Otra maravilla para escuchar... sobre todo para esos días de frío, lluvia y tormenta, y ya, si es posible, como pude escucharlos yo, al calor de la chimenea.
19 feb 2015
30 oct 2014
Estamos... Cintio Vitier
Estamos
Estás
haciendo
cosas:
música,
chirimbolos de repuesto,
libros,
hospitales,
pan,
días llenos de propósitos,
flotas,
vida,
con tan pocos materiales.
A veces
se diría
que no puedes llegar hasta mañana,
y de pronto
uno pregunta y sí,
hay cine,
apagones,
lámparas que resucitan,
calle mojada por la maravilla,
ojo del alba,
Juan
y cielo de regreso.
Hay cielo hacia delante.
Todo va saliendo más o menos
bien o mal o peor,
pero se llena el hueco,
se salta,
sigues,
estás haciendo
un esfuerzo conmovedor en tu pobreza,
pueblo mío,
y hasta horribles carnavales, y hasta
feas vidrieras, y hasta luna.
Repiten los programas,
no hay perfumes
(adoro esa repetición, ese perfume):
no hay, no hay, pero resulta que
hay.
Estás, quiero decir,
estamos.
8 de octubre de 1967
De: Testimonios, 1968
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19 oct 2014
La última ilusión de Don Juan, de Emilia Pardo Bazán
La última ilusión de Don Juan
Cuento de amor de Emilia Pardo Bazán (1851-1921)
A fin de poner la verdad en su punto, os contaré la historia de cómo alimentó y sostuvo Don Juan su última ilusión..., y cómo vino a perderla.
Entre la numerosa parentela de Don Juan -que, dicho sea de paso, es hidalgo como el rey- se cuentan unas primitas provincianas muy celebradas de hermosas. La más joven, Estrella, se distinguía de sus hermanas por la dulzura del carácter, la exaltación de la virtud y el fervor de la religiosidad, por lo cual en su casa la llamaban la Beatita. Su rostro angelical no desmentía las cualidades del alma: parecíase a una Virgen de Murillo, de las que respiran honestidad y pureza (porque algunas, como la morena «de la servilleta», llamada Refitolera, sólo respiran juventud y vigor). Siempre que el humor vagabundo de Don Juan le impulsaba a darse una vuelta por la región donde vivían sus primas, iba a verlas, frecuentaba su trato y pasaba con Estrella pláticas interminables. Si me preguntáis qué imán atraía al perdido hacia la santa, y más aún a la santa hacia el perdido, os diré que era quizás el mismo contraste de sus temperamentos.... y después de esta explicación nos quedaremos tan enterados como antes.
Lo cierto es que mientras Don Juan galanteaba por sistema a todas las mujeres, con Estrella hablaba en serio, sin permitirse la más mínima insinuación atrevida; y que mientras Estrella rehuía el trato de todos los hombres, veníase a la mano de Don Juan como la mansa paloma, confiada, segura de no mancharse el plumaje blanco. Las conversaciones de los primos podía oírlas el mundo entero; después de horas de charla inofensiva, reposada y dulce, levantábanse tan dueños de sí mismos, tan tranquilos, tan venturosos, y Estrella volaba a la cocina o a la despensa a preparar con esmero algún plato de los que sabía que agradaban a Don Juan. Saboreaba éste, más que las golosinas, el mimo con que se las presentaban, y la frescura de su sangre y la anestesia de sus sentidos le hacían bien, como un refrigerante baño al que caminó largo tiempo por abrasados arenales.
