31 dic. 2017

Manuela, de Manuel Halcón

Manuela (1970) es una novela con vida propia. Esto empieza porque Javi, después de sacar la lista de reproducción de la banda sonora de la película, llega a una tienda de libros de segunda mano y ahí que aparece el libro, a su vista.

Como confiesa Manuel Halcón (Sevilla, 1900-Madrid, 1989) -a quien he dedicado el siguiente post- la novela la crea ella, Manuela, no tanto por lo que dice sino por lo que cuenta a través de lo que hace. La novela se le va de las manos y fluye ligera, sin heroicidades ni personajes antagónicos.

La primera impresión que me vino fue "este hombre sabe escribir", ¿qué es ese "saber escribir"? Y es que pone las palabras justas, dice lo que tiene que decir y ya. Y lo dice muy bien. No se enreda en descripciones de lucimiento del escritor, tampoco las necesita para que a su lectura una vea, se imagine. Son los hechos los que hacen surgir la imagen. No es paisaje ni personajes, sino la vida, la vida en el campo sevillano, una vida donde hay pobreza y dignidad, riqueza e indignidad.

Recuerda, en su forma de escribir la novela, a Pío Baroja, así que le decían que "estaba desfasada", que ese realismo "ya no se lleva", que no era moderno. Tal vez con un matiz en la forma de contar las cosas: si l@s vasc@s solemos ir con el verbo, l@s andaluces van con el sustantivo, y si l@s vasc@s vamos direct@s, l@s andaluces van "por derecho". Eso es lo que creo que diferencia la narrativa de Baroja de la de Halcón en esta novela, con esa forma tan sevillana de ir dejando las cosas bien claras pero sin dejarlas claras del todo, un "sí pero no", un "ya se verá".

La novela comienza con una denuncia de la impunidad de quien ostenta el Poder, no apelando a la Justicia (que bien sabemos que está siempre a favor de quien manda) sino a la dignidad humana. Que a su padre lo dispararon a matar, que no fue un forcejeo, que le dispararon de lejos directo a la cabeza, y que quien mandó matar a su padre no merecía descanso, ni en vida ni en su muerte. Así, el asesino murió por una enfermedad no reconocible, y en su entierro, Manuela, que entonces tenía 14 años, zapateó sobre su tumba. En la película de la novela, lo hace delante del féretro (con música de Triana), aunque en la novela baila ya sobre su lápida, ya enterrado.


A partir de ahí, va contando la vida de Manuela, una mujer bella, que vende melones en la carretera y que muchos hombres desean, y aunque algunos ricos pretenden comprarla, ella prefiere vivir en la pobreza sin deber nada a nadie.

Dejo aquí un par de escenas que me han gustado mucho y que no quitan a quien quiera leerse la novela el gusto de ir sabiendo lo que pasa. Por cierto, la novela se lee del tirón.


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El descontento de la madre se manifestó en la negativa a que el matrimonio viviese en su casa. "Que ellos se las arreglasen". Obstáculo que no les hizo desistir a los novios. Con lo que, en vista de que no pudo casar a su hija con un rico, la condenó a que fuese aún más pobre de lo que la correspondía ser, dejándolos en la calle.

Cuando don Ramón se acercó con el caballo a la cuadrilla que estaba castrando el maíz, uno de los trabajadores suspendió la faena y se acercó casi hasta rozar el estribo, como para hacerle una confidencia. A don Ramón, que llevaba fama de campechano, no le extrañaban estos abordajes.
-Don Ramón, le voya pedir a usted un favor.
-Tú dirás.
-Que me ceda una "carretá" de junco para techar una choza. Le pagaré un tanto por semana.
-¿Una choza?
-Sí. Es que nos casamos Manuela y yo, y no tenemos dónde meternos. Los muros los voy haciendo ya de material, pero la techumbre tiene que ser de junco.
Don Ramón, silencioso admirador de Manuela, que estaba enterado de la oposición de la madre, protestó:
-Pero, hombre, ¿a una mujer como tu novia la vas a meter en una choza?
-¿Qué quiere que haga si no hay para otra cosa?
-Pues lo que hacen los otros, esperar, ahorrar.

Antonio echó medio paso atrás y miró a don Ramón de medio lado. Alzó la mirada pero no la frente, y dijo:
-Don Ramón, si me deja usted que le diga una cosa.
-Dila.
Antonio echó por delante una sonrisa.
-¿Si usted se viera de pronto con una mujer de la categoría de Manuela que le dijera vámonos, usted no se metería con ella, aunque fuese en una choza?

