31 dic. 2017

Algunos apuntes sobre Manuel Halcón (Sevilla, 1900-Madrid, 1989)

Fuente: Proyecto Historia de Lebrija. Academia Ágora de Lebrija
Una de esas cosas bonitas de la vida es cuando se tiene tiempo para enredarse, ir tirando del hilillo, encontrar nuevos nudos, nuevos hilos... eso es lo que me ha pasado con la novela Manuela, que me ha dado para indagar, perderme, tener unas buenas charlas con Javi y saber más sobre Manuel Halcón.

Me daba bastante reparo escribir sobre una novela escrita por un procurador en las Cortes franquistas (además de ostentar un título nobiliario), pero la novela no parecía escrita por una persona franquista, así que quise saber algo más sobre alguien que deja caer a la protagonista de la novela que se plantee el pensamiento anarquista...

Por lo que parece, Manuel Halcón era monárquico, y de hecho, fue uno de los diecisiete procuradores que junto con otras diez personalidades firman el Manifiesto de los Veintisiete, cuando se planteaban que las Cortes deberían tener autonomía con respecto al Régimen (lo que le costó el puesto aunque le pudo haber costado algo más).

Durante la Guerra Civil, fue redactor del diario falangista F.E de Sevilla y la revista Vértice, revista que empezó a publicarse en Donostia-San Sebastián y de la que fue director un tiempo. Precisamente obtuvo el Premio Unidad convocado en San Sebastián, con un jurado presidido, entre otros, por el director del Diario Vasco Ramón Sierra, por su crónica de la batalla de Alberche (en Talavera).

¿Cómo sería esa crónica, titulada “El amigo enemigo”, escrita en marzo de 1937? No pude leerla sin que me saltaran las lágrimas.

EL AMIGO ENEMIGO

(Fuente: http://www.jesusfelipe.es/manuel_halc%C3%B3n.htm)

Estuve paseando un rato por entre los muertos. Aún no olían. Los cuervos no tenían noticias todavía de aquel festín. Primero desde una loma había intentado contar el número. Se hablaba de cuatrocientos. No era posible contar así entre los olivos, y empleé una medida agronómica: unas dieciséis aranzadas de olivar sembradas de cadáveres. Esto quedaba de la "Batalla del Alberche".

El campo de los muertos era lo más tranquilo de la guardia. La noche avanzaba del lado enemigo para cubrir la derrota. Pero aún quedaba luz para conocerle "su muerte" a cada uno de los muertos: aquél murió disparando; aquél, huyendo; aquel otro, aturdido; éste, indeciso; el de allí, entre rezos, y otro, entre súplicas...Y aquél se subió a un olivo y quedó atravesado en la cruz del  árbol con los brazos extendidos, apuntando a la tierra con los diez dedos separados. ¿Cómo habría muerto?



La guerra endurece. Tiré de la cremallera de su bolsillo repleto. Un pañuelo, un "block", un lápiz, la cartilla de militarizado y un carné de la F. A. 1,1 a nombre de Andrés X. X. Sí; era él, porque me encaramé un poco sobre el tronco para verle la cabeza descubierta. Eras tú, y yo sin conmoverme, sin encontrarme a mí mismo, en olvido absoluto de mi sensibilidad. De simple curioso, con el fusil en la mano izquierda, mientras con la derecha te registraba. Eras tú, Andrés, y yo te veía muerto, colgado de un árbol, abandonado, y no lloraba por ti como lloré en el colegio aquel día de nuestros diez años, cuando otro chiquillo te hizo una mosqueta, a ti que eras mi mejor amigo.

Hoy sobre mi mesa, al envolver tu documentación para enviársela a los tuyos, te ofrezco la cera alumbrada de mi sensibilidad. Hoy día 1 de octubre vuelven los niños al colegio. Hoy hace años que volvíamos al Puerto a empezar nuestro curso de Bachillerato. Fueron siete años de entrar y salir el mismo día. La campana que tocaba Paco Oliva, las "consignas" que llevaba Pepe Rojas, las declaraciones de Jesús Pabón, las travesuras de Juan Antonio Estrada. El hermano enfermero, el agua fría y tu sonrisa. Tu paciencia para soportar nuestras bromas, tu generosidad, tu bondad, en fin, porque eras el mejor.

