danza de Los Tigres (Bienal de Flamenco, 2008)
5. El Manglis (Bienal de Flamenco, 2008)
6. Bulerias del Compás Machine (Bienal de Flamenco, 2008)
7. Baila Gitana (Bienal de Flamenco, 2008)
Como confiesa Manuel Halcón (Sevilla, 1900-Madrid, 1989) -a quien he dedicado el siguiente post- la novela la crea ella, Manuela, no tanto por lo que dice sino por lo que cuenta a través de lo que hace. La novela se le va de las manos y fluye ligera, sin heroicidades ni personajes antagónicos.
La primera impresión que me vino fue "este hombre sabe escribir", ¿qué es ese "saber escribir"? Y es que pone las palabras justas, dice lo que tiene que decir y ya. Y lo dice muy bien. No se enreda en descripciones de lucimiento del escritor, tampoco las necesita para que a su lectura una vea, se imagine. Son los hechos los que hacen surgir la imagen. No es paisaje ni personajes, sino la vida, la vida en el campo sevillano, una vida donde hay pobreza y dignidad, riqueza e indignidad.
Recuerda, en su forma de escribir la novela, a Pío Baroja, así que le decían que "estaba desfasada", que ese realismo "ya no se lleva", que no era moderno. Tal vez con un matiz en la forma de contar las cosas: si l@s vasc@s solemos ir con el verbo, l@s andaluces van con el sustantivo, y si l@s vasc@s vamos direct@s, l@s andaluces van "por derecho". Eso es lo que creo que diferencia la narrativa de Baroja de la de Halcón en esta novela, con esa forma tan sevillana de ir dejando las cosas bien claras pero sin dejarlas claras del todo, un "sí pero no", un "ya se verá".
La novela comienza con una denuncia de la impunidad de quien ostenta el Poder, no apelando a la Justicia (que bien sabemos que está siempre a favor de quien manda) sino a la dignidad humana. Que a su padre lo dispararon a matar, que no fue un forcejeo, que le dispararon de lejos directo a la cabeza, y que quien mandó matar a su padre no merecía descanso, ni en vida ni en su muerte. Así, el asesino murió por una enfermedad no reconocible, y en su entierro, Manuela, que entonces tenía 14 años, zapateó sobre su tumba. En la película de la novela, lo hace delante del féretro (con música de Triana), aunque en la novela baila ya sobre su lápida, ya enterrado.
A partir de ahí, va contando la vida de Manuela, una mujer bella,
que vende melones en la carretera y que muchos hombres desean, y aunque
algunos ricos pretenden comprarla, ella prefiere vivir en la pobreza
sin deber nada a nadie.
Dejo aquí un par de escenas que me han
gustado mucho y que no quitan a quien quiera leerse la novela el gusto
de ir sabiendo lo que pasa. Por cierto, la novela se lee del tirón.
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El
descontento de la madre se manifestó en la negativa a que el matrimonio
viviese en su casa. "Que ellos se las arreglasen". Obstáculo que no les
hizo desistir a los novios. Con lo que, en vista de que no pudo casar a
su hija con un rico, la condenó a que fuese aún más pobre de lo que la
correspondía ser, dejándolos en la calle.
Cuando don Ramón se
acercó con el caballo a la cuadrilla que estaba castrando el maíz, uno
de los trabajadores suspendió la faena y se acercó casi hasta rozar el
estribo, como para hacerle una confidencia. A don Ramón, que llevaba
fama de campechano, no le extrañaban estos abordajes. -Don Ramón, le voya pedir a usted un favor. -Tú dirás. -Que me ceda una "carretá" de junco para techar una choza. Le pagaré un tanto por semana. -¿Una choza? -Sí. Es
que nos casamos Manuela y yo, y no tenemos dónde meternos. Los muros los
voy haciendo ya de material, pero la techumbre tiene que ser de junco.
Don Ramón, silencioso admirador de Manuela, que estaba enterado de la oposición de la madre, protestó: -Pero, hombre, ¿a una mujer como tu novia la vas a meter en una choza? -¿Qué quiere que haga si no hay para otra cosa? -Pues lo que hacen los otros, esperar, ahorrar.
Antonio echó medio paso atrás y miró a don Ramón de medio lado. Alzó la mirada pero no la frente, y dijo: -Don Ramón, si me deja usted que le diga una cosa. -Dila.
Antonio echó por delante una sonrisa. -¿Si
usted se viera de pronto con una mujer de la categoría de Manuela que
le dijera vámonos, usted no se metería con ella, aunque fuese en una
choza?
Molesta, antipática, cínica pregunta, hecha por un inconsciente,
pensó don Ramón. -Me metería, no digo en una choza, en un bocoy, pero no para vivir para siempre.
¡Verse
ante una mujer como Manuela! Él le hubiese puesto un piso lujoso en
Sevilla, pero sin casorio. Don Ramón representaba el convencionalismo
tradicional de la burguesía campera. Añadió: -Yo no doy
nada para una choza. Eso quisieran los demagogos y algún que otro cura
al acecho de motivos para meterse con los ricos. Te daré unas planchas
de uralita y los palos necesarios para que formes la techumbre. Será mi
regalo de bodas. -Gracias, don Ramón. Es usted un barbián, ya lo sabía.