Cuando Don Juan levantaba el vuelo, yéndose a las grandes ciudades en que la vida es fiebre y locura, Estrella le escribía difusas cartas, y él contestaba en pocos renglones, pero siempre. Al retirarse a su casa, al amanecer, tambaleándose, aturdido por la bacanal o vibrantes aún sus nervios de las violentas emociones de la profana cita; al encerrarse para mascar, entre risa irónica, la hiel de un desengaño -porque también Don Juan los cosecha-; al prepararse al lance de honor templando la voluntad para arrostrar impávido la muerte; al reír; al blasfemar, al derrochar su mocedad y su salud cual pródigo insensato de los mejores bienes que nos ofrece el Cielo, Don Juan reservaba y apartaba, como se aparta el dinero para una ofrenda a Nuestra Señora, diez minutos que dedicar a Estrella. En su ambición de cariño, aquella casta consagración de un ser tan delicado y noble representaba el sorbo de agua que se bebe en medio del combate y restituye al combatiente fuerzas para seguir lidiando. Traiciones, falsías, perfidias y vilezas de otras mujeres podían llevarse en paciencia, mientras en un rincón del mundo alentase el leal afecto de Estrella la Beatita. A cada carta ingenua y encantadora que recibía Don Juan, soñaba el mismo sueño; se veía caminando difícilmente por entre tinieblas muy densas, muy frías, casi palpables, que rasgaban por intervalos la luz sulfurosa del relámpago y el culebreo del rayo, pero allá lejos, muy lejos, donde ya el cielo se esclarecía un poco, divisaba Don Juan blanca figura velada, una mujer con los ojos bajos, sosteniendo en la diestra una lamparita encendida y protegiéndola con la izquierda. Aquella luz no se apagaba jamás.
En efecto, corrían años, Don Juan se precipitaba despeñado, por la pendiente de su delirio, y las cartas continuaban con regularidad inalterable, impregnadas de igual ternura latente y serena. Eran tan gratas a Don Juan estas cartas, que había determinado no volver a ver a su prima nunca, temeroso de encontrarla desmejorada y cambiada por el tiempo, y no tener luego ilusión bastante para sostener la correspondencia. A toda costa deseaba eternizar su ensueño, ver siempre a Estrella con rostro murillesco, de santita virgen de veinte años. Las epístolas de Don Juan, a la verdad, expresaban vivo deseo de hacer a su prima una visita, de renovar la charla sabrosa; pero como nadie le impedía a Don Juan realizar este propósito, hay que creer, pues no lo realizaba, que la gana no debía de apretarle mucho.
Eran pasados dos lustros, cuando un día recibió Don Juan, en vez del ancho pliego acostumbrado, escrito por las cuatro carillas y cruzado después, una esquelita sin cruzar, grave y reservada en su estilo, y en que hasta la letra carecía del abandono que imprime la efusión del espíritu guiando la mano y haciéndola acariciar, por decirlo así, el papel. ¡Oh mujer, oh agua corriente, oh llama fugaz, oh soplo de aire! Estrella pedía a don Juan que ni se sorprendiese ni se enojase, y le confesaba que iba a casarse muy pronto... Se había presentado un novio a pedir de boca, un caballero excelente, rico, honrado, a quien el padre de Estrella debía atenciones sin cuento; y los consejos y exhortaciones de «todos» habían decidido a la santita, que esperaba, con la ayuda de Dios, ser dichosa en su nuevo estado y ganar el cielo.
Quedó Don Juan absorto breves instantes; luego arrugó el papel y lo lanzó con desprecio a la encendida chimenea. ¡Pensar que si alguien le hubiese dicho dos horas antes que podía casarse Estrella, al tal le hubiese tratado de bellaco calumniador! ¡Y se lo participaba ella misma, sin rubor, como el que cuenta la cosa más natural y lícita del mundo!
Desde aquel día, Don Juan, el alegre libertino, ha perdido su última ilusión; su alma va peregrinando entre sombras, sin ver jamás el resplandorcito de la lámpara suave que una virgen protege con la mano; y el que aún tenía algo de hombre, es sólo fiera, con dientes para morder y garras para destrozar sin misericordia. Su profesión de fe es una carcajada cínica; su amor, un latigazo que quema y arranca la piel haciendo brotar la sangre.
Me diréis que la santita tenía derecho a buscar felicidades reales y goces siempre más puros que los que libaba sin tregua su desenfrenado ídolo. Y acaso diréis muy bien, según el vulgar sentido común y la enana razoncilla práctica. ¡Que esa enteca razón os aproveche! En el sentir de los poetas, menos malo es ser galeote del vicio que desertor del ideal. La santita pecó contra la poesía y contra los sueños divinos del amor irrealizable. Don Juan, creyendo en su abnegación eterna, era, de los dos, el verdadero soñador.
Más cuentos y textos de Emilia Pardó Bazán en:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/pardo/epb.htm
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3 jul 2014
La Palabra, de León Felipe
No conocía este poema de León Felipe y me ha impresionado, ¡gracias, Javi, por leérmelo!
