30 oct. 2014

Estamos... Cintio Vitier

Estamos


Estás
haciendo
cosas:
música,
chirimbolos de repuesto,
libros,
hospitales,
pan,
días llenos de propósitos,
flotas,
vida,
con tan pocos materiales.

A veces
se diría
que no puedes llegar hasta mañana,
y de pronto
uno pregunta y sí,
hay cine,
apagones,
lámparas que resucitan,
calle mojada por la maravilla,
ojo del alba,
Juan
y cielo de regreso.

Hay cielo hacia delante.

Todo va saliendo más o menos
bien o mal o peor,
pero se llena el hueco,
se salta,
sigues,
estás haciendo
un esfuerzo conmovedor en tu pobreza,
pueblo mío,
y hasta horribles carnavales, y hasta
feas vidrieras, y hasta luna.

Repiten los programas,
no hay perfumes
(adoro esa repetición, ese perfume):
no hay, no hay, pero resulta que
hay.

Estás, quiero decir,
estamos.


8 de octubre de 1967



De: Testimonios, 1968


19 oct. 2014

La última ilusión de Don Juan, de Emilia Pardo Bazán

La última ilusión de Don Juan

Cuento de amor de Emilia Pardo Bazán (1851-1921)

Las gentes superficiales, que nunca se han tomado el trabajo de observar al microscopio la complicada mecánica del corazón, suponen buenamente que a Don Juan, el precoz libertino, el burlador sempiterno, le bastan para su satisfacción los sentidos y, a lo sumo, la fantasía, y que no necesita ni gasta el inútil lujo del sentimiento, ni abre nunca el dorado ajimez donde se asoma el espíritu para mirar al cielo cuando el peso de la tierra le oprime. Y yo os digo, en verdad, que esas gentes superficiales se equivocan de medio a medio, y son injustas con el pobre Don Juan, a quien sólo hemos comprendido los poetas, los que tenemos el alma inundada de caridad y somos perspicaces.... cabalmente porque, cándidos en apariencia, creemos en muchas cosas.

A fin de poner la verdad en su punto, os contaré la historia de cómo alimentó y sostuvo Don Juan su última ilusión..., y cómo vino a perderla.

Entre la numerosa parentela de Don Juan -que, dicho sea de paso, es hidalgo como el rey- se cuentan unas primitas provincianas muy celebradas de hermosas. La más joven, Estrella, se distinguía de sus hermanas por la dulzura del carácter, la exaltación de la virtud y el fervor de la religiosidad, por lo cual en su casa la llamaban la Beatita. Su rostro angelical no desmentía las cualidades del alma: parecíase a una Virgen de Murillo, de las que respiran honestidad y pureza (porque algunas, como la morena «de la servilleta», llamada Refitolera, sólo respiran juventud y vigor). Siempre que el humor vagabundo de Don Juan le impulsaba a darse una vuelta por la región donde vivían sus primas, iba a verlas, frecuentaba su trato y pasaba con Estrella pláticas interminables. Si me preguntáis qué imán atraía al perdido hacia la santa, y más aún a la santa hacia el perdido, os diré que era quizás el mismo contraste de sus temperamentos.... y después de esta explicación nos quedaremos tan enterados como antes.

Lo cierto es que mientras Don Juan galanteaba por sistema a todas las mujeres, con Estrella hablaba en serio, sin permitirse la más mínima insinuación atrevida; y que mientras Estrella rehuía el trato de todos los hombres, veníase a la mano de Don Juan como la mansa paloma, confiada, segura de no mancharse el plumaje blanco. Las conversaciones de los primos podía oírlas el mundo entero; después de horas de charla inofensiva, reposada y dulce, levantábanse tan dueños de sí mismos, tan tranquilos, tan venturosos, y Estrella volaba a la cocina o a la despensa a preparar con esmero algún plato de los que sabía que agradaban a Don Juan. Saboreaba éste, más que las golosinas, el mimo con que se las presentaban, y la frescura de su sangre y la anestesia de sus sentidos le hacían bien, como un refrigerante baño al que caminó largo tiempo por abrasados arenales.

Cuando Don Juan levantaba el vuelo, yéndose a las grandes ciudades en que la vida es fiebre y locura, Estrella le escribía difusas cartas, y él contestaba en pocos renglones, pero siempre. Al retirarse a su casa, al amanecer, tambaleándose, aturdido por la bacanal o vibrantes aún sus nervios de las violentas emociones de la profana cita; al encerrarse para mascar, entre risa irónica, la hiel de un desengaño -porque también Don Juan los cosecha-; al prepararse al lance de honor templando la voluntad para arrostrar impávido la muerte; al reír; al blasfemar, al derrochar su mocedad y su salud cual pródigo insensato de los mejores bienes que nos ofrece el Cielo, Don Juan reservaba y apartaba, como se aparta el dinero para una ofrenda a Nuestra Señora, diez minutos que dedicar a Estrella. En su ambición de cariño, aquella casta consagración de un ser tan delicado y noble representaba el sorbo de agua que se bebe en medio del combate y restituye al combatiente fuerzas para seguir lidiando. Traiciones, falsías, perfidias y vilezas de otras mujeres podían llevarse en paciencia, mientras en un rincón del mundo alentase el leal afecto de Estrella la Beatita. A cada carta ingenua y encantadora que recibía Don Juan, soñaba el mismo sueño; se veía caminando difícilmente por entre tinieblas muy densas, muy frías, casi palpables, que rasgaban por intervalos la luz sulfurosa del relámpago y el culebreo del rayo, pero allá lejos, muy lejos, donde ya el cielo se esclarecía un poco, divisaba Don Juan blanca figura velada, una mujer con los ojos bajos, sosteniendo en la diestra una lamparita encendida y protegiéndola con la izquierda. Aquella luz no se apagaba jamás.

En efecto, corrían años, Don Juan se precipitaba despeñado, por la pendiente de su delirio, y las cartas continuaban con regularidad inalterable, impregnadas de igual ternura latente y serena. Eran tan gratas a Don Juan estas cartas, que había determinado no volver a ver a su prima nunca, temeroso de encontrarla desmejorada y cambiada por el tiempo, y no tener luego ilusión bastante para sostener la correspondencia. A toda costa deseaba eternizar su ensueño, ver siempre a Estrella con rostro murillesco, de santita virgen de veinte años. Las epístolas de Don Juan, a la verdad, expresaban vivo deseo de hacer a su prima una visita, de renovar la charla sabrosa; pero como nadie le impedía a Don Juan realizar este propósito, hay que creer, pues no lo realizaba, que la gana no debía de apretarle mucho.