Nadie como tú sufría un castigo para evitárselo a un compañero. Tu fervor religioso no era ficción para predisponer a los superiores. Tú nunca querías nada, sino usar de tu eterna sonrisa. Por sonreírte con bondad te castigaron más de una vez, y hasta el castigo lo recibías sonriendo y sonriendo lo cumplías.

Se hablaba de tu vocación. El padre espiritual te sacaba en los recreos y paseábais por la galería de la huerta. Desde allí se ve la bahía, con Cádiz al fondo, preciosa maqueta, uno de los paisajes más bellos del mundo. Las ranas caían en el agua como pedradas al pasar y repasar junto al estanque. Los canarios de aquella canariera no cantaban nunca, pero realizaban vuelos vistosos dentro de su quiosco. Algunos padres leían sus horas entre los nísperos y naranjos. Una mula alazana sacaba agua, y la tranquílla de la noria era instrumento musical en aquellos pacíficos atardeceres en que le dabas cuenta al padre Abréu de las inquietudes de tu espíritu.

Nosotros te veíamos desde el patio de juego. Una tarde cayó el balón fuera y fui a recogerlo. Al acercarme, oí que decías al padre:


-Pero si no puedo evitar la sonrisa; es como el pestañeo. Yo no comprendo por qué han de castigarme por sonreír si todas las noches me sonríe a mí la Virgen en la capilla.

El padre Abréu tuvo que interceder para que el hermano inspector no tomase tu sonrisa como una falta de respeto. Tu sonrisa fue, al fin, aceptada por todos, y hasta en el silencio del estudio y la seriedad de la clase era tu sonrisa palmatoria cordial, germen de ternura.

¿Y cómo has muerto, Andrés? Ya la noche estaba encima y hube de alumbrar luz para verte la cara buscándote la sonrisa. De tus facciones, que no veía desde entonces, apenas quedaba para reconocerte. ¡Y tu gesto era tan distinto!

He oído tu caso. Conozco tu historia de amores desgraciados. Oí hablar de tus días malos, de tu pobreza y, al fin, de tu reacción. Como a otros, porque tenías talento, te buscó el enemigo y te fuiste con él. Estoy seguro que antes de decidirte miraste en torno y no encontraste ayuda entre los tuyos, entre los nuestros. Fuiste anarquista por abandono de tu clase, por desesperación.

Ahora tus ojos miran al cielo. Tú conocías a Dios, Andrés. En el mismo sitio aprendimos de su infinita misericordia. Por eso no sufro por el destino de tu alma. Mi gran curiosidad al verte muerto era por tu sonrisa. Quería saber si habías muerto con ella, si te había durado hasta el final. Y no lo conseguí. Gasté una caja de cerillas, te enjugué la sangre de la boca y hube de renunciar, dejándote el pañuelo sobre la cara ...

*****

Manuel Halcón no fue un buen estudiante. En el internado de Puerto de Santa María no llegó a obtener el grado de bachiller; solo aprobó, y por poco, 13 de las 23 asignaturas en las que se había matriculado, y no se presentó a las restantes. "Tan indisciplinado y desaplicado era que nada esperaban de mí mis profesores y compañeros. Era, además, un niño enclenque", como explicó el propio Halcón en 1961 (Fuente: Gente del Puerto). Las vivencias de su escuela fueron evocadas en su crónica premiada.

No le gustaba el lujo burgués, pero tampoco el aristocrático. No conozco su obra como para contar aquí más allá de lo que ya he escrito sobre "Manuela", que después me llevó a leer "Monólogo de una mujer fría", Premio Nacional de Literatura (1960) y que no me gustó tanto como "Manuela" porque Anita supone una crítica a la alta burguesía, mientras que Manuela habla de la libertad y la dignidad de una mujer pobre. Como escribió primero el monólogo de Anita Peñalver y 10 años más tarde vino Manuela, me da por pensar que, tras la crítica de la burguesía y de la aristocracia, necesitó volver al campo andaluz para encontrarse.

