14 feb. 2013

La visita y el autor

Autor: Agustín Mañero.
9/3/2001

A comienzos del 2001, traído por una señora rubia que le conocía, nos visitó en el Taller de Creación literaria Jorge González Aranguren, escritor y poeta donostiarra. Fue una charla amable y distendida en la que se realizaron muchas preguntas. Al final, como casi siempre ocurre, no sacamos nada en limpio, pero estuvo bastante entretenida la visita.

Tiempo después, he llegado a tener cierto trato con el protagonista. Es persona amable y dialogante.




LA VISITA Y EL AUTOR

Y llegó; llegó el escritor y conmovió el aula toda,

gozosos quedaron los hombres, encantadas las señoras.

¿La intermediaria?, rubia y muda;

y... ¿las profesoras?



El poeta se extendió mucho;

habló sin pausa o descanso,

habló sin dudas, sin miedos,

pero... ¿por qué se esforzó tanto?



Habló con ágil palabra,

con enjundia, con encanto,

escuchó muchas preguntas:

ninguna pasó por alto.



Narró vivencias, trabajos;

relación con prostitutas

y algunos encuentros amargos

con las putas disolutas.



Quiso enseñarnos algo;

ver en un breve momento

el proceso extenso o parvo,

de cómo se escribe un cuento con argumento fundado.



Tuvo palabras amables,

tuvo simpático el gesto,

expresiones muy sociables,

¿se puede pedir más que esto?



Manolo le habló de la guerra y del exilio impuesto.

Jorge contestó que a él, todo le importó un pimiento.

No por no sentirlo, no por no quererlo, no por pasar de todo...,

es que no fue su momento.



Con acento peruano le pidieron opiniones,

argucias, pasos; ideas para las publicaciones.

Insistió la americana y

él contestó con razones,

algunos de los que allí estábamos,

estábamos hasta los c...

Si no publicamos nada,

si en cuenta no nos van a tener

¿para qué tanta paliza?

¿para qué tanto joder?



Y después de atardecer,

destacó una amiga nuestra en el diálogo con él.

“¡Cómo te admiro, maestro! ¡Qué gozo tu proceder!

¿Cómo adjetivas los nombres?

¿Cómo el adverbio poner?

Junto al verbo o..., más lejos,

¿cómo lo puedo saber?”



“Desengáñate cariño, nadie tiene ni idea, mujer.

Sinceramente te digo que no se sabe qué hacer.

¿qué aquí cae un adverbio?, pues bien;

¿qué más allá un adjetivo?, veremos si puede ser.

No te preocupes por eso que, al parecer,

ya hay autores que prescinden

en actitud enigmática,

(pasándoselos por la entrepierna)

de léxico y de gramática.”



“Tendrán razones capaces,

¿no es así, Jorge González?

Dices cosas tan veraces,

que convences al instante.”



Y siguió la compañera

inquisidora y constante,

con pregunta tras pregunta,

bueno; recalcitrante:



“Para acabar mi alabanza

se me ocurre dedicarte

un piropo, dicho aparte,

que completa tu semblanza.



En el músculo cardíaco,

tú, !oh Jorge loado!

en vez de venas y arterias

tienes pétalos rosados

que nos dejan admirados.

Loor a ti, González.

Loor a ti, poeta.

¿Te veremos otra vez

por aquesta, nuestra fiesta?”



Esto es, a modo breve, lo que dio de sí el encuentro.

Yo, ni salgo ni entro, pero ... ¿produjo contento?

Si así es, a celebrarlo. Si no, criticarlo es bueno.

Oímos muchas ideas sobre alguno que otro cuento.

Sano es para nosotros contrastar conocimientos.



Uno, conocedor de situaciones, de fracasos y de intentos,

se abstiene de juzgar este y otros eventos.

¿Que nos seguimos citando con prosistas y poetas?

¿qué mañana nos visita don Camilo José Cela?

Por mí, bienvenido sea.

Quizá podamos mostrarle cómo,

para rimar o escribir en prosa,

no hace falta liar,

embarullar y confundir las cosas.



Por último, un par de vivas para acabar de una vez.

¡Vivan nuestros escritos que derrochan nitidez!

¡Vivan los escritores que ven lejos su vejez!

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