Eran pasados dos lustros, cuando un día recibió Don Juan, en vez del ancho pliego acostumbrado, escrito por las cuatro carillas y cruzado después, una esquelita sin cruzar, grave y reservada en su estilo, y en que hasta la letra carecía del abandono que imprime la efusión del espíritu guiando la mano y haciéndola acariciar, por decirlo así, el papel. ¡Oh mujer, oh agua corriente, oh llama fugaz, oh soplo de aire! Estrella pedía a don Juan que ni se sorprendiese ni se enojase, y le confesaba que iba a casarse muy pronto... Se había presentado un novio a pedir de boca, un caballero excelente, rico, honrado, a quien el padre de Estrella debía atenciones sin cuento; y los consejos y exhortaciones de «todos» habían decidido a la santita, que esperaba, con la ayuda de Dios, ser dichosa en su nuevo estado y ganar el cielo.

Quedó Don Juan absorto breves instantes; luego arrugó el papel y lo lanzó con desprecio a la encendida chimenea. ¡Pensar que si alguien le hubiese dicho dos horas antes que podía casarse Estrella, al tal le hubiese tratado de bellaco calumniador! ¡Y se lo participaba ella misma, sin rubor, como el que cuenta la cosa más natural y lícita del mundo!

Desde aquel día, Don Juan, el alegre libertino, ha perdido su última ilusión; su alma va peregrinando entre sombras, sin ver jamás el resplandorcito de la lámpara suave que una virgen protege con la mano; y el que aún tenía algo de hombre, es sólo fiera, con dientes para morder y garras para destrozar sin misericordia. Su profesión de fe es una carcajada cínica; su amor, un latigazo que quema y arranca la piel haciendo brotar la sangre.

Me diréis que la santita tenía derecho a buscar felicidades reales y goces siempre más puros que los que libaba sin tregua su desenfrenado ídolo. Y acaso diréis muy bien, según el vulgar sentido común y la enana razoncilla práctica. ¡Que esa enteca razón os aproveche! En el sentir de los poetas, menos malo es ser galeote del vicio que desertor del ideal. La santita pecó contra la poesía y contra los sueños divinos del amor irrealizable. Don Juan, creyendo en su abnegación eterna, era, de los dos, el verdadero soñador.

Más cuentos y textos de Emilia Pardó Bazán en:
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/pardo/epb.htm

3 jul. 2014

La Palabra, de León Felipe

No conocía este poema de León Felipe y me ha impresionado, ¡gracias, Javi, por leérmelo!

Fuente de la imagen: Trianarts - León Felipe: El llanto es nuestro

La palabra

Pero ¿qué están hablando esos poetas ahí de la palabra?
Siempre en discusiones de modista:
que si es desceñida o apretada ...
que si la túnica o que si la casaca ...

¡Basta ya! La palabra es un ladrillo. ¿Me oísteis? ...
¿Me ha oído usted, señor Arcipreste?
Un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre ... y la Torre tiene que ser alta ... alta ...alta ...
hasta que no pueda ser más alta.
Hasta que llegue a la última cornisa
de la última ventana
del último sol
y no pueda ser más alta.

Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo,
el último ladrillo ... la última palabra,
para tirárselo a Dios
con la fuerza de la blasfemia o la plegaria ...
y romperle la frente ... A ver si dentro de su cráneo
está la Luz ... o está la Nada.



23 abr. 2014

Arthur Rimbaud y las Cartas Abisinias #DiadelLibro

Por esas circunstancias imprevisibles de la vida, ha llegado a mis manos un libro que me gustaría compartir aquí el Día del Libro:

Arthur Rimbaud. Cartas Abisinias. Edición de Lolo Rico (Ediciones del Viento, 2010)


Fuente: Las Historias de los Libros y el Cine
Tal y como reza en la solapa de esta edición, Arthur Rimbaud nace en Charleville, Francia, en 1854. Hijo de un militar y segundo de cinco hermanos, muy pronto sufrió el abandono del hogar por parte de su padre, dejando a los hijos al cargo de una madre autoritaria. De temprana vocación literaria, escribe a Verlaine, ya consagrado poeta simbolista, que lo invita a reunirse con él en París. Su relación acabaría con la famosa trifulca del verano del 73.

Regresó a Charleville, donde escribió Una temporada en el infierno y, en 1874 viajó a Londres, donde finalizó sus Iluminaciones. En 1880 llega a Yemen y permanecerá a ambas márgenes del golfo de Arabia hasta su regreso a Marsella, en 1891 con una pierna gangrenada, cuya amputación no lograría evitarle la muerte. (Fuente: Ediciones del viento).

Aquí podéis leer (pdf) una pequeña muestra de esta edición, que incluye el magnífico prólogo de Lolo Rico y la primera carta. Esta obra contiene numerosas referencias a pedidos de libros y diccionarios, pero para este Día del Libro prefiero compartir aquí un poema de este escritor precoz, rebelde, provocador y al mismo tiempo, enigmático.


El barco ebrio

Según iba bajando por Ríos impasibles,
me sentí abandonado por los hombres que sirgan:
Pieles Rojas gritones les habían flechado,
tras clavarlos desnudos a postes de colores.

Iba, sin preocuparme de carga y de equipaje,
con mi trigo de Flandes y mi algodón inglés.
Cuando al morir mis guías, se acabó el alboroto:
los Ríos me han llevado, libre, adonde quería.

En el vaivén ruidoso de la marea airada,
el invierno pasado, sordo, como los niños,
corrí. Y las Penínsulas, al largar sus amarras,
no conocieron nunca zafarrancho mayor.

La galerna bendijo mi despertar marino,
más ligero que un corcho por las olas bailé
––olas que, eternas, rolan los cuerpos de sus víctimas––
¬diez noches, olvidando el faro y su ojo estúpido.

Agua verde más dulce que las manzanas ácidas
en la boca de un niño mi casco ha penetrado,
y rodales azules de vino y vomitonas
me lavó, trastocando el ancla y el timón.

Desde entonces me baño inmerso en el Poema
del Mar, infusión de astros y vía lactescente,
sorbiendo el cielo verde, por donde flota a veces,
pecio arrobado y pálido, un muerto pensativo.

Y donde, de repente, al teñir los azules,
ritmos, delirios lentos, bajo el fulgor del día,
más fuertes que el alcohol, más amplios que las liras,
fermentan los rubores amargos del amor.

Sé de cielos que estallan en rayos, sé de trombas,
resacas y corrientes; sé de noches... del Alba
exaltada como una bandada de palomas.
¡Y, a veces, yo sí he visto lo que alguien creyó ver!

He visto el sol poniente, tinto de horrores místicos,
alumbrando con lentos cuajarones violetas,
que recuerdan a actores de dramas muy antiguos,
las olas, que a lo lejos, despliegan sus latidos.

Soñé la noche verde de nieves deslumbradas,
beso que asciende, lento, a los ojos del mar,
el circular de savias inauditas, y azul
y glauco, el despertar de fósforos canoros.

Seguí durante meses, semejante al rebaño
histérico, la ola que asalta el farallón,
sin pensar que la luz del pie de las Marías
pueda embridar el morro de asmáticos Océanos.