Aquí puede leerse o descargarse el Monólogo de una mujer fría: https://www.scribd.com/doc/306537285/Halcon-Manuel-Monologo-de-Una-Mujer-Fria


Algunos extractos del Discurso de Ingreso de Manuel Halcón en la Real Academia Española


En 1962, tras su Premio Nacional de Literatura, fue elegido para ocupar la letra F de la RAE, y para su ingreso leyó el discurso bajo el título "Sobre el prestigio del campo andaluz". Esto también me llamó mucho la atención, así que busqué su discurso de ingreso que está íntegro en internet: www.rae.es/sites/default/files/Discurso_de_ingreso_Manuel_Halcon.pdf

De nuevo, pone sobre la mesa temas muy interesantes, tales como la libertad que trunca la propiedad privada, una crítica al "homo economicus", el daño de los herbicidas y la destrucción de la diversidad que suponen, la dureza de la vida en el campo y al mismo tiempo su belleza y seriedad... algo muy alejado del folklorismo y de la idealización que hace la gente de ciudad o quienes no han trabajado la tierra.

Dejo aquí algunos fragmentos que me han gustado y termino el post así. Que cada cual tome lo que considere.

*****

El tono en la voz
(...) A pesar de la euforia que el folklore derrama desde la ciudad el hombre de campo andaluz desconfía siempre de que sus medios expresivos puedan ser una cosa tan lograda como una espiga.

Tiempo invencible
(...) El hombre pudo sacar alimento de la tierra en plena libertad cuando el suelo no era ni propio ni ajeno. En un principio lo difícil era elegir, de tanto como había, pero tan inestable. Cuando el Valle del Nilo, anteriormente marisma, se convierte, por drenaje natural, en la faja de tierra más apetecible del planeta, atrae a los agricultores de la Mesopotamia. Pero hasta que florece en el Nilo la Agricultura los métodos empíricos del sentido común no dan paso a la especulación; podríamos decir, no dan su tiempo al pensamiento. Cuando el hombre puede pensar sin miedo al trueno, la Astronomía y la Geometría anuncian al mundo que la Ciencia ha nacido. Y queda muy atrás en el tiempo el nacimiento de la Agricultura.

La tierra nunca fue para el campesino materia limitada. Más aún: el fundamento de la Edafología, al igual que los de la Ecología vegetal, le sonarán a cosas insinuadas por los padres o sentidas en su cuerpo un día cualquiera, mientras echaba un cigarro sentado en un padrón. Frase corriente es: "Yo le tengo oído al difunto de mi padre que en los años lluvios... Mi abuelo, que labraba una suerte de tierra que tiraba a mala y sin embargo rendía..." O bien, refiriéndose al agua y al viento: "Lo de arriba es lo que manda en la sementera, un año; pero en el suelo, que es lo que queda, manda lo que está escondido...".
Este hombre, sin que nadie se lo haya explicado, ve el suelo como complejo dinámico (...) El campesino no pena porque le resulten incomprensibles los fenómenos. Al contrario, goza de tener entre sus manos una materia inescrutable. Algo que no acaba de dominar nadie. Cuando deja la semilla en el surco será algo más que la paciencia lo que, durante interminables meses, ejercite. Será la esperanza.

La tierra es fuente de vida y marco de vida. La independencia del labrador vive de su dependencia a la tierra y ambas viven del hecho de que nadie haya podido alterar el ritmo de las estaciones ni el ciclo de gestación de los seres. El tiempo en el campo no ha sido vencido.

(...)

El "homo economicus"
(...) La Industria se sirve de valores mecánicos o químicos. La actividad agrícola tiene por objeto a seres vivos. Esta es la explicación que damos a la diferencia de andadura entre la Agricultura y la Industria, por lo que el "homo economicus" (...) no consigue poner el campo al ritmo de sus talleres, aunque haga a sus hijos ingenieros agrónomos y les compre una finca para que practiquen (...) Reducen la explotación a finca de recreo y se repliegan a la industria, donde el sistema capitalista tiene su expansión. Los jóvenes agrónomos se cansan, por sus fracasos, al querer establecer una curva regular de cultivos; de adelantar cifras sobre una producción o un ensayo, cuando todo depende de los cambios atmosféricos y de las incertidumbres de la Biología. De encontrarse una y otra vez con que el riesgo de accidentes es más importante que la variación tendencial de los cultivos ensayados.