¡Basta ya! La palabra es un ladrillo. ¿Me oísteis? ...
¿Me ha oído usted, señor Arcipreste?
Un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre ... y la Torre tiene que ser alta ... alta ...alta ...
hasta que no pueda ser más alta.
Hasta que llegue a la última cornisa
de la última ventana
del último sol
y no pueda ser más alta.
Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo,
el último ladrillo ... la última palabra,
para tirárselo a Dios
con la fuerza de la blasfemia o la plegaria ...
y romperle la frente ... A ver si dentro de su cráneo
está la Luz ... o está la Nada.
| Fuente de la imagen: Trianarts - León Felipe: El llanto es nuestro |
La palabra
Pero ¿qué están hablando esos poetas ahí de la palabra?
Siempre en discusiones de modista:
que si es desceñida o apretada ...
que si la túnica o que si la casaca ...
Siempre en discusiones de modista:
que si es desceñida o apretada ...
que si la túnica o que si la casaca ...
¡Basta ya! La palabra es un ladrillo. ¿Me oísteis? ...
¿Me ha oído usted, señor Arcipreste?
Un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre ... y la Torre tiene que ser alta ... alta ...alta ...
hasta que no pueda ser más alta.
Hasta que llegue a la última cornisa
de la última ventana
del último sol
y no pueda ser más alta.
Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo,
el último ladrillo ... la última palabra,
para tirárselo a Dios
con la fuerza de la blasfemia o la plegaria ...
y romperle la frente ... A ver si dentro de su cráneo
está la Luz ... o está la Nada.
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23 abr 2014
Arthur Rimbaud y las Cartas Abisinias #DiadelLibro
Por esas circunstancias imprevisibles de la vida, ha llegado a mis manos un libro que me gustaría compartir aquí el Día del Libro:
Tal y como reza en la solapa de esta edición, Arthur Rimbaud nace en Charleville, Francia, en 1854. Hijo de un militar y segundo de cinco hermanos, muy pronto sufrió el abandono del hogar por parte de su padre, dejando a los hijos al cargo de una madre autoritaria. De temprana vocación literaria, escribe a Verlaine, ya consagrado poeta simbolista, que lo invita a reunirse con él en París. Su relación acabaría con la famosa trifulca del verano del 73.
Regresó a Charleville, donde escribió Una temporada en el infierno y, en 1874 viajó a Londres, donde finalizó sus Iluminaciones. En 1880 llega a Yemen y permanecerá a ambas márgenes del golfo de Arabia hasta su regreso a Marsella, en 1891 con una pierna gangrenada, cuya amputación no lograría evitarle la muerte. (Fuente: Ediciones del viento).
Aquí podéis leer (pdf) una pequeña muestra de esta edición, que incluye el magnífico prólogo de Lolo Rico y la primera carta. Esta obra contiene numerosas referencias a pedidos de libros y diccionarios, pero para este Día del Libro prefiero compartir aquí un poema de este escritor precoz, rebelde, provocador y al mismo tiempo, enigmático.
El barco ebrio
Según iba bajando por Ríos impasibles,
me sentí abandonado por los hombres que sirgan:
Pieles Rojas gritones les habían flechado,
tras clavarlos desnudos a postes de colores.
Iba, sin preocuparme de carga y de equipaje,
con mi trigo de Flandes y mi algodón inglés.
Cuando al morir mis guías, se acabó el alboroto:
los Ríos me han llevado, libre, adonde quería.
En el vaivén ruidoso de la marea airada,
el invierno pasado, sordo, como los niños,
corrí. Y las Penínsulas, al largar sus amarras,
no conocieron nunca zafarrancho mayor.
La galerna bendijo mi despertar marino,
más ligero que un corcho por las olas bailé
––olas que, eternas, rolan los cuerpos de sus víctimas––
¬diez noches, olvidando el faro y su ojo estúpido.
Agua verde más dulce que las manzanas ácidas
en la boca de un niño mi casco ha penetrado,
y rodales azules de vino y vomitonas
me lavó, trastocando el ancla y el timón.
Desde entonces me baño inmerso en el Poema
del Mar, infusión de astros y vía lactescente,
sorbiendo el cielo verde, por donde flota a veces,
pecio arrobado y pálido, un muerto pensativo.