¡He chocado, creedme, con Floridas de fábula,
donde ojos de pantera con piel de hombre desposan
las flores! ¡Y arcos iris, tendidos como riendas
para glaucos rebaños, bajo el confín marino!

¡He visto fermentar marjales imponentes,
nasas donde se pudre, en juncos, Leviatán!
¡Derrubios de las olas, en medio de bonanzas,
horizontes que se hunden, como las cataratas.
¡Hielos, soles de plata, aguas de nácar, cielos
de brasa! Hórridos pecios engolfados en simas,
donde enormes serpientes comidas por las chinches
caen, desde los árboles corvos de negro aroma!

Quisiera haber mostrado a los niños doradas
de agua azul, esos peces de oro, peces que cantan.
––Espumas como flores mecieron mis derivas
y vientos inefables me alaron , al pasar.

A veces, mártir laso de polos y de zonas,
el mar, cuyo sollozo suavizaba el vaivén,
me ofrecía sus flores de umbría, gualdas bocas,
y yacía, de hinojos, igual que una mujer.

Isla que balancea en sus orillas gritos
y cagadas de pájaros chillones de ojos rubios
bogaba, mientras por mis frágiles amarras
bajaban, regolfando, ahogados a dormir.

Y yo, barco perdido bajo cabellos de abras,
lanzado por la tromba en el éter sin pájaros,
yo, a quien los guardacostas o las naves del Hansa
no le hubieran salvado el casco ebrio de agua,

libre, humeante, herido por brumas violetas,
yo, que horadaba el cielo rojizo, como un muro
del que brotan ––jalea exquisita que gusta
al gran poeta–– líquenes de sol, mocos de azur,

que corría estampado de lúnulas eléctricas,
tabla loca escoltada por hipocampos negros,
cuando julio derrumba en ardientes embudos,
a grandes latigazos, cielos ultramarinos,

que temblaba, al oír, gimiendo en lejanía,
bramar los Behemots y, los densos Malstrones,
eterno tejedor de quietudes azules,
yo, añoraba la Europa de las viejas murallas

¡He visto archipiélagos siderales, con islas
cuyo cielo en delirio se abre para el que boga:
––i.Son las noches sin fondo, donde exiliado duermes,
millón de aves de oro, ¡oh futuro Vigor!? .

¡En fin, mucho he llorado! El Alba es lastimosa.
Toda luna es atroz y todo sol amargo:
áspero, el amor me hinchó de calmas ebrias.
¡Que mi quilla reviente! ¡Que me pierda en el mar!

Si deseo alguna agua de Europa, está en la charca
negra y fría, en la que en tardes perfumadas,
un niño, acurrucado en sus tristezas, suelta
un barco leve cual mariposa de mayo.

Ya no puedo, ¡oleada!, inmerso en tus molicies,
usurparle su estela al barco algodonero,
ni traspasar la gloria de banderas y flámulas
ni nadar, ante el ojo horrible del pontón.


[Poema tomado de la web http://www.ciudadseva.com/. Más poemas de Rimbaud en http://www.ciudadseva.com/textos/poesia/fran/rimbaud/ar.htm]


18 abr. 2014

Audiolibro completo: Cien Años de Soledad

No se puede decir mucho que no se haya dicho ya estos días por motivo del fallecimiento del gran escritor Gabriel García Márquez...

Os dejo este audiolibro completo de una de sus obras más conocidas y queridas: Cien Años de Soledad.


Gracias a Carmen del Río Sánchez @ClaresParaules y a la Asociación Española de Comprensión Lectora @ComprensLectora por compartir este vídeo en Twitter.

14 mar. 2014

El negocio es el negocio...


En aquel pueblo, no era cierto ese dicho que, secularmente, ha corrido de boca en boca y que reza algo así como: “Las fuerzas vivas de la localidad son el alcalde, el cura y el secretario”.

Blas, el primer munícipe, bastante tenía con soportar en su casa a Teodosia, su mujer, a su cuñada, Erundina, y a Clitemnestra, su suegra.

Juanín, el secretario, era eso : Juanín. El diminutivo lo decía todo.

Don Marcelo, el cura, era quien cortaba el bacalao en la parroquia y fuera de ella. Corpulento, autoritario, con dura mirada y voz tronante tenía acojonaditos a los moradores del pueblo. Aquellos pobres ya no temían al infierno y el purgatorio les hubiese parecido Cancún o la isla Margarita; tal era la feroz disciplina que imponía a sus feligreses y a algún que otro osado que no se tenía por tal. Su arma era el confesionario. Primero, atacaba insistentemente desde el púlpito, y con la amenaza de la ira divina —y con la suya, que no era moco de pavo— había logrado que un altísimo porcentaje de habitantes se confesase regularmente. Sobre todo, las mujeres. Allí, entre las tablas, se encontraba en su elemento y acoquinaba, sonsacaba, estrujaba y leía las mentes simples de los campesinos. Su dominio era total entre la feligresía, pero últimamente se encontraba algo desasosegado por el cariz de algunas deposiciones.(Con perdón).

Primero fue Fortunata, la hija del herrero, la que entre sonrojos, balbuceos y pudorosas bajadas de párpados, le confesó su desliz con Feliciano. Bueno, aquello era más que un desliz.

—¡Desgraciada! ¿Cómo has podido manchar tu honra con tan nefasto hecho? Y además dices que caíste con complacencia y agrado y que durante el acto no sentías el regusto amargo del pecado. ¡Que fuiste feliz!

Bueno, la bronca que montó el justiciero don Marcelo posiblemente se oyó en un amplio espacio de la tierra, pero con seguridad sus voces atronaron por todo el cielo. Por supuesto que la penitencia estuvo acorde con la indignación del párroco.

Dos días más tarde, fue doña Silvana, la esposa de don Justo, el de la posada, la que señaló a Feliciano como el autor de un atentado contra su pudor. Lo de “atentado” quiso ser un eufemismo, al principio, pero al final del hábil interrogatorio, don Marcelo ya sabía de la cuestión casi tanto como doña Silvana, quien no tuvo más remedio que confesar —nunca mejor dicho—, su pleno goce en el lance.

La indignación del cura llegó a cotas elevadísimas y la penitente se retiró del confesionario con un castigo que, quizá en una próxima ocasión, le haría pensárselo dos veces antes de darle al fornicio extraconyugal.

Al siguiente día, doña Doloritas, recién casada con Fabián, el mayor hacendado del pueblo, acudió con su cuita al cajón absolutorio. Logró la absolución, sí, pero la humillación y la vergüenza que pasó con la zapatiesta parroquial le hizo reconsiderar los pros y los contras del adulterio. Bueno... el arrepentimiento por el pecado en sí, también, pero la trifulca... ¡Qué bestia de hombre! ¡Qué contraste con la dulzura de Feliciano!