Molesta, antipática, cínica pregunta, hecha por un inconsciente, pensó don Ramón.
-Me metería, no digo en una choza, en un bocoy, pero no para vivir para siempre.

¡Verse ante una mujer como Manuela! Él le hubiese puesto un piso lujoso en Sevilla, pero sin casorio. Don Ramón representaba el convencionalismo tradicional de la burguesía campera. Añadió:
-Yo no doy nada para una choza. Eso quisieran los demagogos y algún que otro cura al acecho de motivos para meterse con los ricos. Te daré unas planchas de uralita y los palos necesarios para que formes la techumbre. Será mi regalo de bodas.
-Gracias, don Ramón. Es usted un barbián, ya lo sabía.

Pero Manuela dijo no, que la uralita no, que da mucho calor en verano. Antonio resolvió el primer obstáculo que le ponía su novia haciendo lo que le pareció mejor sin contar con ella. Recogió la uralita y, con permiso de don Ramón, la vendió y aprovechó los palos para una buena techumbre de junco que era lo que los dos habían pensado. Total, la choza.
(pp. 40-42).

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Un coche de lujo se detuvo ante el puesto de melones de Manuela. El conductor la miró a ella. Ni una mirada al montón.
-¿Me quieres traer media docena?
Manuela puso seis melones en el esportón y los acercó al coche.
El hombre, sin dejar el asiento, los recibió uno a uno y luego le alargó un billete.
-¿Ahí vives?
Manuela asintió con la cabeza mientras le daba la vuelta con el billete.
-¿Y cómo siendo tan guapa vives en una choza?
-¿Y cómo siendo usted tan esaborío vive en un palacio? Tome usted su vuelta; treinta y ocho pesetas y doce de los melones son cincuenta.
Era la primera vez que Marcos González se oia llamar algo que no reflejase admiración o agrado. No se resignó a que aquello pudiera ser verdad. Forzó una sonrisa.
-Oye, ¿esaborío por qué?
Manuela se limitó a alargar la mano con la vuelta.
-No; quédate con eso.
-Gracias.

Manuela no dudó en guardarse la generosa propina y comprendió que qué menos que dar una contestación.
-Esaborío es poco para una persona que viene despreciándola a una. ¿Usted qué sabe si yo, en esa choza, vivo con mi marido más a gusto que usted en su palacio?
-No, guapa, yo sé que en una choza se podrá ser feliz un rato, pero no una semana. Y ahora dime, ¿por qué lo de esaborío?
-Por no decirle a usted otra cosa. Esaborío no hace daño a nadie. Con Dios.

Echó a andar hacia la choza con aire de no volverse a acordar de lo que dejaba atrás. Marcos González estuvo viéndola ir, apostándose consigo mismo a que la melonera volviera la cara para mirarlo desde lejos. Perdió la apuesta. Manuela se fue derecha al pozo y se puso a sacar agua en el cubo hasta llenar el pilón.

Marcos González pisó el embrague: "mira que si vivo engañado creyéndome gracioso y soy esaborío?" Arrancó el coche. "Bien mirado, los que me ríen las gracias son gentes que dependen de mí". Admitió que se había hecho famoso por sus barbaridades, con sus generosidades, con sus éxitos con las mujeres, pero -esto costaba, costaba mucho reconocerlo- los amigos de su igual no le reían las gracias ni le envidiaban su posición, que le venía de herencia y le daban a entender que, con sus medios, otros tendrán más éxito que él y le sacarían más partido a la vida.

Marcos González tenía treinta y cinco años y era la primera vez que pensaba así. Se lo debía a una pobre vendedora de melones al borde del camino.
(pp. 174-175)

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La película Manuela (1976) fue dirigida por Gonzalo García Pelayo, con guion de Pancho Bautista, con Charo López como Manuela, y financiada por Manuel Pío Halcón a través de su productora Galgo Films. Este hombre, hijo del escritor, encarnó algunos valores aristocráticos que denostaba su padre, pero al menos derrochó parte de su herencia en esta película, con una banda sonora preciosa (como no podía ser de otra manera, estando al timón Gonzalo García Pelayo), con Lole y Manuel, Triana, Goma, Hilario Camacho, Gualberto, Luis Torres Joselero y Granada. Dejo aquí "Un cuento para mi niño", de Lole y Manuel:


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