Y donde, de repente, al teñir los azules,
ritmos, delirios lentos, bajo el fulgor del día,
más fuertes que el alcohol, más amplios que las liras,
fermentan los rubores amargos del amor.
Sé de cielos que estallan en rayos, sé de trombas,
resacas y corrientes; sé de noches... del Alba
exaltada como una bandada de palomas.
¡Y, a veces, yo sí he visto lo que alguien creyó ver!
He visto el sol poniente, tinto de horrores místicos,
alumbrando con lentos cuajarones violetas,
que recuerdan a actores de dramas muy antiguos,
las olas, que a lo lejos, despliegan sus latidos.
Soñé la noche verde de nieves deslumbradas,
beso que asciende, lento, a los ojos del mar,
el circular de savias inauditas, y azul
y glauco, el despertar de fósforos canoros.
Seguí durante meses, semejante al rebaño
histérico, la ola que asalta el farallón,
sin pensar que la luz del pie de las Marías
pueda embridar el morro de asmáticos Océanos.
¡He chocado, creedme, con Floridas de fábula,
donde ojos de pantera con piel de hombre desposan
las flores! ¡Y arcos iris, tendidos como riendas
para glaucos rebaños, bajo el confín marino!
¡He visto fermentar marjales imponentes,
nasas donde se pudre, en juncos, Leviatán!
¡Derrubios de las olas, en medio de bonanzas,
horizontes que se hunden, como las cataratas.
¡Hielos, soles de plata, aguas de nácar, cielos
de brasa! Hórridos pecios engolfados en simas,
donde enormes serpientes comidas por las chinches
caen, desde los árboles corvos de negro aroma!
Quisiera haber mostrado a los niños doradas
de agua azul, esos peces de oro, peces que cantan.
––Espumas como flores mecieron mis derivas
y vientos inefables me alaron , al pasar.
A veces, mártir laso de polos y de zonas,
el mar, cuyo sollozo suavizaba el vaivén,
me ofrecía sus flores de umbría, gualdas bocas,
y yacía, de hinojos, igual que una mujer.
Isla que balancea en sus orillas gritos
y cagadas de pájaros chillones de ojos rubios
bogaba, mientras por mis frágiles amarras
bajaban, regolfando, ahogados a dormir.
Y yo, barco perdido bajo cabellos de abras,
lanzado por la tromba en el éter sin pájaros,
yo, a quien los guardacostas o las naves del Hansa
no le hubieran salvado el casco ebrio de agua,
libre, humeante, herido por brumas violetas,
yo, que horadaba el cielo rojizo, como un muro
del que brotan ––jalea exquisita que gusta
al gran poeta–– líquenes de sol, mocos de azur,
que corría estampado de lúnulas eléctricas,
tabla loca escoltada por hipocampos negros,
cuando julio derrumba en ardientes embudos,
a grandes latigazos, cielos ultramarinos,
que temblaba, al oír, gimiendo en lejanía,
bramar los Behemots y, los densos Malstrones,
eterno tejedor de quietudes azules,
yo, añoraba la Europa de las viejas murallas
¡He visto archipiélagos siderales, con islas
cuyo cielo en delirio se abre para el que boga:
––i.Son las noches sin fondo, donde exiliado duermes,
millón de aves de oro, ¡oh futuro Vigor!? .
¡En fin, mucho he llorado! El Alba es lastimosa.
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
áspero, el amor me hinchó de calmas ebrias.
¡Que mi quilla reviente! ¡Que me pierda en el mar!
Si deseo alguna agua de Europa, está en la charca
negra y fría, en la que en tardes perfumadas,
un niño, acurrucado en sus tristezas, suelta
un barco leve cual mariposa de mayo.
Ya no puedo, ¡oleada!, inmerso en tus molicies,
usurparle su estela al barco algodonero,
ni traspasar la gloria de banderas y flámulas
ni nadar, ante el ojo horrible del pontón.