"Esto no puede seguir así. No sé quién es ese recién llegado de Feliciano, pero a este paso, va a encabronar a todos los maridos y acabar con las vírgenes del pueblo”. Y se puso a meditar el cura, cómo dar un escarmiento a sus feligresas pecadoras. "!Ya está!, en adelante, las mujeres que tengan alguna relación con ese desconocido, además de cumplir una fuerte penitencia, van a tener que dejar un generosísimo óbolo en el cepillo. Así mato dos pájaros de un tiro. Doy un tiento a la bolsa de esas descarriadas —seguro que es lo que más va a dolerles— y al tiempo, arreglo la iglesia, que buena falta le hace". 
 
Las jugosas y frecuentes penitencias pecuniarias, que empezó a aplicar, hicieron disminuir el enfado de don Marcelo y aumentar el contenido de su, hasta entonces, exigua hucha. Hasta le compró unas enaguas nuevas a Tomasa, su joven ama, a la que meses atrás le había roto esa prenda en un arrebatado impulso.

Con tiempo, el pueblo se fue enterando de los castigos monetarios y Cosme, empleado de la Caja de Ahorros, filtró a algunos allegados el fuerte incremento de la cuenta corriente de la parroquia.

Una tarde, se encontraba don Marcelo en su negocio —perdón, confesionario—, cuando se acercó un hombre al que no conocía.

—¿Vienes a confesarte, hijo ? No te conozco. Tú no eres de por aquí, ¿verdad?

—¿Cómo dice? ¿A confesarme? No, no; yo vengo a ver si llegamos a un entendimiento; a un acuerdo equitativo. 
 
No te entiendo, joven; ¿a qué acuerdo hemos de llegar? Ten en cuenta que éste es un lugar sagrado y al confesionario se viene a manifestar los pecados y a arrepentirse de haberlos cometido.

Mire cura, me llamo Feliciano. Estoy enterado del negocio que ha montado a mi costa y aunque solo yo soy la causa del mismo, vengo a proponerle que compartamos los beneficios. Yo podría seguir haciendo pecar a las feligresas; éstas apoquinarían sus dineros para la absolución y a fin de mes, podríamos repartirnos las ganancias al tiempo que hacemos el bien. Usted absuelve sus almas y se alegra con ello y yo hago gozar a sus cuerpos con mi goce. No creo que le interese regatear, porque existen muchos párrocos que aceptarían, encantados, mi propuesta; ¿estamos?


Al parecer, hubo acuerdo.



Agustín Mañero
9/8/99

11 mar. 2014

AMOROSO DESCUBRIMIENTO, un relato de Agustín Mañero escrito sin pensar


Relato creado por Agustín Mañero bajo la condición de hacerlo "sin pensar" (difícil, diría imposible misión) el 6/3/04


AMOROSO DESCUBRIMIENTO

— Me enamoré de mi vida un martes de agosto.
— !Cómo?
— Así fue; en un solo día. Verá: me levanté un martes agosteño, me apetecía reflexionar y, tras hacerlo larga y profundamente, me dije todo alborozado y henchido de irrefrenable gozo: “¡cómo amo a mi vida!”
— ¿Así de fácil?
— Hombre..., fácil, lo que se dice fácil, no fue. Pienso yo que, por extraños designios, por azares del destino, por la influencia de fuerzas telúricas, o ¡vaya usted a saber por qué!, ese martes y trece, tras cavilar, meditar y recapacitar con toda la intensidad de que soy capaz, me vi sumergido en un océano de amor, en un piélago de arrebatador cariño. Este hecho insólito, ese cúmulo de tiernos sentimientos desconocidos para mí, por fuerza tenía que afectar a mi vida, ¿no?
— Como no te expliques mejor...
— Cuando el tierno torrente me inundó, pensé que estaba bien  eso de amar a todos y a todo, pero que, si así era, ¿por qué no habría de empezar por amar mi propia vida que, al fin y al cabo, es lo que tengo más a mano?
— Eso parece un peligroso acercamiento al egoísmo, y si lo fuese, estarías infringiendo las leyes divinas y las de humana convivencia.
— (¡Ya empezamos!).  Que no, que no amo solo mi vida, sino que también. Vivo en un estado de enamoramiento general.
— No es fácil entenderlo, pero para ir atando cabos quiero preguntarte si en ese universal amor entra también el amor que debemos a Dios.
— Claro, padre, por supuesto. Cumplo el mandamiento que nos dice, “amarlo sobre todas las cosas”.
— Y siguiendo con los mandamientos, supongo que cumplirás con el cuarto y también amarás a tus padres ¿no?
— Claro, claro que sí. Antes les amaba un poco, bueno..., lo normal, pero desde ese martes, ¡jolín! ¡cómo los amo! Además, si ellos me han dado esta vida de la que estoy enamorado, es evidente que, así mismo, he de amar a quienes me la dieron.
— ¿Cumples los demás mandamientos?
— Siempre he procurado hacerlo, pero ahora, con este nuevo sentimiento, me resulta más factible. Por ejemplo, si hablamos del quinto, tengo que manifestar que odio el crimen y la violencia.
— Mal, hijo, mal. Una cosa es estar en contra de esos actos, y otra es odiarlos. Ese sentimiento nunca ha de estar presente en nuestro camino cristiano.
— ¡Pero si mi odio por el mal proviene de mi inmenso amor por el bien!
— Aun así. No debes odiar.  Prosigamos con el siguiente mandamiento: el sexto.
— Está bien, ¿cómo debo expresarme para hablar de él?, ¿debo decir que amo el no fornicar?  Yo creo que ese acto se realiza, algunas veces, con amor, aunque hay otras...
— Hijo, permíteme darte un consejo: no estaría de más que, mientras te estés confesando del sexto mandamiento, borres de tus ojos esa mirada libertina y, a la vez, disimules la expresión rijosa de tu cara. No sé por qué me parece que mucho del amor ese que te desborda toma ese derrotero pecaminoso.  Seguro que, ahora, me vas a decir que también amas a la mujer del prójimo. ¿No?
— Ya le he dicho que, desde ese martes de marras, mi amor es universal y si en el concepto de universo también entran las prójimas — por cierto, ¡qué mal suena esa palabra!— , asimismo he de amarlas. ¡Fíjese que amo hasta a las feas!
— Las feas también tienen derecho a ser queridas o... ¿es que, acaso, no son hijas de Dios?
— Desde luego, padre, pero no me negará que cortejar a algunas tiene su mérito. En ciertos casos, más que amor se necesita osadía.
— Mira hijo, mejor será que dejemos las disquisiciones amatorias y nos centremos en otros aspectos religiosos y morales.
— Nos centraremos en lo que usted quiera, pero yo he venido aquí a hablar de mi enamoramiento por mi vida. Es una carga inesperada que me ha caído encima y no sé qué hacer con tal cantidad de amor que siento por mi existencia. A alguien se lo tenía que contar.
— Mi deber, mi vocación sacerdotal y mi paciencia me predisponen a escucharte, pero ¿no crees que te estás pasando con ese narcisista amor que, de repente, te ha acometido? Además, me parece que no te expresas con coherencia, de forma creíble, y tampoco veo yo mucha congruencia en tus frases... Oye, ¿seguro que te encuentras bien? ¿No te habrá dado...
— ¿Que si estoy bien?  Claro que lo estoy. Pero, ¿con qué coherencia e ilación de ideas voy a expresarme si se me ha ordenado que hable de un imprevisto y repentino enamoramiento por mi vida, pero que lo haga sin pensar en el argumento, en el precedente y en el consecuente? ¡Jod...! ¡Si es que así no se puede! Ya me gustaría a mí ver a alguien que yo me sé en semejante brete.
— Bueno, por ahora, será mejor dejarlo. Ve con Dios, hijo mío.
— Falta me hará.
— ¿Qué?
— Nada, nada. Ya veo que no se ha enterado del amor que siento por mi vida.

