2 mar. 2014

Una sonrisa, un recordatorio a nuestra querida compañera Amaia Altuna


Así era ella: una sonrisa. Sonrisa amable, abierta y acogedora. Sonrisa que prometía una escucha atenta, una complicidad para con su interlocutor y una sintonía incondicional. Eso era lo que se percibía de Amaia, al primer vistazo. Al tiempo, ofrecía su simpatía y su gesto amable y animoso.
Con frecuencia y entre mil temas, surgía el monte con las vivencias que ella había disfrutado. Paseos por el Pirineo, marchas sobre la nieve apoyadas sobre raquetas, excursiones y jornadas sin cuento por trochas y veredas.
¡Cuántas veces me llevó con ella en su evocadora andadura desde la sala del barracón de la UPV!
Luego, una sonrisa de despedida, una cariñosa palmada y un “hasta luego” al entrar en el aula. Ese “hasta luego” que, por desgracia, ya será definitivo.
Muy condensado, este es el imborrable y emocionado recuerdo que me queda de Amaia Altuna.
Hasta siempre.
A.M.
28 febrero de 2014
  
Cuando sepas hallar una sonrisa


Cuando sepas hallar una sonrisa
en la gota sutil que se rezuma
de las porosas piedras, en la bruma,
en el sol, en el ave y en la brisa;

cuando nada a tus ojos quede inerte,
ni informe, ni incoloro, ni lejano,
y penetres la vida y el arcano
del silencio, las sombras y la muerte;

cuando tiendas la vista a los diversos
rumbos del cosmos, y tu esfuerzo propio
sea como potente microscopio
que va hallando invisibles universos;

entonces en las flamas de la hoguera
de un amor infinito y sobrehumano,
como el santo de Asís, dirás hermano
al árbol, al celaje y a la fiera.

Sentirás en la inmensa muchedumbre
de seres y de cosas tu ser mismo;
serás todo pavor con el abismo
y serás todo orgullo con la cumbre.

Sacudirá tu amor el polvo infecto
que macula el blancor de la azucena,
bendecirás las márgenes de arena
y adorarás el vuelo del insecto;

y besarás el garfio del espino
y el sedeño ropaje de las dalias...
Y quitarás piadoso tus sandalias
por no herir a las piedras del camino.



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