[Poema tomado de la web http://www.ciudadseva.com/. Más poemas de Rimbaud en http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/fran/rimbaud/ar.htm]
![]() |
| Arthur Rimbaud. Cartas Abisinias. Edición de Lolo Rico (Ediciones del Viento, 2010) |
![]() |
| Fuente: Las Historias de los Libros y el Cine |
Regresó a Charleville, donde escribió Una temporada en el infierno y, en 1874 viajó a Londres, donde finalizó sus Iluminaciones. En 1880 llega a Yemen y permanecerá a ambas márgenes del golfo de Arabia hasta su regreso a Marsella, en 1891 con una pierna gangrenada, cuya amputación no lograría evitarle la muerte. (Fuente: Ediciones del viento).
Aquí podéis leer (pdf) una pequeña muestra de esta edición, que incluye el magnífico prólogo de Lolo Rico y la primera carta. Esta obra contiene numerosas referencias a pedidos de libros y diccionarios, pero para este Día del Libro prefiero compartir aquí un poema de este escritor precoz, rebelde, provocador y al mismo tiempo, enigmático.
El barco ebrio
Según iba bajando por Ríos impasibles,
me sentí abandonado por los hombres que sirgan:
Pieles Rojas gritones les habían flechado,
tras clavarlos desnudos a postes de colores.
Iba, sin preocuparme de carga y de equipaje,
con mi trigo de Flandes y mi algodón inglés.
Cuando al morir mis guías, se acabó el alboroto:
los Ríos me han llevado, libre, adonde quería.
En el vaivén ruidoso de la marea airada,
el invierno pasado, sordo, como los niños,
corrí. Y las Penínsulas, al largar sus amarras,
no conocieron nunca zafarrancho mayor.
La galerna bendijo mi despertar marino,
más ligero que un corcho por las olas bailé
––olas que, eternas, rolan los cuerpos de sus víctimas––
¬diez noches, olvidando el faro y su ojo estúpido.
Agua verde más dulce que las manzanas ácidas
en la boca de un niño mi casco ha penetrado,
y rodales azules de vino y vomitonas
me lavó, trastocando el ancla y el timón.
Desde entonces me baño inmerso en el Poema
del Mar, infusión de astros y vía lactescente,
sorbiendo el cielo verde, por donde flota a veces,
pecio arrobado y pálido, un muerto pensativo.
Y donde, de repente, al teñir los azules,
ritmos, delirios lentos, bajo el fulgor del día,
más fuertes que el alcohol, más amplios que las liras,
fermentan los rubores amargos del amor.
Sé de cielos que estallan en rayos, sé de trombas,
resacas y corrientes; sé de noches... del Alba
exaltada como una bandada de palomas.
¡Y, a veces, yo sí he visto lo que alguien creyó ver!
He visto el sol poniente, tinto de horrores místicos,
alumbrando con lentos cuajarones violetas,
que recuerdan a actores de dramas muy antiguos,
las olas, que a lo lejos, despliegan sus latidos.
Soñé la noche verde de nieves deslumbradas,
beso que asciende, lento, a los ojos del mar,
el circular de savias inauditas, y azul
y glauco, el despertar de fósforos canoros.
Seguí durante meses, semejante al rebaño
histérico, la ola que asalta el farallón,
sin pensar que la luz del pie de las Marías
pueda embridar el morro de asmáticos Océanos.
¡He chocado, creedme, con Floridas de fábula,
donde ojos de pantera con piel de hombre desposan
las flores! ¡Y arcos iris, tendidos como riendas
para glaucos rebaños, bajo el confín marino!
¡He visto fermentar marjales imponentes,
nasas donde se pudre, en juncos, Leviatán!
¡Derrubios de las olas, en medio de bonanzas,
horizontes que se hunden, como las cataratas.
¡Hielos, soles de plata, aguas de nácar, cielos
de brasa! Hórridos pecios engolfados en simas,
donde enormes serpientes comidas por las chinches
caen, desde los árboles corvos de negro aroma!
Quisiera haber mostrado a los niños doradas
de agua azul, esos peces de oro, peces que cantan.
––Espumas como flores mecieron mis derivas
y vientos inefables me alaron , al pasar.
A veces, mártir laso de polos y de zonas,
el mar, cuyo sollozo suavizaba el vaivén,
me ofrecía sus flores de umbría, gualdas bocas,
y yacía, de hinojos, igual que una mujer.
Isla que balancea en sus orillas gritos
y cagadas de pájaros chillones de ojos rubios
bogaba, mientras por mis frágiles amarras
bajaban, regolfando, ahogados a dormir.