Los economistas casi nos insultan. Dicen que estamos más cerca del hombre de Pavlov que de Descartes, que nuestros procedimientos responden a impulsos sentimentales, a fuerzas afectivas, y que nuestra actividad económica es con frecuencia irracional.

(...) 

Los herbicidas
(...) Aquí sí tenemos que decir que la Agricultura ha dado un salto considerable debido a la Química. La aparición reciente de los herbicidas industrializados permite liberar al trigo, a la cebada, a la avena, al centeno, al alpiste, de las malas hierbas.

Con las variedades de trigo procedentes del Asia occidental penetraron en España las tenaces papilionáceas que trepan por el tallo del trigo sofocándolo y después, en la trilla, mezclan con él la simiente. Su muerte representa una tragedia en la estética campera. Las más dóciles en morir, las que pronto quiebran su tallo bajo el efecto letal del ingrediente, son: la roja amapola, la arvejana chicharrera de flor blanca, la arvejana morisca de flor pintada, la arvejana negra, la arvejana loca de flor blanca, la zulla de flor morada, la neguilla de flor lila, los tréboles, tanto el zancudo como el carretón, el pelusón de flor blanca y el de cuatro hojas que da la suerte. El zancudo de flor amarilla, el nerdo de flor amarilla, la adormiera de flor azul y el jaramago blanco.

Las que resisten al líquido, y que también sucumben si se arriesga el labrador a pulverizar con más concentración, son: el jaramago de cuello negro y flor amarilla, el jaramago verde, la malva de flor blanca pintada, la campanilla de flor blanca, la hierba del Señor que florece en azul, la hierba de agua de flor blanca, la hiel de la tierra de flor blanca, el jopo de zorra de flor amarilla, la baba de buey, las margaritas, las grandes como las chicas de esmalte. La melaza de flor blanca, el raspasallo, el abrepuño. La extensa familiar de las compuestas: el cardo de arrefife, comestible, el cardillo perruno de flor amarilla, la tagarnina de tan buen comer, el cardo borriquero, comestible los años de escasez (el año 1941 tuvo su última oportunidad hasta ahora), el cardo correa, el cardo lirio de flor lila, el cardo de la uva de flor amarilla, el cardo de la yesca de flor blanca, del que todavía en este siglo sacaba el campesino materia para encender el cigarro con la ayuda de la piedra y el eslabón; el cardo del cabrero de flor blanca, el cardo de la viña de flor amarilla, el cardo de la tova de flor blanca, la acelguilla comestible, el clavelito con el que se hacen los escobones recios, el poleo, cuya aroma transmina y en infusión calma los dolores, la hierbabuena loca, la ortiga, el conejito de flor morada, la biznaga de flor blanca.

Con gran prisa van desapareciendo de las tierras de labor. Quedarán adscritas a las dehesas de cuerpo, no en las de tierra ligera. Se agarrarán a las lindes y padrones y cunetas, pero hasta el tren emplea ya máquinas para regar herbicidas a diestro y siniestro de la via y la aviación se encarga de escaldar químicamente, en unas horas, un cortijo de mil hectáreas. Y las dulces hierbas dañinas para el trigo y la cebada mueren, restándole color a la campiña, sin tristeza en el corazón del labrador, que se ve libre así de la escalda con el escaldillo, de costo hoy día irresistible. Quedan en pie, riéndose por ahora de la Química, la avena loca, la ballueca, el ballico, la borrachuela, el cominillo, la cizaña, el alpiste vano, los juncos y los carrizos y la terrible grama, cáncer de la tierra.
Los progresos técnicos del campo no están, sin embargo, reñidos con la belleza del paisaje. Contra la vistosa amapola y la dócil arvejana está la maravilla de un trigal limpio y parejo, a la hora en que se mecen las espigas en brazos del aire calmoso, gracias a la máquina que dejó el terreno cernido y puso en él la semilla por igual.

(...)

