8 feb. 2013

Reposo de camarada

Autor: Agustín Mañero
25 de abril de 2012

Minúsculo, cabriolea por entre peñas, el neonato arroyuelo que abandona el manantial. Retoza saltarín, mientras el orto se mira en sus breves aguas.  A cada salto, parece añadir a su caudal una gota; a cada brinco, un reflejo; a cada murmullo, un gozo. Crece con hilillos plateados que unen su discurrir al  brillo húmedo que canta entre los cantos.

Toma altura el sol; con las horas, se distancian agua y luz, aunque esta última, tenaz y porfiada, persigue con sus rayos al riacho. Febo, en su parábola, va intensificando su luminosidad, con la que pinta de tierra la ya impetuosa vena que corre líquida. 

Mediado el día, ambos se sosiegan: remansa el agua; sonríe el sol. Cómplice, la placidez se establece en su relación, en ese trato tácito que, perseverante, cada mañana se reanuda a través del tiempo.

Cuando los pastores agrupan su rebaño y los labriegos dan de mano su labor, río y sol, con sus impulsos calmados, caminan juntos hacia su ocaso. Anchurosa y con pereza, remolonea la corriente que, en su ruta hacia el mar, ha ido acogiendo las aguas tributarias que hacia ella discurren. El sol, por su parte, se dispone a descansar en aquel paraje y opta por acostarse en el agua amansada que -a ras de tierra-  le ha acompañado en su andadura diaria. Va muriendo la luz. Sin que se perciba el cambio de cada instante, éste se produce inexorable.

La roja e incandescente bola, que a lo largo del día se ha mostrado altiva, pierde fuerza, pierde luz, pierde vida. Con cuidado, como la tímida dama que cata con su pie la temperatura del baño, así procede el rey del cielo al acercarse a su lecho húmedo y blando. El borde del disco roza, apenas, las aguas del río; puede que se le antojen frías, pero su cansancio rechaza remilgos y recuesta, en el colchón líquido, la agonizante luz.

Antes de su despedida, todavía tiene fuerza para lanzar unas postreras refulgencias hacia los nimbos que se acercan en la anochecida para arroparle con sus algodones rosados y que permiten a los cursis, como yo, dedicar unas palabras a unos macilentos rayos crepusculares que se ahogan.



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