24 ene. 2014

Breve, pero intensa, de Agustín Mañero

 
BREVE, PERO INTENSA

María Dolores Vargas, “La Corralera”, se casó a los dieciocho años.

María Dolores Vargas, “La Corralera”, fue madre a los diecisiete y María Dolores Vargas, “La Corralera”, abandonó definitivamente su hogar a los dieciséis.

Por la necesidad, el hambre y la sordidez del ambiente, lo tenía decidido desde los quince, pero María Dolores Vargas, “La Corralera”, lo retrasó un año.

A los catorce, perdió el virgo. La virginidad, ya la tenía perdida.

A los trece años, se escapó por unos días de la corrala, huyendo del acoso de Toñín, “El Churumbel”, primo hermano suyo que quería empujarla contra la tapia de la huerta del “Tío Melones”.

Con doce años, María Dolores Vargas, “La Corralera”, ejercía de alcahueta.

Con once, ejercía de alcahueta, pero sin saberlo.

A los diez, jugaba con otros niños y robaba en mercados y chatarrerías.

Apenas tenía nueve años y ya cuidaba de sus hermanos, los churumbeles de “La Palmera”, su madre, mientras ésta manejaba sus “dátiles” aligerando carteras.

Los ocho estuvieron ocupados por aprendizajes varios: acarrear leña, llenar el botijo y lavar sus bragas. Hasta entonces no las había tenido.

Alguien quiso que a los siete, María Dolores Vargas, “La Corralera” hiciese la primera comunión. Fue un intento fallido. Por entonces, comenzó a competir con los chicos para ver quién meaba más lejos. Alguna vez, ganó.

Con seis años, jugaba a papás y mamás, a médicos y enfermeras. Fue entonces cuando su mente tomó conciencia de la desigualdad anatómica que siempre había visto, pero no meditado.

A los cinco ya tiraba piedras a los perros y a los vecinos. La Guardia Civil tampoco se libró de algún cantazo suyo.

Llegando a los cuatro añitos se sorbía los mocos.

Aunque ella ya no se acordaba, con tres, jugaba con barro. Para hacer la pasta hacía “pis” en la tierra.

¿Con dos años? Pues al cumplirlos, disputaba por la teta. Había dos tetas donde chupar y tres bocas para hacerlo. La suya, la del “Canillas”, compañero de su madre, y la de don Servando, un abuelo en la familia, viejo y desdentado, que, de vez en cuando y con pretexto de alimentarse, también le daba un tiento a los pezones de “La Palmera”.

¿Y con uno? ¿Qué va a hacer una niña a esa edad, aunque ésta se llame María Dolores Vargas “La Corralera”? Pues lo que hacen todos los pequeños a esa edad. ¡Eso sí! Aquel año no tuvo que competir por la teta.

¿Y al nacer? Al nacer no se puede pensar, pero de haber sabido lo que le esperaba, María Dolores Vargas “La Corralera” se hubiese vuelto por donde salió: al abrigo uterino.


Agustín Mañero

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