Ocupación del suelo
(...) Cuando la tierra en la Antigüedad llega a ser inalienable nace la fuerza que hasta ahora sostiene la Agricultura. Cuando el sentido de la propiedad se impregna de sentido religioso la familia, en posesión permanente del suelo, entierra en él a sus muertos. "La propiedad colectiva de la familia -dice Challaye en su Historia de la propiedad- es sagrada, porque son bienes de los muertos, que continúan viviendo. Y la propiedad individual es sagrada en tanto que es extensión de la persona misma". El sentido de la propiedad del suelo, que ata al hombre a la tierra, no se traduce, en un principio, en forma individual. La ocupación de la tierra y su explotación la ejercieron primero los grupos, las familias, los clanes (...).

Describiendo un amplio arco que pase sobre el Derecho romano, desde la tribu hasta nuestros días, está claro que el derecho a la propiedad solo se salva por el trabajo o por la aportación. Por el trabajo, conocida es la apreciación de Thiers: "Este pan que yo he obtenido, este pez que yo he pescado después de tanto esfuerzo, ¿a quién pertenece? El mundo entero contestaría que son míos". Y Proudhon se atraviesa: "El trabajo justifica el derecho al producto y no al instrumento. La pesca me da derecho sobre el pescado, pero no sobre el mar". ¿Cuál de las dos concepciones cae más lejos del Derecho romano? El liberalismo echa el ancla en el interés social. "La sociedad tiene necesidad del trabajo del individuo. No lo obtendrá sin un estimulante. El mejor es la propiedad privada". El liberalismo incluye como trabajo la aportación de dinero obtenido por el propietario en otras actividades ajenas a la Agricultura.

(...)

El paisaje
(...) pero quien esté familiarizado con la atmósfera del campo libre donde permanece maravillado es ante el lienzo de Velázquez, San Antonio abad, y San Pablo, primer ermitaño. Es la luz de Las hilanderas en libertad. La consistencia del aire permitirá al cuervo que desciende en picado, trayéndole al Santo el pan de cada día, abrir las alas justo a medio metro del suelo y hacer de ellas paracaídas.

Fuente: Wikipedia
(...)

La seriedad
Es natural que el campesino, doblado el medio siglo, adquiera gravedad y filosofía aun aquellos que a los cuarenta años fueron inquietos y osados. Madurez calmosa y vejez sentenciosa. Y al cabo la filosofía del viejo se aferra a que, si al debilitarse sus fuerzas camina hacia la muerte, a su vez la muerte también se debilita con tener que salir a su encuentro. Y ambos son ya viejos para hacerse daño.

Todo el progreso que a la Agricultura le cabe consiste en hacer cada vez mejor lo que se empezó a hacer desde un principio. Inútil exigirle un ritmo semejante al de la Industria, porque no puede. La Industria pone en juego fuerzas que producen fuerzas más potentes cuanto lo es más el capital acumulado. Esto no quita que el amor a la vida del campo sin utilidad directa no tiene arraigo. El hombre al cabo se cansa de paisaje a palo seco, rehusaría la flor que no pudiera disfrutar nadie más que él y el caramillo, la flauta, la gaita o la copla, si no contase con oídos ajenos. No logra la Naturaleza romper el mínimo de comunicación vital en los humanos.

(...)

Algunas fuentes consultadas:

Entrada sobre Manuel Halcón en la wikipedia
Conversaciones con Manuel Halcón. Juan de Dios Ruiz Copete. Universidad de Sevilla. 1973.

El Novelista MANUEL HALCÓN. Biografía y Personalidad. José Vallecillo López. 2001 Universidad de Sevilla
Web Gente del Puerto, 25 de junio de 2012.
Sobre Manuel Halcón, por Juande Doblado. Proyecto Historia de Lebrija. Academia Ágora de Lebrija, 27 de diciembre de 2015.

Manuela, de Manuel Halcón

Manuela (1970) es una novela con vida propia. Esto empieza porque Javi, después de sacar la lista de reproducción de la banda sonora de la película, llega a una tienda de libros de segunda mano y ahí que aparece el libro, a su vista.

Como confiesa Manuel Halcón (Sevilla, 1900-Madrid, 1989) -a quien he dedicado el siguiente post- la novela la crea ella, Manuela, no tanto por lo que dice sino por lo que cuenta a través de lo que hace. La novela se le va de las manos y fluye ligera, sin heroicidades ni personajes antagónicos.