Agustín Mañero 
 6/2/04

6 mar. 2014

El lamento de José de Arimatea, de Leopoldo María Panero (16 de junio de 1948 - 5 de marzo de 2014)


No soporto la voz humana,
mujer, tapa los gritos del
mercado y que no vuelva
a nosotros la memoria del
hijo que nació de tu vientre.

No hay más corona de
espinas que los recuerdos
que se clavan en la carne
y hacen aullar como
aullaban
en el Gólgota los dos ladrones.
Mujer,
no te arrodilles más ante
tu hijo muerto.
                                Bésame en los labios
como nunca hiciste
y olvida el nombre
maldito de
Jesucristo.

      Así arderá tu cuerpo
y del Sabbath quedará
tan sólo una lágrima
y tu aullido.


Fragmento del documental sobre la familia Panero El desencanto


Más poemas de Leopoldo María Panero:
http://www.poesi.as/Leopoldo_Maria_Panero.htm


2 mar. 2014

Una sonrisa, un recordatorio a nuestra querida compañera Amaia Altuna


Así era ella: una sonrisa. Sonrisa amable, abierta y acogedora. Sonrisa que prometía una escucha atenta, una complicidad para con su interlocutor y una sintonía incondicional. Eso era lo que se percibía de Amaia, al primer vistazo. Al tiempo, ofrecía su simpatía y su gesto amable y animoso.
Con frecuencia y entre mil temas, surgía el monte con las vivencias que ella había disfrutado. Paseos por el Pirineo, marchas sobre la nieve apoyadas sobre raquetas, excursiones y jornadas sin cuento por trochas y veredas.
¡Cuántas veces me llevó con ella en su evocadora andadura desde la sala del barracón de la UPV!
Luego, una sonrisa de despedida, una cariñosa palmada y un “hasta luego” al entrar en el aula. Ese “hasta luego” que, por desgracia, ya será definitivo.
Muy condensado, este es el imborrable y emocionado recuerdo que me queda de Amaia Altuna.
Hasta siempre.
A.M.
28 febrero de 2014
  
Cuando sepas hallar una sonrisa


Cuando sepas hallar una sonrisa
en la gota sutil que se rezuma
de las porosas piedras, en la bruma,
en el sol, en el ave y en la brisa;

cuando nada a tus ojos quede inerte,
ni informe, ni incoloro, ni lejano,
y penetres la vida y el arcano
del silencio, las sombras y la muerte;

cuando tiendas la vista a los diversos
rumbos del cosmos, y tu esfuerzo propio
sea como potente microscopio
que va hallando invisibles universos;

entonces en las flamas de la hoguera
de un amor infinito y sobrehumano,
como el santo de Asís, dirás hermano
al árbol, al celaje y a la fiera.

Sentirás en la inmensa muchedumbre
de seres y de cosas tu ser mismo;
serás todo pavor con el abismo
y serás todo orgullo con la cumbre.

Sacudirá tu amor el polvo infecto
que macula el blancor de la azucena,
bendecirás las márgenes de arena
y adorarás el vuelo del insecto;

y besarás el garfio del espino
y el sedeño ropaje de las dalias...
Y quitarás piadoso tus sandalias
por no herir a las piedras del camino.



18 feb. 2014

Calumniador, calumniado


¿Cómo osas tú, miserable,
reírte del deshonor
que pende sobre cabezas
más honestas que la de vos?

Calumniasteis sin mesura,
criticasteis a todo dios,
no dejasteis nadie libre
en todo vuestro rededor.

¿Y os extraña que ahora mismo,
os devuelvan, con mal humor,
vuestras críticas acerbas
que hirieron siempre a traición?

Muy mala persona fuisteis,
mentiroso, falaz, atroz,
destruisteis cualquier honra,
marchitasteis cualquier flor.

Ahora, te toca pagar
los hechos imaginados
que a su ruina y por tu culpa,
a tantos hombres llevaron.

Con tus acciones devueltas
por tus prójimos heridos,
no pidas misericordia,
esa que tú no has tenido.

Agustín Mañero
18 de noviembre de 2013
Creación inspirada en el aria “La Calunnia é unventicello” (EL BARBERO DE SEVILLA, G. Rossini).

A continuación, puedes escuchar esta aria de la voz de Boris Christoff:




 

14 feb. 2014

Obra digitalizada de Mariano José de Larra: ¡Tu amor, o la muerte! (via @BNE_biblioteca)

Gracias a la cuenta de Twitter de la Biblioteca Nacional (@BNE_biblioteca), me ha llegado en enlace a la obra digitalizada de Mariano José de Larra (1809-1837):

Aprovechamos para recordar las entradas sobre Mariano José de Larra en este mismo blog y así rememorar a este gran autor romántico:
Tarjeta de visita de M.J. de Larra. Fuente de la imagen: Foro Xerbar


Os dejo este fragmento de ¡Tu amor, o la muerte! para celebrar el Día de San Valentín...


Clotilde. ¡Qué fin tan desgraciado!

Monvel. ¡Y tan necio! ¡matarse y sin saberse porqué!

Clotilde. A mí me aseguraron que una pasión.

Monvel. ¡Mayor necedad aun!

Clotilde. ¿Qué?

Monvel. ¡Digo que esa es mayor necedad!

Clotilde. ¡Ah! porque no comprendes toda la extensión de ese sacrificio. Tú no serías capaz de matarte por una mujer.

Monvel. ¡En mi vida!

Clotilde. ¡Ni aun por la tuya!

Monvel. Mucho lo sentiría á lo ménos, y ella tambien me parece. Porque al fin yo les pondria un dilema á esos locos... O la mujer á quien quiero ha de sentir mi muerte, y en ese caso soy demasiado galante para darle semejante sentimiento, ó mi muerte ha de serle indiferente, en cuyo caso es preciso ser muy necio para proporcionarla una diversion tan cara.

