28 mar. 2011

EL LECTOR (Bernhard Schlink)

Bernhard Schlink


Autor: grupo ARGIA

Luciano Murillo
Luisi Miranda
Carmen Blanco-Argibay
Alberto Lázaro
Juan Mari Goikoetxea


EL LECTOR

Un amor imposible entre un joven adolescente y una mujer madura, la atracción física, la seducción.

Un proceso judicial con el nazismo como telón de fondo.

Una recreación del doloroso y ambiguo sentir de la sociedad alemana frente a su pasado nazi.

Una defensa de la libertad y la dignidad personal.

La novela de Bernhard Schlink plantea todas estas cuestiones profundas y lo hace con un lenguaje sencillo, claro y ágil.

Nacido en 1944 en Bielefeld ( Alemania) hijo de padre luterano y madre calvinista, B. Schlink fue juez de profesión y escritor. Por su novela “El lector” recibió numerosos premios en Alemania y diversos países europeos. Dada la extraordinaria acogida del libro, Stephen Daldry dirigió una película con el mismo título que la novela.

En parte autobiográfica, el autor nos cuenta su ¿historia personal? a través de Michael Berg, el protagonista y narrador del relato.

Berg, especializado en Historia del Derecho, rememora la historia de su vida, desde su adolescencia y sus primeros amores hasta su madurez.

Cuando tenía 15 años aparece en su vida Hanna Schmitz, una revisora de tranvía, veinte años mayor que él, de la que se enamora. La relación se mantiene con una condición: para continuar viéndola, él debe leerle fragmentos de obras literarias antes de cada encuentro amoroso. Para entender mejor este enigmático y ambiguo amor/pasión, veamos los pensamientos de Michael:

Me acuerdo de la deliciosa sensación de calidez y del placer que me producía que mi madre me lavara y me vistiera en medio de aquella calidez. Cada vez que me acordaba de aquella escena, me preguntaba por qué mi madre me había mimado de tal modo aquel día”
“Años más tarde comprendí que lo que había cautivado mi mirada no había sido su figura, sino sus posturas y sus movimientos”
“No teníamos un mundo en común; ella se limitaba a concederme en su vida el espacio que le convenía. Y yo tenía que conformarme”.

Así transcurre su adolescencia, hasta que un día ella desaparece.

“El verano fue el vuelo sin motor de nuestro amor. O, mejor dicho, de mi amor por Hanna; de su amor por mí no sé nada.”
“Cuando empecé a tomar parte de la vida social con gente de mi edad, la vida ya no giraba en torno a ella. Empecé a preguntarme si prefería estar con mis amigos o con ella. Hanna advirtió este cambio y no le gustó y me ignoró. Y eso tampoco me gustó a mí y me sentí lleno de rencor”.
“La mirada fría de la piscina se convirtió en el símbolo de mi desinterés, que me había hecho negarla y traicionarla. Y ella, para castigarme, se fue”.

Siete años más tarde la volvió a ver. Para preparar la tesis de su carrera, acepta asistir a un juicio donde son juzgadas cinco guardianas de las SS, acusadas de enviar a las cámaras de gas a miles de mujeres prisioneras y del aberrante delito de no socorrer a cientos de ellas encerradas en una iglesia en llamas. Una de las guardianas era Hanna.

Aturdido por este brutal descubrimiento, se debate entre los sentimientos y la conciencia, la comprensión y la condena. Trata de comprender qué llevó a Hanna a cometer esas atrocidades, trata de descubrir quién es en realidad la mujer a la que amó.

Quería comprender y al mismo tiempo condenar el crimen de Hanna. Pero su crimen era demasiado terrible. Quería tener sitio en mi interior para ambas cosas: la comprensión y la condena. Pero las dos cosas al mismo tiempo no podían ser”…


Durante el juicio, Hanna mostraba un sentimiento de desconcierto e impotencia, dado que creía haber actuado en cumplimiento de su deber, su responsabilidad, el orden establecido. Ella simplemente realizaba su trabajo.

“Luchaba por su verdad, por su justicia. Luchaba siempre, no para demostrar de lo que era capaz, sino para ocultar lo que no era capaz”.

Su comportamiento le parece natural y en una ocasión le pregunta al juez: ¿”Qué habría hecho usted en mi lugar”?, creando un momento de duda y reflexión acerca de cuál hubiera sido el proceder de cada uno de los presentes.

En el transcurso del juicio se abordan también otros problemas de conciencia, como el de la responsabilidad individual frente a los crímenes nazis. Queda flotando la pregunta y la respuesta entre las páginas: ¿la ejecución de los judíos puede entenderse sólo como un deber para los soldados subalternos? ¿pueden quedar libres de culpa quienes fueron ordenados a hacerlo? ¿Hasta qué punto se hace justicia cuando se castiga a quienes no han sido los verdaderos cerebros de los hechos?

“Hoy, cuando pienso en aquellos años me pregunto algo que ya por entonces empecé a cuestionarme: ¿cómo debíamos interpretar la segunda generación, la mía, la información que recibíamos sobre los horrores del exterminio de los judíos? No podemos aspirar a comprender lo que en sí es incomprensible, ni tenemos derecho a comparar lo que en sí es incomparable, ni a hacer preguntas. ¿Debemos asumirlo, pues, como algo ante lo que sólo se puede enmudecer, presa del espanto, la vergüenza y la culpabilidad? Sólo me pregunto si las cosas debían ser así: unos pocos condenados y castigados, y nosotros, la generación siguiente, enmudecida por el espanto, la vergüenza y la culpabilidad.”