La primera impresión que me vino fue "este hombre sabe escribir", ¿qué es ese "saber escribir"? Y es que pone las palabras justas, dice lo que tiene que decir y ya. Y lo dice muy bien. No se enreda en descripciones de lucimiento del escritor, tampoco las necesita para que a su lectura una vea, se imagine. Son los hechos los que hacen surgir la imagen. No es paisaje ni personajes, sino la vida, la vida en el campo sevillano, una vida donde hay pobreza y dignidad, riqueza e indignidad.

Recuerda, en su forma de escribir la novela, a Pío Baroja, así que le decían que "estaba desfasada", que ese realismo "ya no se lleva", que no era moderno. Tal vez con un matiz en la forma de contar las cosas: si l@s vasc@s solemos ir con el verbo, l@s andaluces van con el sustantivo, y si l@s vasc@s vamos direct@s, l@s andaluces van "por derecho". Eso es lo que creo que diferencia la narrativa de Baroja de la de Halcón en esta novela, con esa forma tan sevillana de ir dejando las cosas bien claras pero sin dejarlas claras del todo, un "sí pero no", un "ya se verá".

La novela comienza con una denuncia de la impunidad de quien ostenta el Poder, no apelando a la Justicia (que bien sabemos que está siempre a favor de quien manda) sino a la dignidad humana. Que a su padre lo dispararon a matar, que no fue un forcejeo, que le dispararon de lejos directo a la cabeza, y que quien mandó matar a su padre no merecía descanso, ni en vida ni en su muerte. Así, el asesino murió por una enfermedad no reconocible, y en su entierro, Manuela, que entonces tenía 14 años, zapateó sobre su tumba. En la película de la novela, lo hace delante del féretro (con música de Triana), aunque en la novela baila ya sobre su lápida, ya enterrado.


A partir de ahí, va contando la vida de Manuela, una mujer bella, que vende melones en la carretera y que muchos hombres desean, y aunque algunos ricos pretenden comprarla, ella prefiere vivir en la pobreza sin deber nada a nadie.

Dejo aquí un par de escenas que me han gustado mucho y que no quitan a quien quiera leerse la novela el gusto de ir sabiendo lo que pasa. Por cierto, la novela se lee del tirón.


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El descontento de la madre se manifestó en la negativa a que el matrimonio viviese en su casa. "Que ellos se las arreglasen". Obstáculo que no les hizo desistir a los novios. Con lo que, en vista de que no pudo casar a su hija con un rico, la condenó a que fuese aún más pobre de lo que la correspondía ser, dejándolos en la calle.

Cuando don Ramón se acercó con el caballo a la cuadrilla que estaba castrando el maíz, uno de los trabajadores suspendió la faena y se acercó casi hasta rozar el estribo, como para hacerle una confidencia. A don Ramón, que llevaba fama de campechano, no le extrañaban estos abordajes.
-Don Ramón, le voya pedir a usted un favor.
-Tú dirás.
-Que me ceda una "carretá" de junco para techar una choza. Le pagaré un tanto por semana.
-¿Una choza?
-Sí. Es que nos casamos Manuela y yo, y no tenemos dónde meternos. Los muros los voy haciendo ya de material, pero la techumbre tiene que ser de junco.
Don Ramón, silencioso admirador de Manuela, que estaba enterado de la oposición de la madre, protestó:
-Pero, hombre, ¿a una mujer como tu novia la vas a meter en una choza?
-¿Qué quiere que haga si no hay para otra cosa?
-Pues lo que hacen los otros, esperar, ahorrar.

Antonio echó medio paso atrás y miró a don Ramón de medio lado. Alzó la mirada pero no la frente, y dijo:
-Don Ramón, si me deja usted que le diga una cosa.
-Dila.
Antonio echó por delante una sonrisa.
-¿Si usted se viera de pronto con una mujer de la categoría de Manuela que le dijera vámonos, usted no se metería con ella, aunque fuese en una choza?

Molesta, antipática, cínica pregunta, hecha por un inconsciente, pensó don Ramón.
-Me metería, no digo en una choza, en un bocoy, pero no para vivir para siempre.

