13 nov. 2012

Celestina Luna, de Lagerstroemia

Autor: Agustín Mañero
Enero de 2012


Sería culpa de la luna llena, pero el caso es que por la savia de su albura, le subía un calor desconocido, tierno y arrebatador. Aquel cosquilleo posiblemente fuese lo que llaman amor, sentimiento que nunca había experimentado. 

         Llevaba viéndolo treinta años y jamás le había parecido tan guapo. Quizá fuesen los plateados rayos lunares que brillaban en el borde de sus hojas, quizá el rítmico balanceo de sus ramas mecidas por el viento, quizá… No lo sabía con certeza, pero el caso es que aquel roble, tan alto y tan buen mozo, le había robado el corazón. 

         El haya, coqueta, aprovechando un breve soplo de aire, le lanzó por entre sus ramillas un silbido admirativo, recabando su atención. Respondió él agitando sus ramas con toda la fuerza de su poderío, mientras sus hojas —algunas ya resecas—, entrechocaban con la alegría de la castañuela y el júbilo de la pandereta. 

         Se amaron. 

         Para consumar ese amor, ella dejó caer su más hermoso hayuco que fue a dar junto a su amado y él, conmovido, depositó su bellota más lustrosa contigua al preciado regalo.


Hoy, a la vera del cortafuegos, crece un esplendoroso híbrido fruto de una pasión vegetal.  

Lagerstroemia

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