La culpabilidad colectiva, otra cuestión de conciencia que Michael no puede eludir, fue de hecho una realidad para la siguiente generación de estudiantes. No era el típico conflicto entre dos generaciones.

A veces pienso que el verdadero motor del movimiento estudiantil era un conflicto generacional, y la revisión crítica del pasado nazi una mera pose que adoptaba el movimiento. Toda generación tiene el deber de rechazar lo que sus padres esperan de ella. En este caso resultaba más fácil, ya que esos mismos padres quedaban desautorizados por el hecho de no haber sabido plantar cara al Tercer Reich, ni siquiera a posteriori. Pero los hijos que no podían o no querían reprocharles nada a sus padres también se veían confrontados con el pasado nazi”.

Debido a la manera contradictoria de defenderse ante el magistrado, Michael llega al convencimiento de que Hanna esconde un secreto, y la vergüenza y el orgullo le impide confesarlo, dejando que el proceso continúe su curso hasta recibir la temible sentencia.

Tras descubrir el secreto, Michael se debate en un doloroso dilema:
Intentar ayudarla contando lo que sabía:

Hasta entonces yo había sido espectador, pero ahora me veía implicado, podía intervenir, podía influir en la decisión final”.

O respetar su libertad personal y su dignidad:
Y tampoco me parecería bien que yo traicionase, a cambio de unos cuantos años de cárcel, la imagen que había querido dar de sí misma. Ese trueque sólo podía hacerlo ella, pero no lo hacía, así que estaba claro que no quería hacerlo. Para ella, su imagen valía esos años de cárcel”.

Mientras Hanna padece su condena recluida en la cárcel, Michael comienza a enviarle cintas con grabaciones de lecturas hechas expresamente para ella, reviviendo así la experiencia de los primeros años. Pero jamás le habla en ellas de algo personal. Acude a visitarla en prisión y descubre con amargura que se siente distante y confundido ante ella.

“Le había reservado un rincón importante que me aportara algo, pero no estaba dispuesto a concederle un lugar en mi vida”

Buscando una forma de huir del desafío y la responsabilidad de la vida, Michael se dedica a la investigación como profesor de Historia del Derecho,

“Quería tender puentes entre el pasado y el presente, observar ambas orillas y tomar parte activa en ambas”.
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Síntesis:
“El Lector” nos permite penetrar en la problemática social y moral que vivió la sociedad alemana una vez finalizada la segunda guerra mundial.

La obra se apoya en la imposible historia de amor entre un muchacho de 15 años y una mujer de 35. Dos generaciones distintas, dos responsabilidades distintas. Dos sentimientos de culpabilidad distintos.

Michael encarna una nueva generación de jóvenes sobre los que recae la responsabilidad de construir una nueva Alemania, un Estado democrático que sea capaz de integrar a cómplices y victimas. Ello implicaba, sin duda, abrir un conflicto generacional que les alejara de sus propios padres y sus dudosas implicaciones con el pasado, y que a su vez les liberara de la culpa y vergüenza ajena ante sí mismos y ante el mundo.

Hanna simboliza al verdugo, al cómplice. ¿Lo sabían o no querían saberlo?¿Qué grado de responsabilidad se puede atribuir al que cumplía órdenes?¿Se puede considerar como atenuante la impotencia, el embrutecimiento a que fueron sometidas sus voluntades a causa de la reiterada práctica de actos atroces y de la exposición continuada a situaciones extremas?

El autor B. Schilink no emite juicios ni hace valoración alguna sobre estos profundos conceptos. Incita al lector a reflexionar y le invita a sacar sus propias conclusiones.

FUENTES:
Schlink, Bernhard (Bielefeld, 1944). El Lector (Zurich, 1995). Editorial Anagrama.

4 comentarios:

  1. Muy bien ARGIA. La lectura de esta inquietante novela la habéis reflejado con vehemencia en vuestro discurso. Y habiendo visto la película, sin leer el libro, quizás sea el momento de ponerme "ojos a la lectura".
    Gracias por destriparnosla.

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  2. ARantza, su lectura te la recomiendo fervientemente. Es de lectura fácil, pero se requiere concentración para no perderse la profundidad de sus diversos matices. Hemos pretendido mantener la trama y el desenlace de la manera más encubierta posible, de modo que no reste interés al posible lector.

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  3. JuanM. de acuerdo con tus indicaciones lo he leído con calma, me ha interesado mucho, he visto la peli pero no leído la novela. Se me acumula el trabajo, El lector,Los mandarines...
    Soy partidaria del "menos es mas" y por lo tanto me ha parecido un poco extenso, sin la frescuera que, para mi pobre ignorante, tenía vuestro anterior trabajo, aún a riesgo de quedar corto; en fin es cuestión de estilos.
    Además Ainhoa me dijo el día pasado que lo importante no es que leamos lo que los demás hacen sino que seamos capaces de trabajar en equipo y nos decidamos a escribir (bueno es lo que yo entendí).
    Pues mira, creo que en general somos bastante mejores de lo que creíamos.
    Gracias y saludos a ARGIA

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  4. La lectura es algo que creo muy personal. Leer un libro por obligación o porque toca es contraproducente. Lo que pasa es que hay personas que si no lo toma como obligación, no se anima a dar el paso.

    En los grupos siempre hay alguna persona especialmente entusiasta que impulsa esa lectura a quienes necesitan tener a alguien que les dé un empujón.

    Espero que esta sección del Rincón de Lectura os anime a leer un poco más, o quizá obras que no leeríais si no os hubieran animado pero que merecen la pena.

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