Pero
Manuela dijo no, que la uralita no, que da mucho calor en verano.
Antonio resolvió el primer obstáculo que le ponía su novia haciendo lo
que le pareció mejor sin contar con ella. Recogió la uralita y, con
permiso de don Ramón, la vendió y aprovechó los palos para una buena
techumbre de junco que era lo que los dos habían pensado. Total, la
choza.
(pp. 40-42).
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Un coche de lujo se detuvo ante el puesto de melones de Manuela. El conductor la miró a ella. Ni una mirada al montón. -¿Me quieres traer media docena?
Manuela puso seis melones en el esportón y los acercó al coche.
El hombre, sin dejar el asiento, los recibió uno a uno y luego le alargó un billete. -¿Ahí vives?
Manuela asintió con la cabeza mientras le daba la vuelta con el billete. -¿Y cómo siendo tan guapa vives en una choza? -¿Y cómo
siendo usted tan esaborío vive en un palacio? Tome usted su vuelta;
treinta y ocho pesetas y doce de los melones son cincuenta.
Era la
primera vez que Marcos González se oia llamar algo que no reflejase
admiración o agrado. No se resignó a que aquello pudiera ser verdad.
Forzó una sonrisa. -Oye, ¿esaborío por qué?
Manuela se limitó a alargar la mano con la vuelta. -No; quédate con eso. -Gracias.
Manuela no dudó en guardarse la generosa propina y comprendió que qué menos que dar una contestación. -Esaborío
es poco para una persona que viene despreciándola a una. ¿Usted qué sabe
si yo, en esa choza, vivo con mi marido más a gusto que usted en su
palacio? -No, guapa, yo sé que en una choza se podrá ser feliz un rato, pero no una semana. Y ahora dime, ¿por qué lo de esaborío? -Por no decirle a usted otra cosa. Esaborío no hace daño a nadie. Con Dios.
Echó
a andar hacia la choza con aire de no volverse a acordar de lo que
dejaba atrás. Marcos González estuvo viéndola ir, apostándose consigo
mismo a que la melonera volviera la cara para mirarlo desde lejos.
Perdió la apuesta. Manuela se fue derecha al pozo y se puso a sacar agua
en el cubo hasta llenar el pilón.
Marcos González pisó el
embrague: "mira que si vivo engañado creyéndome gracioso y soy
esaborío?" Arrancó el coche. "Bien mirado, los que me ríen las gracias
son gentes que dependen de mí". Admitió que se había hecho famoso por
sus barbaridades, con sus generosidades, con sus éxitos con las mujeres,
pero -esto costaba, costaba mucho reconocerlo- los
amigos de su igual no le reían las gracias ni le envidiaban su posición,
que le venía de herencia y le daban a entender que, con sus medios,
otros tendrán más éxito que él y le sacarían más partido a la vida.
Marcos
González tenía treinta y cinco años y era la primera vez que pensaba
así. Se lo debía a una pobre vendedora de melones al borde del camino.
(pp. 174-175)
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La
película Manuela (1976) fue dirigida por Gonzalo García Pelayo, con
guion de Pancho Bautista, con Charo López como Manuela, y financiada por
Manuel Pío Halcón a través de su productora Galgo Films. Este hombre,
hijo del escritor, encarnó algunos valores aristocráticos que denostaba
su padre, pero al menos derrochó parte de su herencia en esta película,
con una banda sonora preciosa (como no podía ser de otra manera, estando
al timón Gonzalo García Pelayo), con Lole y Manuel, Triana, Goma,
Hilario Camacho, Gualberto, Luis Torres Joselero y Granada. Dejo aquí
"Un cuento para mi niño", de Lole y Manuel:
¿Quién hablará?
¿Quién nos dirá la verdad?
Todos pretenden saber y decir lo que piensa usted,
con elegantes palabras y el gesto duro a la vez.
Y queremos elegir, sin que nadie diga mas,
el rumbo que lleva a la orilla de la libertad
NECESITO
Necesito saber si hay un cielo que cubre la tierra y el mar.
Necesito saber si un astro celeste nos juzgará.
Necesito un punto seguro, que mi alma y mi cuerpo se puedan apoyar.
Necesito un silencio, al que me comprenda que sepa escuchar.
Porque la vida se me va y del pasado no voy a vivir...
Y con mi tiempo yo quiero sentir.
Porque la vida se me va y del pasado no voy a vivir,
Y con mi tiempo yo quiero sentir.
Necesito agarrarme a la cola del viento para poder volar.
Necesito que el mañana descubra el misterio de una nueva canción
Necesito saber si hay un cielo que cubre la tierra y el mar.
Necesito saber si una corte celeste nos juzgará.
Necesito agarrarme a la cola del viento para poder volar.
Necesito que el mañana descubra el misterio de una nueva canción
Porque la vida se me va y del pasado no voy a vivir,
Y con mi tiempo yo quiero sentir.