Clotilde. Todo eso estuviera bien, si él que quiere de veras pudiese razonar.

Monvel. ¿Y porqué no? Por lo mismo que quiero á mi mujer y á mis hijos, me hago otra cuenta muy distinta, y digo para mi: "Mas útil les he de ser viviendo, que despues de muerto; y por lo tanto vivamos." Vamos á ver, á ti, por ejemplo, ¿que te falta? ¿Hay en todo Paris una sola mujer de tu agente de negocios mas feliz que tú? ¿No está siempre á tu disposicion la llave de mi gaveta? No faltas á los teatros, te abonas á la ópera, asistes á los bailes.

Clotilde. No digo que no...

Monvel. Tienes quien te sirva, quien adivine tus pensamientos. Tu marido es tu primer criado. En una palabra, querida mia, ¿no es verdad que no ecertarias á vivir sin mí? Por mí parte te confieso que se llegases á enviudar, lo sentiria aun mas por tí que por mí.

Clotilde. Nunca he dicho que no seas excelente marido...

Monvel. En eso fundo mi vanidad: por lo tanto, no hablemos mas del asunto: mira, para disipar la tristeza, ven á disfrutar de esta hermosa vista, y á respirar el aire fresco del rio.

(Abren el balcon y sale afuera.)


¡Tu amor, o la muerte! = (Deine Liebe oder den Tod!) : comedia en un acto : ein Lustspiel in pag. 8 a 10
Prosa von Larra
Scribe, Eugène (1791-1861) - Libro - 1885


12 feb. 2014

30 años sin Julio Cortázar

30 años desde el fallecimiento de Julio Cortázar... y tenemos la suerte de seguir escuchándolo y leyéndolo...

Hace un año escribimos aquí sobre el 50 aniversario de Rayuela y hoy me gustaría compartir con vosotros esta lectura del propio Cortázar de sus obras Torito y Casa Tomada. Media hora para disfrutar de su tono, su acento, su obra.


Aquí puedes leer el texto de Torito
Y aquí el texto de Casa Tomada


Biblioteca de Julio Cortázar: http://www.march.es/bibliotecas/repositorio-cortazar/

Ovillejo...


Te dedico este ovillejo.
—Te dejo.
Lo rimaré en consonancia.
—Mi gracia.
¿Estará pasado de moda?
—Toda.

De esta manera tan boba
he escrito el ovillejo.
Te lo ofrezco muy parejo;
te dejo mi gracia toda.

Agustín Mañero

11 feb. 2014

El Juramento, de Agustín Mañero


La mirada firme, muy altanera,
ofrece a las gentes, el Campeador;
va a tomar juramento al rey, su señor,
en la iglesuela de Santa Gadea.

Se agolpan expectantes a su vera
todos los vecindarios de alrededor;
quieren ver al esforzado valedor
humillar a su rey de esta manera.

Alfonso VI el Bravo jura que no,
que no fue él quien mató a su hermano Sancho,
que no estaba presente cuando murió.


Que él no participó del zafarrancho
que en Zamora, Bellido Dolfos armó;
eso juró… y se quedó tan pancho.

Agustín Mañero
9 de noviembre de 2013 
 

27 ene. 2014

La Noche Nuestra Interminable, poema de José Emilio Pacheco

José Emilio Pacheco (Ciudad de México, 30 de junio de 1939 - Íbidem 26 de enero de 2014)

LA NOCHE NUESTRA INTERMINABLE
Mis paginitas, ángel de mi guarda, fe
de las niñeras antiquísimas,
no pueden, no hacen peso en la balanza
contra el horror tan denso de este mundo.
Cuántos desastres ya he sobrevivido,
cuántos amigos muertos, cuánto dolor
en las noches profundas de la tortura.

Y yo qué hago y yo qué puedo hacer.
Me duele tanto el sufrimiento de otros,
                    y apenas
intento conjurarlo por un segundo con estas hojitas
que no leerán los aludidos, los muertos ni los pobres
                    ni tampoco
la muchacha martirizada. Cuál Dios
podría mostrarse indiferente
a esta explosión, a esta invasión del infierno.
Y en dónde yace la esperanza, de dónde
va a levantarse el día que sepulte
la noche nuestra interminable doliendo.

Más poemas de José Emilio Pacheco en:
 
 

24 ene. 2014

Breve, pero intensa, de Agustín Mañero

 
BREVE, PERO INTENSA

María Dolores Vargas, “La Corralera”, se casó a los dieciocho años.

María Dolores Vargas, “La Corralera”, fue madre a los diecisiete y María Dolores Vargas, “La Corralera”, abandonó definitivamente su hogar a los dieciséis.

Por la necesidad, el hambre y la sordidez del ambiente, lo tenía decidido desde los quince, pero María Dolores Vargas, “La Corralera”, lo retrasó un año.

A los catorce, perdió el virgo. La virginidad, ya la tenía perdida.

A los trece años, se escapó por unos días de la corrala, huyendo del acoso de Toñín, “El Churumbel”, primo hermano suyo que quería empujarla contra la tapia de la huerta del “Tío Melones”.

Con doce años, María Dolores Vargas, “La Corralera”, ejercía de alcahueta.

Con once, ejercía de alcahueta, pero sin saberlo.

A los diez, jugaba con otros niños y robaba en mercados y chatarrerías.

Apenas tenía nueve años y ya cuidaba de sus hermanos, los churumbeles de “La Palmera”, su madre, mientras ésta manejaba sus “dátiles” aligerando carteras.

Los ocho estuvieron ocupados por aprendizajes varios: acarrear leña, llenar el botijo y lavar sus bragas. Hasta entonces no las había tenido.

Alguien quiso que a los siete, María Dolores Vargas, “La Corralera” hiciese la primera comunión. Fue un intento fallido. Por entonces, comenzó a competir con los chicos para ver quién meaba más lejos. Alguna vez, ganó.

Con seis años, jugaba a papás y mamás, a médicos y enfermeras. Fue entonces cuando su mente tomó conciencia de la desigualdad anatómica que siempre había visto, pero no meditado.

A los cinco ya tiraba piedras a los perros y a los vecinos. La Guardia Civil tampoco se libró de algún cantazo suyo.

Llegando a los cuatro añitos se sorbía los mocos.

Aunque ella ya no se acordaba, con tres, jugaba con barro. Para hacer la pasta hacía “pis” en la tierra.

¿Con dos años? Pues al cumplirlos, disputaba por la teta. Había dos tetas donde chupar y tres bocas para hacerlo. La suya, la del “Canillas”, compañero de su madre, y la de don Servando, un abuelo en la familia, viejo y desdentado, que, de vez en cuando y con pretexto de alimentarse, también le daba un tiento a los pezones de “La Palmera”.

¿Y con uno? ¿Qué va a hacer una niña a esa edad, aunque ésta se llame María Dolores Vargas “La Corralera”? Pues lo que hacen todos los pequeños a esa edad. ¡Eso sí! Aquel año no tuvo que competir por la teta.

¿Y al nacer? Al nacer no se puede pensar, pero de haber sabido lo que le esperaba, María Dolores Vargas “La Corralera” se hubiese vuelto por donde salió: al abrigo uterino.


Agustín Mañero

22 ene. 2014

Ortografía Emmental, curiosidades de la lengua, por Ángel U.


En algún curso de bachillerato, a finales de los 60, nos pusieron de maría una asignatura que venía a ser “repaso de lengua”. La daba un cura encapotado que llegaba a clase en olor de multitudes, con los alumnos esperándole a la puerta para aclamarle y jalear frases de alabanza. 

En las sesiones de repaso repetía y tripitía siempre los mismos ejemplos, las mismas frases modelo. “Oración concesiva. Aunque la mona …” 

El ambiente de clase era participativo a tope, así que los alumnos, en cuanto oíamos aquello de la mona montábamos un follón mayúsculo coreando como energúmenos “se vista de seda, mona se queda”. Luego con aplausos y vítores le hacíamos ver que habíamos acertado, golpeábamos los pupitres con los puños y brincábamos de alegría sobre los asientos. Eran, sin duda, clases de gramática viva.

Cuando la bulla se apaciguaba, le decíamos a aquel catedrático ensotanado que con él aprendíamos más que con otros, que era un santo y que nos bendijera. Y vuelta a empezar.

A veces las frases lanzadera tardaban en llegar y éramos los de letras los que dinamizábamos la sesión con un sinfín de preguntas trampa. 

Un día nos salió el tiro por la culata. Ocurrió mientras corregíamos un dictado en que aparecían “cabos de pies cavos” y gansadas así. El cura, investido de todas la ciencias gramaticales, vagaba por el aula pavoneándose de saber diferenciar entre “vaca” que da leche y “baca” de autobús. 

Pero cometió un desliz. “No es lo mismo baca con be, que vaca con uve. Tengan mucho cuidado, las dos (?)acas son distintas según se escriba”.

Los alumnos que estábamos en el turno de incordio no podíamos dejar escapar una ocasión de oro. “Yo no sé escribir eso”, dijo alguien. “¿Las dos (?)acas esas, dichas a la vez, con qué se escribe, con be o con uve?
 
Nos fulminó con la mirada y luego nos habló de la imposibildad de referirnos a las dos vacas a la vez. Pero el alumno erre que erre: “Claro, es que usted dice Las dos (?)acas no existe porque no puede existir. Es un ser imposible y no se puede decir. Pero lo dice. Lo hemos oído todos”. 

Terciaron otros: “¿Qué no se puede decir? ¡Si estáis venga decirlo! Será que no se puede escribir”. “¿Y qué pasa con lo de los dos (?)arones? ¿Se puede decir, se puede escribir o no?”.

El enviado de Dios al aula ya no pudo atajarlo, entró en estado de pánico y tuvo que recurrir a la intercesión de santos y al sistema de castigos. Fue el día de la ira del señor. El día en que alguno de letras acarició con su mejilla una mano de santo.

¿Quieres leer el trabajo completo? Puedes leer la continuación aquí (utiliza el botón de "View fullscreen", las flechas en cuadrado que verás en la parte inferior, para ver en tamaño completo):

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Ortografia emmental, de Ángel U.

17 ene. 2014

La bata blanca trae cola, relato de Agustín Mañero


LA BATA BLANCA TRAE COLA

Mi primer intento con los lienzos y colores no me ha dejado satisfecho. Tratando de ver el lado bueno de la cuestión pienso que esa etapa ha sido positiva, en cierto modo. Me ha enseñado lo que debo y no debo hacer en este campo. Tras esta reflexión, he decidido iniciar un nuevo aprendizaje pictórico y me he matriculado en un centro que se anuncia como imprescindible cimiento para los que aspiramos a manchar, con alguna gracia claro, telas y papeles. En esta empresa, que cae cerca de mi casa, me atendió una joven rubia que no podía ocultar su relación con la pintura. La tenía por toda su cara.

Buenos días señorita. Quisiera apuntarme al curso que ustedes anuncian, para la iniciación de pintores, tanto en óleo como en acuarela.

Buenos días. Le voy a entregar un folleto en donde se indican las fechas, el lugar y el precio del curso. Puede usted inscribirse por meses o trimestres, como prefiera. —Y sin más, me entregó la información del “Centro para el dominio de la pintura por el conocimiento exhaustivo del cromatismo irisado”. Lo hojeé allí mismo.

En principio me interesa. Voy a abonarle ahora el pago de un trimestre e iniciaré las clases la próxima semana —le dije.

Éstas son las oficinas, pero las clases se imparten en el edificio “Eguzki-Eder. ¿Conoce usted esa nueva construcción dedicada a oficinas y centros varios que se encuentra a la salida de la ciudad? Pues allí es. Vaya usted el lunes a las diez de la mañana, al departamento cuatrocientos cuarenta y cinco. Para el primer día no hace falta que lleve pinceles ni material alguno, ya que, al ser clases en cierto modo personalizadas o individuales, será instruido en las gamas cromáticas mediante vídeos y diapositivas. Eso sí, lleve una bata, porque quizá le inviten a realizar alguna mezcla de colores y a combinar tonos.

A las diez menos cuarto llegué al flamante edificio. En su totalidad estaba destinado a despachos, oficinas, consultorios diversos, academias y ¡qué se yo! Incluso, en la cuarta planta, en donde se hallaba el “Centro para el ...etc. existía —según leí en el amplio cartel del vestíbulo—, un consultorio médico que, al parecer, tenía que ver con algún igualatorio privado. En aquel piso y entre un sinfín de puertas, localicé la cuatrocientas cuarenta y cinco, que pertenecía a mi nuevo centro de aprendizaje. Me recibió una jovencita de pocas carnes y menos luces en su cerebro.

Sí... sí... Puede usted dejar el abrigo en esos colgadores del vestíbulo. Póngase la bata y vaya, por favor, a la tercera..., no, a la cuarta..., bueno, no importa. Saliendo al pasillo, a la izquierda, verá la puerta de nuestro Centro.

Mi timidez me impidió recabar datos más precisos, así que, sin más preguntas me encontré en el pasillo de la cuarta planta, ataviado con mi impoluta bata blanca que mi cónyuge se había empeñado en lavar con el detergente, ese luminoso que limpia, aclara y da esplendor. Las puertas se me ofrecían todas iguales y, a pesar de ser un edificio de nueva construcción, se veían algunos rótulos despegados y mutilados. Conté, tres... cuatro... A mi izquierda se veía una puerta como todas las otras, con un letrero roto, que en su inicio decía «Centr...» “Aquí es”, me dije. Dos discretos golpecitos en la puerta y accedí al interior.

¡Ya es hora! ¿No le parece?
Señora, todavía no son las diez...
Pues ya llevo casi un cuarto de hora esperando. Por lo visto, hoy no han encendido la calefacción y me estoy quedando helada, —exclamó mi presunta modelo.

¡Joder con la academia ésta! Vaya una organización desastrosa. Me dicen que el primer día no traiga material pictórico y me preparan una señora para que pinte un desnudo femenino.” pensé.

Bueno, ¿me reconoce, sí o no?
Pues... la verdad, así... al pronto...
¡Oiga, ya está bien de espera para que, ahora, me venga usted con dudas. Estoy dispuesta a presentar una denuncia en toda regla contra el Igualatorio!

La señora se mostraba beligerante en sumo grado. Sus bonitos ojos despedían rabiosos destellos y, pusilánime que es uno, me dejé llevar.

Si usted insiste, señora...
¡Cómo que si insisto! “¡Desnúdese usted que, en un minuto, viene el doctor!”, me dijo la enfermera, y aquí me tiene, aterida de frío. No creo yo que para que a una le realicen una mamografía tenga necesidad de tan larga espera.

Mis conocimientos de medicina se reducen a colocar una tirita en el correspondiente rasguño y poco más, pero ante aquella belicosa y enfadada treintañera, tuve que adoptar una actitud hipocrática, que no hipócrita, porque el investigar en aquel terreno no me disgustaba, en absoluto.

Vamos a ver, señora... —fue mi preámbulo a la palpación que iniciaba. Primero el derecho, luego el izquierdo, para cambiar seguidamente y volver al comienzo. Mis manos no paraban de “reconocer” a los posibles “enfermos”. Del rincón más profundo de mi cerebro, emergía un rijoso pensamiento diciéndome que aquello de la medicina no estaba nada mal.
¿Nota alguna dureza? —me preguntó la paciente.
¡Hombre!... Todavía... Voy a insistir, a ver si la noto —y seguí explorando. La verdad es que, aquellas gemelas estaban duras, pero no por tumores ni gaitas, sino “per se”.
¿Por qué tarda tanto en el reconocimiento? ¿Es que nota algo anormal?
Señora, todo está normalísimo en este examen previo.
El que no estaba del todo normal era el aspirante a pintor que, ahora empezaba a pensar si no era mejor estudiar medicina.
Hemos acabado con esta fase —dije a mi “paciente” al tiempo que pensaba que, pocas veces se habrá utilizado esa palabra con más justicia.

Seguidamente, la joven, sin duda con alguna experiencia anterior en semejantes menesteres, pasó a la habitación contigua y depositó sus senos en el soporte de la máquina destinado a tal efecto. Metido como estaba en semejante embrollo usurpador, a estas alturas, no podía empezar con aclaraciones, así que decidí seguir adelante con la mamografía. Tiré de palancas, actué sobre mandos giratorios y pulsé botones a la buena de dios. Se encendieron luces, se iluminaron pantallas y comenzaron a aparecer gráficos y diagramas varios. Yo solamente quería que no saltase alguna chispa al exterior y chamuscase algún bonito seno de la guapa joven. Al parecer hubo suerte y los dos —por turnos— salieron del artilugio tan turgentes y pimpantes como entraron. 
 
Terminada la sesión y una vez vestida la mujer, se disculpó:
—Perdóneme doctor Repap por mi airado recibimiento, pero es que me estaba poniendo nerviosa con la espera. Por lo demás, debo decirle que estoy contenta de cómo se ha conducido en su trabajo. He quedado muy complacida.
—Por favor, señora, no se disculpe. El placer ha sido mío —dije poniendo en mi respuesta el mayor énfasis de veracidad que fui capaz. —Tendré que estudiar los datos que me ha suministrado la máquina y, acto seguido, nuestro departamento de atención al cliente le remitirá el correspondiente informe.
—Muchas gracias.

Al tiempo, yo no hacía más que preguntarme: ¿por qué me habrá llamado doctor Repap? Habitualmente soy de lentas reacciones, pero en alguna ocasión, mis neuronas aciertan a la primera y, en este caso, pude deducir que las letras de mi supuesto apellido —impresas en el bolsillo superior de mi bata— y que correspondían a la firma confeccionadora de la prenda, “Ropa Elaborada Para Actividades Profesionales” (REPAP), eran las que me apellidaban. 
 
—Perdón, doctor. ¿Puedo hacerle una pregunta de carácter personal?
—No faltaba más. Usted dirá.
—Ese apellido suyo, ¿no es de por aquí, verdad?
—Tiene razón. Mi padre emigró desde Hungría hace muchos años y, como es lógico, a mí me tocó heredar su apellido —dije al tiempo que sin darme cuenta, mis palabras adquirían un supuesto tono magiar y de forma involuntaria, semicerraba los ojos para darles un aspecto ligeramente oriental.
—Mire, doctor, este verano pienso acudir a este centro para que me sea realizada una completa exploración ginecológica y voy a pedir a la dirección del Igualatorio que me la realice usted en lugar del doctor García.
—¡No! ¡Por Dios! Yo... este verano... estaré... de vacaciones.
—Bueno, pues pospondré la cita hasta el otoño. Por un par de meses, no va a ocurrir nada.
—Señora, le agradezco la confianza que ha depositado en mi quehacer profesional y, aunque estaría complacidísimo en realizarle el reconocimiento, aquí, inter nos, debo confesarle que no está bien visto en la Compañía que los médicos nos quitemos los pacientes, unos a otros. Además, el doctor García es un profesional muy competente.
Con estas palabras pude convencer a la recalcitrante dama. La acompañé hasta la puerta, la despedí con toda la amabilidad de que soy capaz y, haciendo un desordenado e informe bulto con mi flamante “Repap”, salí al pasillo, recogí al vuelo mi abrigo y continué mi marcha hasta llegar al vestíbulo de la planta baja. Alcanzada la calle, respiré hondo e inicié el largo paseo hacia mi casa.

* * *

¡Coño, Anselmo! ¿Qué haces por aquí? —inquirió mi amigo Felipe, al tiempo que palmeaba confianzudamente mi hombro.
—Pues, ya ves. He venido para comenzar una nueva andadura en mi aprendizaje de pintor —respondí.
—Y, ¿qué tal? Cuéntame.
—Pues... normal... Un poco complicado el asunto, pero lo he pasado bien. Me ha tocado manipular una máquina que desconocía y también he tenido contacto muy directo con elementos agradables y excitantes. ¡Qué le iba a decir! A veces es más creíble una verdad a medias, e incluso una mentira, que la verdad desnuda.
—Y..., tú, Felipe, ¿cómo por este barrio?
—Pues nada, hombre. Que mi mujer se ha empeñado en que venga a esperarla. Esta mañana tenía que hacerse una mamografía.


Agustín Mañero
15/1/1997