15 mar. 2010

Elegante y crítico: Mariano José de Larra

Nacido el 24 de marzo de 1809, en el Madrid ocupado por los franceses, vivió su infancia en Francia debido a que su padre, médico prestigioso de las tropas francesas, tuvo que huir con la retirada del ejército, en 1813. Regresó en 1818, con 9 años, tras estudiar en Burdeos y París.

Su vida amorosa afectó mucho a su vida y obra. Durante el curso de 1824-1825, cuando estudiaba en la Universidad de Valladolid, no se presentó a los exámenes de junio, pero después del verano, en octubre aprobó todas las asignaturas. El no presentarse en junio quizás se deba a que descubrió que una mujer mucho mayor que él de la que estaba enamorado era la amante de su propio padre.

Se casa en agosto de 1829 contra la voluntad de sus padres con Pepita Wetoret y pronto empiezan las desavenencias de un matrimonio del que nacieron un hijo, en 1830, y dos hijas, en 1832 y 1834. Hacia 1830, conoce a Dolores Armijo, casada con un hijo del famoso abogado Manuel María Cambronero. El amor por Dolores ya se trasluce en algunos versos íntimos que escribe por entonces y que no publica. La crisis se manifiesta en el verano de 1834 con los escándalos con Dolores que se va de Madrid y la separación de su mujer embarazada que dará a luz una niña después de la ruptura.

Tras viajar tanto en España como fuera de España (Lisboa, Londres, París), regresó a Madrid. El 13 de febrero de 1837, Dolores le anuncia a Mariano José que irá a visitarlo a su casa acompañada de una amiga. Parece que Larra ve la posibilidad de reanudar las relaciones. Era lunes de Carnaval, ya anochecido, recibe a Dolores que viene acompañada de su cuñada. Ha venido a rechazar cualquier posibilidad de arreglo. Cuando salen las dos mujeres de la casa y todavía no van lejos, Larra se pega un tiro.

Su vida privada lo lleva por amores desgraciados y sufrimiento sin esperanzas; sin embargo, su mayor aportación literaria está relacionada con su crítica social y política, en la que también se mostró apasionado, melancólico y mordaz. Por educación y temperamento, Larra fue un hombre de refinada elegancia aunque sus juicios eran duros y firmes.

Larra fue, ante todo, el mejor periodista de su tiempo. Lo más interesante de su producción lo constituyen sus artículos, publicados en su mayoría entre 1832 y 1837, bajo diversos pseudónimos. Hay que tener en cuenta que algunos de sus contertulios del "Parnasillo" terminan en la cárcel, como Olózaga e Iznardi, o en el patíbulo, como el librero Millar. Sus artículos reflejan el color y el ambiente de la época y lo que más lo caracteriza es el análisis doloroso e implacable de la realidad española del momento. Las costumbres le parecían groseras ("El castellano viejo"); los funcionarios, perezosos ("Vuelva usted mañana"); las casas, inhabitables ("Las casas nuevas"); las diversiones, bárbaras ("Los toros")...

El valor fundamental de la obra de Larra estriba en el contenido, más que en la forma. No es un creador de belleza, pero sabe percibir con agudo espíritu crítico los más diversos matices de la realidad nacional del momento.


Algunos fragmentos de la obra de Larra:
"La vida de Madrid es un amasijo de contradicciones, de llanto, de enfermedades, de errores, de culpas y de arrepentimientos"

"Si bien los toros han perdido su primitiva nobleza; si bien antes eran una prueba del valor español, y ahora sólo son de la barbarie y ferocidad, también han enriquecido considerablemente estas fiestas una porción de medios que han añadido para hacer sufrir más al animal y a los espectadores racionales: el uso de perros que no tienen más crimen para morir que el de ser más débiles que el toro y que su bárbaro dueño; el de los caballos, que no tienen más culpa que el ser fieles hasta expirar, guardando al jinete aunque lleven las entrañas entre las herraduras; el uso de banderillas sencillas y de fuego y aun la saludable costumbre de arrojar el bien intencionado pueblo a la arena los desechos de sus meriendas, acaban de hacer de los toros la diversión más inocente y más amena que puede haber tenido jamás pueblo alguno civilizado..."

"Libertad en literatura, como en las artes, como en la industria, como en el comercio, como en la conciencia. He aquí la divisa de nuestra época, he aquí la nuestra, he aquí la medida con que mediremos".
"Libertad en política, sí, libertad en literatura, libertad en todas partes... libertad para recorrer ese camino que no conduce a ninguna parte...".

"Sin ir más lejos, yo tengo un sobrino cuyo padre dio también en la flor de las reformas y de las ideas nuevas. Le puso al muchacho tanto divino ayo, y maestro, y pedagogo, que no tenía un momento en el día para rebullirse. Y ¿qué sucedió? ¿Qué había de suceder? Se quedó el muchacho pálido, seco como un esparto... Daba lástima verlo.¡Y dale, que había de estudiar, y que había de...! Pues estudio fue, que... En fin, dos meses hace no más que murió.
-¿Qué dice usted?¡Angelito! ¿Y murió de estudiar?
-No, señor; murió de un cólico; pero voy a lo que es..."

Fuentes:
http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/larra/autor.shtml
http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/lrr/08144065399170073132268/p0000001.htm#I_1_

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