Y yo, barco perdido bajo cabellos de abras,
lanzado por la tromba en el éter sin pájaros,
yo, a quien los guardacostas o las naves del Hansa
no le hubieran salvado el casco ebrio de agua,
libre, humeante, herido por brumas violetas,
yo, que horadaba el cielo rojizo, como un muro
del que brotan ––jalea exquisita que gusta
al gran poeta–– líquenes de sol, mocos de azur,
que corría estampado de lúnulas eléctricas,
tabla loca escoltada por hipocampos negros,
cuando julio derrumba en ardientes embudos,
a grandes latigazos, cielos ultramarinos,
que temblaba, al oír, gimiendo en lejanía,
bramar los Behemots y, los densos Malstrones,
eterno tejedor de quietudes azules,
yo, añoraba la Europa de las viejas murallas
¡He visto archipiélagos siderales, con islas
cuyo cielo en delirio se abre para el que boga:
––i.Son las noches sin fondo, donde exiliado duermes,
millón de aves de oro, ¡oh futuro Vigor!? .
¡En fin, mucho he llorado! El Alba es lastimosa.
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
áspero, el amor me hinchó de calmas ebrias.
¡Que mi quilla reviente! ¡Que me pierda en el mar!
Si deseo alguna agua de Europa, está en la charca
negra y fría, en la que en tardes perfumadas,
un niño, acurrucado en sus tristezas, suelta
un barco leve cual mariposa de mayo.
Ya no puedo, ¡oleada!, inmerso en tus molicies,
usurparle su estela al barco algodonero,
ni traspasar la gloria de banderas y flámulas
ni nadar, ante el ojo horrible del pontón.
[Poema tomado de la web http://www.ciudadseva.com/. Más poemas de Rimbaud en http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/fran/rimbaud/ar.htm]
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18 abr 2014
Audiolibro completo: Cien Años de Soledad
No se puede decir mucho que no se haya dicho ya estos días por motivo del fallecimiento del gran escritor Gabriel García Márquez...
Os dejo este audiolibro completo de una de sus obras más conocidas y queridas: Cien Años de Soledad.
Gracias a Carmen del Río Sánchez @ClaresParaules y a la Asociación Española de Comprensión Lectora @ComprensLectora por compartir este vídeo en Twitter.
Os dejo este audiolibro completo de una de sus obras más conocidas y queridas: Cien Años de Soledad.
Gracias a Carmen del Río Sánchez @ClaresParaules y a la Asociación Española de Comprensión Lectora @ComprensLectora por compartir este vídeo en Twitter.
14 mar 2014
El negocio es el negocio...
En
aquel pueblo, no era cierto ese dicho que, secularmente, ha corrido
de boca en boca y que reza algo así como: “Las fuerzas vivas de la
localidad son el alcalde, el cura y el secretario”.
Blas,
el
primer munícipe, bastante tenía con soportar en su casa a
Teodosia, su mujer, a su cuñada, Erundina, y a Clitemnestra, su
suegra.
Juanín,
el secretario, era eso : Juanín. El diminutivo lo decía todo.
Don
Marcelo, el cura, era quien cortaba el bacalao en la parroquia y
fuera de ella. Corpulento, autoritario, con dura mirada y voz
tronante tenía acojonaditos a los moradores del pueblo. Aquellos
pobres ya no temían al infierno y el purgatorio les hubiese
parecido Cancún o la isla Margarita; tal era la feroz disciplina que
imponía a sus feligreses y a algún que otro osado que no se tenía
por tal. Su arma era el confesionario. Primero, atacaba
insistentemente desde el púlpito, y con la amenaza de la ira divina
—y con la suya, que no era moco de pavo— había logrado que un
altísimo porcentaje de habitantes se confesase regularmente.
Sobre todo, las mujeres. Allí, entre las tablas, se encontraba
en su elemento y acoquinaba, sonsacaba, estrujaba y leía las mentes
simples de los campesinos. Su dominio era total entre la feligresía,
pero últimamente se encontraba algo desasosegado por el cariz de
algunas deposiciones.(Con perdón).
Primero
fue Fortunata, la hija del herrero, la que entre sonrojos, balbuceos
y pudorosas bajadas de párpados, le confesó su desliz con
Feliciano. Bueno, aquello era más que un desliz.
—¡Desgraciada!
¿Cómo has podido manchar tu honra con tan nefasto hecho? Y además
dices que caíste con complacencia y agrado y que durante el acto no
sentías el regusto amargo del pecado. ¡Que fuiste feliz!
Bueno,
la bronca que montó el justiciero don Marcelo posiblemente se oyó
en un amplio espacio de la tierra, pero con seguridad sus voces
atronaron por todo el cielo. Por supuesto que la penitencia estuvo
acorde con la indignación del párroco.
Dos
días más tarde, fue doña Silvana, la esposa de don Justo, el
de la posada, la que señaló a Feliciano como el autor de un
atentado contra su pudor. Lo de “atentado” quiso ser un
eufemismo, al principio, pero al final del hábil interrogatorio, don
Marcelo ya sabía de la cuestión casi tanto como doña Silvana,
quien no tuvo más remedio que confesar —nunca mejor dicho—, su
pleno goce en el lance.
La
indignación del cura llegó a cotas elevadísimas y la penitente se
retiró del confesionario con un castigo que, quizá en una próxima
ocasión, le haría pensárselo dos veces antes de darle al fornicio
extraconyugal.
Al
siguiente día, doña Doloritas, recién casada con Fabián, el
mayor hacendado del pueblo, acudió con su cuita al cajón
absolutorio. Logró la absolución, sí, pero la humillación y la
vergüenza que pasó con la zapatiesta parroquial le hizo
reconsiderar los pros y los contras del adulterio. Bueno... el
arrepentimiento por el pecado en sí, también, pero la trifulca...
¡Qué bestia de hombre! ¡Qué contraste con la dulzura de
Feliciano!
"Esto no puede seguir así. No sé quién es ese recién
llegado de Feliciano, pero a este paso, va a encabronar a todos los
maridos y acabar con las vírgenes del pueblo”. Y se puso a
meditar el cura, cómo dar un escarmiento a sus feligresas pecadoras.
"!Ya está!, en adelante, las mujeres que tengan alguna
relación con ese desconocido, además de cumplir una fuerte
penitencia, van a tener que dejar un generosísimo óbolo en el
cepillo. Así mato dos pájaros de un tiro. Doy un tiento a la bolsa
de esas descarriadas —seguro que es lo que más va a dolerles— y
al tiempo, arreglo la iglesia, que buena falta le hace".
Las jugosas y frecuentes penitencias pecuniarias, que empezó a
aplicar, hicieron disminuir el enfado de don Marcelo y aumentar
el contenido de su, hasta entonces, exigua hucha. Hasta le compró
unas enaguas nuevas a Tomasa, su joven ama, a la que meses atrás le
había roto esa prenda en un arrebatado impulso.
Con tiempo, el pueblo se fue enterando de los castigos monetarios y
Cosme, empleado de la Caja de Ahorros, filtró a algunos allegados
el fuerte incremento de la cuenta corriente de la parroquia.
Una
tarde, se encontraba don Marcelo en su negocio —perdón,
confesionario—, cuando se acercó un hombre al que no conocía.
—¿Vienes a confesarte, hijo ? No te conozco. Tú no eres de por
aquí, ¿verdad?
—¿Cómo dice? ¿A confesarme? No, no; yo vengo a ver si llegamos
a un entendimiento; a un acuerdo equitativo.
―No
te entiendo, joven; ¿a qué acuerdo hemos de llegar? Ten en cuenta
que éste es un lugar sagrado y al confesionario se viene a
manifestar los pecados y a arrepentirse de haberlos cometido.
―Mire
cura, me llamo Feliciano. Estoy enterado del negocio que ha montado a
mi costa y aunque solo yo soy la causa del mismo, vengo a proponerle
que compartamos los beneficios. Yo podría seguir haciendo pecar a
las feligresas; éstas apoquinarían sus dineros para la absolución
y a fin de mes, podríamos repartirnos las ganancias al tiempo que
hacemos el bien. Usted absuelve sus almas y se alegra con ello y yo
hago gozar a sus cuerpos con mi goce. No creo que le interese
regatear, porque existen muchos párrocos que aceptarían,
encantados, mi propuesta; ¿estamos?
Al
parecer, hubo acuerdo.
Agustín
Mañero
9/8/99
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