¡Verse ante una mujer como Manuela! Él le hubiese puesto un piso lujoso en Sevilla, pero sin casorio. Don Ramón representaba el convencionalismo tradicional de la burguesía campera. Añadió:
-Yo no doy nada para una choza. Eso quisieran los demagogos y algún que otro cura al acecho de motivos para meterse con los ricos. Te daré unas planchas de uralita y los palos necesarios para que formes la techumbre. Será mi regalo de bodas.
-Gracias, don Ramón. Es usted un barbián, ya lo sabía.

Pero Manuela dijo no, que la uralita no, que da mucho calor en verano. Antonio resolvió el primer obstáculo que le ponía su novia haciendo lo que le pareció mejor sin contar con ella. Recogió la uralita y, con permiso de don Ramón, la vendió y aprovechó los palos para una buena techumbre de junco que era lo que los dos habían pensado. Total, la choza.
(pp. 40-42).

                                  *****
Un coche de lujo se detuvo ante el puesto de melones de Manuela. El conductor la miró a ella. Ni una mirada al montón.
-¿Me quieres traer media docena?
Manuela puso seis melones en el esportón y los acercó al coche.
El hombre, sin dejar el asiento, los recibió uno a uno y luego le alargó un billete.
-¿Ahí vives?
Manuela asintió con la cabeza mientras le daba la vuelta con el billete.
-¿Y cómo siendo tan guapa vives en una choza?
-¿Y cómo siendo usted tan esaborío vive en un palacio? Tome usted su vuelta; treinta y ocho pesetas y doce de los melones son cincuenta.
Era la primera vez que Marcos González se oia llamar algo que no reflejase admiración o agrado. No se resignó a que aquello pudiera ser verdad. Forzó una sonrisa.
-Oye, ¿esaborío por qué?
Manuela se limitó a alargar la mano con la vuelta.
-No; quédate con eso.
-Gracias.

Manuela no dudó en guardarse la generosa propina y comprendió que qué menos que dar una contestación.
-Esaborío es poco para una persona que viene despreciándola a una. ¿Usted qué sabe si yo, en esa choza, vivo con mi marido más a gusto que usted en su palacio?
-No, guapa, yo sé que en una choza se podrá ser feliz un rato, pero no una semana. Y ahora dime, ¿por qué lo de esaborío?
-Por no decirle a usted otra cosa. Esaborío no hace daño a nadie. Con Dios.

Echó a andar hacia la choza con aire de no volverse a acordar de lo que dejaba atrás. Marcos González estuvo viéndola ir, apostándose consigo mismo a que la melonera volviera la cara para mirarlo desde lejos. Perdió la apuesta. Manuela se fue derecha al pozo y se puso a sacar agua en el cubo hasta llenar el pilón.

Marcos González pisó el embrague: "mira que si vivo engañado creyéndome gracioso y soy esaborío?" Arrancó el coche. "Bien mirado, los que me ríen las gracias son gentes que dependen de mí". Admitió que se había hecho famoso por sus barbaridades, con sus generosidades, con sus éxitos con las mujeres, pero -esto costaba, costaba mucho reconocerlo- los amigos de su igual no le reían las gracias ni le envidiaban su posición, que le venía de herencia y le daban a entender que, con sus medios, otros tendrán más éxito que él y le sacarían más partido a la vida.

Marcos González tenía treinta y cinco años y era la primera vez que pensaba así. Se lo debía a una pobre vendedora de melones al borde del camino.
(pp. 174-175)

******
La película Manuela (1976) fue dirigida por Gonzalo García Pelayo, con guion de Pancho Bautista, con Charo López como Manuela, y financiada por Manuel Pío Halcón a través de su productora Galgo Films. Este hombre, hijo del escritor, encarnó algunos valores aristocráticos que denostaba su padre, pero al menos derrochó parte de su herencia en esta película, con una banda sonora preciosa (como no podía ser de otra manera, estando al timón Gonzalo García Pelayo), con Lole y Manuel, Triana, Goma, Hilario Camacho, Gualberto, Luis Torres Joselero y Granada. Dejo aquí "Un cuento para mi niño", de Lole y Manuel: