20 jun. 2013

La Matrona de Efeso - El Satiricón, Petronio

Imagen de Wikimedia Commons

Gracias a la mención de la creación de Agustín del anterior post (El que no se consuela...), se me ha ocurrido traer aquí un capítulo de El Satiricón, obra atribuida a Petronio y que ha sido fuente de inspiración para obras como El Conde Lucanor, de Don Juan Manuel, o la película surrealista homónima de Federico Fellini.

(siguiendo este enlace podéis acceder a la película completa, en Youtube)


Para conocer mejor El Satiricón y su origen, os recomiendo leer este artículo en el blog Mi Cíclope:
http://miciclopemiope.blogspot.com.es/2012/12/petronio-y-el-satiricon-ensayo.html.

Más que escribir una entrada sobre Petronio y El Satiricón, quería animaros a leer uno de sus relatos para que captéis el estilo y si os animáis, que leáis un poco más de su obra. La tenéis accesible aquí: http://es.wikisource.org/wiki/El_Satiric%C3%B3n en su traducción al castellano, o prácticamente en cualquier biblioteca.


He seleccionado La Matrona de Efeso, que es el relato al que hace referencia la recreación de Agustín. A ver si os gusta:

LA MATRONA DE EFESO


Cuento incluido en la novela El Satiricón, de Petronio, capítulos 111 y 112.

En Efeso había una matrona con tal fama de honesta que hasta venían las mujeres a conocerla desde países vecinos. Esta matrona perdió a su esposo y no se contentó entonces con ir detrás del cuerpo con los cabellos en desorden, como es costumbre entre el vulgo, ni con golpearse el pecho desnudo ante los ojos de todos, sino que fue detrás de su finado marido hasta su tumba y luego de depositarlo, según la usanza de los griegos, en el hipogeo, se consagró a velar el cuerpo y a llorarlo día y noche. Sus padres y familiares no pudieron hacerla cejar en esa actitud que, llevada a la desesperación, la haría morir de hambre. Hasta los magistrados desistieron del intento al verse rechazados por ella. Todos lloraban casi como muerta a esa mujer que daba ejemplo sin igual consumiéndose desde hacía ya cinco días sin probar bocado. La acompañaba una sirvienta muy fiel que compartía su llanto y renovaba la llama de la lamparilla que alumbraba el sepulcro cuando comenzaba a apagarse. En la ciudad no se hablaba de otra cosa que no fuera de esta abnegación, y hombres de toda condición social la daban como ejemplo único de castidad y amor conyugal.

En ese tiempo el gobernador de la provincia ordenó crucificar a varios ladrones cerca de la cripta donde la matrona lloraba sin interrupción la reciente muerte de su marido. Durante la noche siguiente a la crucifixión, un soldado que vigilaba las cruces para impedir que alguno desclavase los cuerpos de los ladrones para sepultarlos, notó una lucecita que titilaba entre las tumbas y oyó los lamentos de alguien que lloraba. Llevado por la natural curiosidad humana, quiso saber quién estaba allí y qué hacía. Bajó a la cripta y, descubriendo a una mujer de extraordinaria belleza, quedó paralizado de miedo, creyendo hallarse frente a un fantasma o una aparición. Pero cuando vio el cadáver tendido y las lágrimas de la mujer, su rostro rasguñado, se fue desvaneciendo su propia impresión, dándose cuenta de que estaba ante una viuda que no hallaba consuelo. Llevó a la cripta, su magra cena de soldado y comenzó a exhortar a la afligida mujer para que no se dejase dominar por aquel dolor inútil ni llenase su pecho con lamentos sin sentido.

-La muerte -dijo- es el fin de todo lo que vive: el sepulcro es la íntima morada de todos.

Acudió a todo lo que suele decirse para consolar las almas transitadas de dolor. Pero esos consejos de un desconocido la exacerbaban en su padecer y se golpeaba más duramente el pecho, se arrancaba mechones de cabellos y los arrojaba sobre el cadáver. El soldado, sin desanimarse, insistió, tratando de hacerle probar su cena. Al fin la sirvienta, tentada por el olorcito del vino, no pudo resistir la invitación y alargó la mano a lo que les ofrecía, y cuando recobró las fuerzas con el alimento y la bebida, comenzó a atacar la terquedad de su ama:

-¿De qué te servirá todo esto? -le decía-. ¿Qué ganas con dejarte morir de hambre o enterrada, entregando tu alma antes que el destino la pida? Los despojos de los muertos no piden locuras semejantes. Vuelve a la vida. Deja de lado tu error de mujer y goza, mientras sea posible, de la luz del cielo. El mismo cadáver que está allí tiene bastarte para que veas lo bella que es la vida. ¿Por qué no escuchas los consejos de un amigo que te invita a comer algo y no dejarte morir?

Al fin la viuda, agotada por los días de ayuno, depuso su obstinación y comió y bebió con la misma ansiedad con que lo había hecho antes la sirvienta.

Se sabe que un apetito satisfecho produce otros. El soldado, entusiasmado con su primer éxito, cargó contra su virtud con argumentos semejantes.

-No es mal parecido ni odioso este joven- se decía la matrona, que además era acuciada por la sirvienta que le repetía:

-¿Te resistirás a un amor tan dulce? ¿Perderás los años de juventud? ¿A qué esperar más tiempo?

La mujer, después de haber satisfecho las necesidades de su estómago, no dejó de satisfacer este apetito... y el soldado tuvo dos triunfos. Se acostaron juntos no sólo esa noche sino también el día siguiente y el otro, cerrando bien las puertas de la cripta de modo que si pasase por allí tanto un familiar como un desconocido, creyeran que la fiel mujer había muerto sobre el cadáver de su esposo. El soldado, fascinado por la hermosura de la mujer y por lo misterioso de estos amores, compraba de todo lo mejor que su bolsa le permitía y al caer la noche lo llevaba al sepulcro.

Pero he aquí que los parientes de uno de los ladrones, notando la falta de vigilancia nocturna, descolgaron su cadáver y lo sepultaron. El soldado, al hallar al otro día una de las cruces sin muerto, temeroso del suplicio que le aguardaría, contó lo ocurrido a la viuda:

-No, no -le dijo- no esperaré la condena. Mi propia espada, adelantándose a la sentencia del juez, castigará mi descuido. Te pido, mi amada, que una vez muerto me dejes en esta tumba. Pon a tu amante junto a tu marido.

Pero la mujer, tan compasiva como virtuosa, le respondió:

-¡Que los dioses me libren de llorar la muerte de los dos hombres que más he amado! ¡Antes crucificar al muerto que dejar morir al vivo!

Una vez dichas estas palabras, le hizo sacar el cuerpo de su esposo del sepulcro y colgarlo en la cruz vacía. El soldado usó el ingenioso recurso y al día siguiente el pueblo admirado se preguntaba cómo un muerto había podido subir hasta la cruz.

Confía tu barco a los vientos
pero jamás tu corazón a una mujer
porque las olas son más firmes
que la fidelidad de la mujer.
No hay ninguna mujer buena
o si alguna vez lo ha sido
No comprendo cómo algo malo
pudo ser bueno alguna vez.








17 jun. 2013

El que no se consuela... de Agustín Mañero

Autor: Agustín Mañero
Relato escrito sobre una idea de Petronio


Sentada al borde de un pétreo banco adosado al muro, doña Leonor continúa mirando, sin pestañear, el cercano féretro.
Señora, ¿le apetece tomar algo? No ha probado bocado en dos días. Debería comer, aunque fuese algo ligero, para recobrar fuerzas.
Doña Leonor, de manera casi imperceptible, niega con la cabeza mientras se seca por milésima vez los lagrimones de viuda recién estrenada.
“No le pueden quedar ya lágrimas”, piensa Catalina. Pero le quedan. ¡Vaya que si le quedan! Lágrimas y tristeza; lágrimas y desesperación por la pérdida; lágrimas bañadas con sentimientos de impotencia y desamparo. Durante la corta existencia de la joven como desposada ha sido proverbial la rectitud de su proceder, la castidad acrisolada que ha guiado su comportamiento y el amor y fidelidad mostrados hacia su esposo.
Don Raimundo Monforte Valdenebro vivió como le había correspondido por su condición de noble caballero. Fue heredero de ilustre abolengo, de preclara alcurnia y de grandes riquezas. Exceptuando sus visitas a la corte, sus obligadas salidas bélicas y sus frecuentes cacerías —algunas aprovechadas para otra clase de caza menos arriesgada y más placentera—, su medio siglo de existencia había transcurrido en su castillo-fortaleza de Torres Rojas, enorme posesión circundada por extensos campos de labrantío, bosques y praderas. Desde allí con paternal proceder, pero procurando ser justo y ecuánime había dirigido las vidas de sus gentes que moraban dentro del recinto amurallado.
Dos años atrás, había casado con doña Leonor de Mendoza, sobrina de su gran amigo, Genaro Larraga, conde de Navajuela, y aunque el matrimonio fue pactado a espaldas de la joven, pronto prendió en ella el cariño y la pasión por su marido, al que, en principio, miraba más como padre y valedor que como amante esposo.
Ahora, su joven viuda sufre la situación que, como tal, le corresponde. Pero no es éste un duelo más, una exteriorización que, con frecuencia, exhiben algunas mujeres a la muerte de su hombre, no; es la aflicción convertida en mujer, el llanto hecho imponente desgarro. Ni familiares, ni amigos, ni allegado alguno han podido convencerla para que, después de celebradas las honras fúnebres, diese cristiana sepultura a los queridos restos en lugar de velarlos noche y día.
Se ha negado a inhumar el querido cuerpo en la cripta familiar. Quiere velarle y llorarle en el exterior, con el incierto clareo del orto, con la canícula del mediodía, en la tiniebla de la noche. Desea prolongar la cercanía con el querido cuerpo, estar a su vera, saber que puede verle, tocarle...
Se está ocultando el sol, desciende la temperatura y Catalina arropa con una cálida cobija el dorso de su señora. Se ha convertido en sombra solícita entre las tétricas sombras de los cipreses, en animado espectro al cuidado de su señora, en celosa vigilante del duelo de su ama, que se extiende ya a lo largo de dos interminables jornadas.
—Vais a enfermar, doña Leonor. Sin dormir, sin descansar, sin tomar alimento... Así día tras día, noche tras noche, sentada en el exterior de la capilla...
Al otro lado del muro circundante, Herminio Riacho vela el cadáver de Jeremías Botillo. Cuida de que nadie, en especial Salustiano Botillo, se acerque allí durante la noche. Por orden real, Jeremías ha sido colgado, por el cuello, de la robusta encina que, solitaria, se yergue extramuros de Torres Rojas. Ha sido sorprendido transportando un venado del rey, ha matado al guardabosque y la justicia e ira del monarca le han sentenciado. A la horca, sí, pero también a que su desnudo cuerpo colgado de una rama y encapuchado —para ocultar el desfigurado rostro— se exhiba públicamente durante una semana para escarnio del furtivo y escarmiento de posibles imitadores. Durante el día, son dos soldados los que impiden a Salustiano Botillo, hijo del finado, descolgar los restos de su progenitor para sepultarlos. Por las noches, el joven Herminio.
Próximos lugares y similares encomiendas, aunque éstas por motivos diferentes, les ha deparado el destino a las dos personas que esa noche celan sus muertos. Atraído por el llanto y por el débil resplandor de dos antorchas, Herminio, desde el exterior, se acerca al muro y, por un pequeño portillo abierto hacia el camposanto, otea, precavido, la escena. Contempla a la hermosa mujer desgarrada por su dolor mientras, sostenida por su doncella, posa sus ojos en el imantado catafalco. Se apiada el soldado de la atribulada joven y se aproxima al duelo. Con sentidas palabras, trata de consolarla; después le ofrece su cena, más ella redobla su llanto y desespero. Insiste el soldado, resiste la mujer, y Catalina, hace causa común con el hombre.
—Señora, sólo un poco, ¿eh? —aventura la sirvienta.
Y así, poquito a poquito, con remilgos y aspavientos, con dengues melindrosos, doña Leonor condesciende en trasegar una pequeña parte del rancho soldadesco.
La siguiente noche y tras meditarlo un rato, Herminio se auto convence de que, a esas horas de la anochecida, nadie osará acercarse al muro del cementerio y a la encina del ahorcado. Por ello, con relativa tranquilidad y por un tiempo no muy largo, abandona su tétrica vigilancia. Mientras participan los tres del ágape, Herminio, aunque tímidamente, trata de calmar el desánimo de la mujer; le recuerda que existen personas que la quieren, que la esperan y que la necesitan. Antes de volver al cuidado de su árbol y su cadáver, logra abrazar el delicado y envarado cuerpo, para intentar transmitirle el deseo de vivir y ofrecer a los demás, el regalo de su presencia.
Tras haber cenado con cierta normalidad —mucho hacía por ello Catalina y también el soldado que allegaba viandas no procedentes del rancho cuartelero—, Herminio reprocha con dulzura a doña Leonor sus negros y destructivos pensamientos, señalándole que, aunque no cumpla los ocho días y ocho noches que se ha propuesto velar junto al túmulo, nadie podrá vituperarla porque, paulatinamente, se vaya reintegrando a los quehaceres cotidianos. Piensa el joven que una belleza tal pronto podrá encontrar consuelo para la sensible pérdida.
Sea porque el poder de persuasión del militar fuese mucho, sea porque la resistencia humana tiene sus límites, sea porque el destino así lo quiere, lo cierto es que doña Leonor encuentra “consuelo” aquella misma noche, mucho antes de lo que ella hubiese podido soñar.
Vuelve Herminio a su puesto y queda espantado al comprobar que, mientras él estaba aplicando su lenitivo a la pena ajena, han descolgado y robado el objeto de su vigilancia.
—¿Qué voy a hacer, Leonor? Mañana, cuando descubran lo ocurrido, habrá acabado todo para mí. Posiblemente ocupe yo el lugar de Jeremías Botillo —musita Herminio, presa del pánico.
Y doña Leonor, que no está dispuesta a que le roben su recién descubierto alivio nocturno, cavila, piensa, discurre... Ha sufrido lo indecible, ha pensado en quitarse la vida tras ver morir a su amado —el primero—, y no quiere velar otro cuerpo querido. Le comunica su idea a Herminio y, con la colaboración de Catalina, primero desnudan y luego encapuchan a don Raimundo para, seguidamente, colgarlo de la ignominiosa encina. De esta manera, doña Leonor, va a poder seguir consolándose en su inmenso quebranto, en su aflicción insondable, en su infinito desconsuelo.

Agustín Mañero
26/12/02

11 jun. 2013

Ensoñaciones

Autor: Agustín Mañero 

Y se fueron. Se fueron todos, hace mucho, aunque yo sigo viéndoles reunidos, y me mira Julián con aquella mirada socarrona, medio de broma medio de veras, tal y como solía cuando llegaba a nuestra casa, que siempre llegó hasta que un día, no. Desde mi casa, a diario, podía verle a él y a los otros caminando hacia mí, pero ahora no puedo. ¿Por qué no se llega hasta aquí? 

Esta nueva casa no me gusta nada. Dicen que es mía, pero no es cierto. Yo le quitaría las rejas que me impiden asomarme mientras le espero a él, al hombre. Pero ya apenas me importa, no me importa casi nada. Tampoco regresa Ricardo. Ahí está, inmóvil como su padre, pero me sonríe. Me sonríe siempre. Es mi hijo y me quiere. También me quiere Adela o... ¿lo finge porque me envidia? Las hermanas han de quererse y yo la sigo queriendo. También quiero a “Rabón”, la gente dice que a los perros no se les trata como a personas, pero yo sí lo hago; quiero a todos, y más los querría si no hubiese rejas y saliese al campo y corriese por los prados, hasta llegar a la ermita de San Prudencio, y cogiese flores para el jarrón de la mesa del comedor, del comedor de mi casa.

Dicen que ésta es mía, pero tratan de engañarme. Mi casa no tiene rejas y, cuando en ella vivía, hablaba con todos; sobre todo con los míos. Ahora también hablo, pero poco. Lo hago con otros y a veces no me contestan. Quiero los abrazos y la conversación de Julián, la risa del niño, las desabridas palabras de Adela. La palabra es buena para comunicarse, y las gentes necesitan hacerlo. Yo hablo menos cada vez y apenas me escuchan. Me miran, fijan su mirada en... ¿irá su mirada a la otra casa?, ¿a mi casa? Si yo fuese a ella, ¿me hablarían? No, no puedo ir. No sé dónde está la llave de esta puerta. “No la busques”, me dijeron y no la he buscado. Si no hubiese rejas, saldría para abrazar a Julián y también a Ricardo y ¿a Adela? Sí, a Adela también. A “Rabón”, no. Un perro es un perro y a los animales no los abrazo.

Ninguno de los cuatro termina de traspasar el río, esa agua que me separa de ellos, esa agua que no es obstáculo y que se puede salvar cruzando el puente. ¿Por qué no terminan de hacerlo? Quizá lo hagan mañana y se lleguen hasta aquí y busquen la llave y, cuando la encuentren, me lleven a mi casa, a mi casa que está lejos, lejos, en mis recuerdos. Cuando Julián llegue a este lado del puente, me uniré a él, me acariciará recio y mi hijo, al que veo muy crecido, me besará y... ¿Adela? ¿Se enfadará Adela porque no les espero en la casa de siempre? “Rabón”, con los ojos tristes, me pedirá un hueso. Tendré que darme prisa para limpiar todo, después de tanto tiempo ausente... Quitar el polvo, ventilar las habitaciones, lavar la ropa... Luego me ocuparé del corral, de las gallinas, de... Quizá no crucen el puente, no vengan a buscar la llave, no quiten las rejas y me dejen sola, aquí, esperando a ver si se deciden a cruzar el río. Quizá se vayan yendo a otros sitios, sin mí. Ya casi nada me importa, pero yo los sigo viendo a todos. Inmóviles.

10 jun. 2013

"El caramelo morado", de Agustín Mañero

Autor: Agustín Mañero



Con vacilante paso, avanza el niño por el solitario asfalto. Él no lo hubiese querido, pero su madre, aquella madre que tanto le cuida y protege, y en la que confía ciegamente, le ha dicho: “Anda hijo, ve al otro lado. Allí te espera tu padre”. Él no conoce a su padre; debe ser algo bueno tener padre cuando la gente habla a la vez del padre y de la madre. Ella sí que es buena. Le quiere. Y ¿su padre? Por fuerza ha de ser bueno, también. Se lo ha dicho su mamá y si se lo ha dicho ella, así será. Lleva más de dos años sin ver a su papá la mitad de su vida y no puede recordarle. En su casa ha oído hablar de él, a sus tías y abuelos, aunque la memoria del niño es corta. 
 
Ve al otro lado, hijo; te espera tu padre”. Y venciendo su inseguridad, su temor a la solitaria andadura, sus temblorosas piernas le van llevando al encuentro que le han anunciado como dichoso. Confía en que lo va a ser; se lo ha oído a quien más quiere en el mundo..., pero la novedad del trance le atemoriza. Sin ser consciente de ello, tarda el paso, remolonea sin pretenderlo; quiere sin querer. Va al encuentro de un desconocido. Su padre, sí, pero desconocido, al fin. 
 
Poco a poco, se va acercando al otro lado de aquel inquietante puente que se le antoja larguísimo, mientras se da cuenta de que está totalmente vacío. Sólo él transita por una de las aceras. Atrae su atención la corriente del río y se demora contemplándola. Hace un esfuerzo por romper el momento de distracción y prosigue la desganada marcha. Hay mucha gente al otro lado. Ve unos guardias con uniformes obscuros, llamativos botones y fija su atención en el gorrito que llevan: redondo y con visera. Entre aquellas gentes, está un hombre que le abraza y le besa; debe de ser su padre que no cesa de preguntarle por su mamá, por los abuelos, por el colegio, por... 

El niño, dentro de la novedad que todo ello le supone, se ha ido tranquilizando al lado de su progenitor. Ve en él a un hombre alto, delgado y con sombrero. Poca gente lleva sombrero donde él vive, y nadie de su familia le ha dicho que su padre lo llevase. Encuentra extraño el hecho. Tras un rato en su compañía y mientras el niño observa con curiosidad el entorno, su padre le envía de vuelta a la otra orilla. Antes, le entrega una bolsa de caramelos que el pequeño observa con interés. Son diferentes de los que él suele comer. Tienen una forma más alargada, un color más intenso y un olor más penetrante. Por lo menos, eso le parece al pequeño. Pero lo que le llama la atención, sobremanera, es un caramelo morado que sobresale de entre los otros. No los ha visto nunca de ese color; le parece precioso. Quizá, lo llamativo, sea el contraste con los demás tonos, aunque sin saber por qué, apenas aparta su vista de él. Además se lo ha dado su padre. Ahora, él también tiene padre como otros niños, como los compañeros del colegio, aunque duda mucho de que les puedan regalar un caramelo tan bonito.

A medio camino, de vuelta, en el centro del puente, gira la cabeza y entre las gentes divisa un sombrero que se agita en señal de saludo. Más arriba, ve una bandera extraña para él. Tiene colores diferentes de las banderas que suele ver en los edificios de su ciudad, y de la que figura en los libritos del colegio de monjas.

¡Hola, hijo! ¿Estás contento? ¿Qué te ha dicho papá? ¡Qué caramelos tan bonitos! ¡Cuéntame, cuéntame!” insta la madre deseando tener noticias de primera mano y lamentando, tal vez, no haber sido ella la que cruzase el puente; ese maldito puente que le separa; ese bendito puente que le puede unir a su marido. 
 
Pero la cabeza del pequeño es un barullo de emociones, de vivencias desacostumbradas, de experiencias que sobrepasan su capacidad de asimilación. Ante las maternales preguntas se limita a encogerse de hombros, a mirar sin ver y a enseñar, una y otra vez, su caramelo morado. 
 
Aquel septiembre del 38, durante los veinte kilómetros del viaje de regreso a San Sebastián, no deja de apretar contra su pecho la preciada bolsita. En un momento dado, sorprende a su mamá enjugando una sigilosa lágrima; su mente, con la inconsciencia de sus pocos años, aparta esa imagen que le turba y la sustituye por la del solitario puente, por ese puente que le ha llevado hasta su preciado caramelo morado.



Agustín Mañero
12/9/03

5 jun. 2013

Cuerpo Presente - Federico García Lorca

Federico García Lorca
Fuente Vaqueros, 5 de junio de 1898 - Víznar, 19 de agosto de 1936


CUERPO PRESENTE


La piedra es una frente donde los sueños gimen
sin tener agua curva ni cipreses helados.
La piedra es una espalda para llevar al tiempo
con árboles de lágrimas y cintas y planetas.

Yo he visto lluvias grises correr hacia las olas,
levantando sus tiernos brazos acribillados,
para no ser cazadas por la piedra tendida
que desata sus miembros sin empapar la sangre.

Porque la piedra coge simientes y nublados,
esqueletos de alondras y lobos de penumbra;
pero no da sonidos, ni cristales, ni fuego,
sino plazas y plazas y otras plazas sin muros.

Ya está sobre la piedra Ignacio el bien nacido.
Ya se acabó; ¿qué pasa? Contemplad su figura:
la muerte le ha cubierto de pálidos azufres
y le ha puesto cabeza de oscuro minotauro.

Ya se acabó. La lluvia penetra por su boca.
El aire como loco deja su pecho hundido,
y el Amor, empapado con lágrimas de nieve,
se calienta en la cumbre de las ganaderías.

¿Qué dicen? Un silencio con hedores reposa.
Estamos con un cuerpo presente que se esfuma,
con una forma clara que tuvo ruiseñores
y la vemos llénarse de agujeros sin fondo.

¿Quién arruga el sudario? ¡No es verdad lo que dice!
Aquí no canta nadie, ni llora en el rincón,
ni pica las espuelas, ni espanta la serpiente:
aquí no quiero más que los ojos redondos
para ver ese cuerpo sin posible descanso.

Yo quiero ver aquí los hombres de voz dura.
Los que doman caballos y dominan los ríos:
los hombres que les suena el esqueleto y cantan
con una boca llena de sol y pedernales.

Aquí quiero yo verlos. Delante de la piedra.
Delante de este cuerpo con las riendas quebradas.
Yo quiero que me enseñen dónde está la salida
para este capitán atado por la muerte.

Yo quiero que me enseñen un llanto como un río
que tenga dulces nieblas y profundas orillas,
para llevar el cuerpo de Ignacio y que se pierda
sin escuchar el doble resuello de los toros.

Que se pierda en la plaza redonda de la luna
que finge cuando niña doliente res inmóvil;
que se pierda en la noche sin canto de los peces
y en la maleza blanca del humo congelado.

No quiero que le tapen la cara con pañuelos
para que se acostumbre con la muerte que lleva.
Vete, Ignacio: No sientas el caliente bramido.
Duerme, vuela, reposa: ¡También se muere el mar!

Poema tomado de lospoetas.com


Fuente: Wikimedia Commons
18 de julio: golpe militar contra el gobierno de la República.

20 de julio: es detenido su cuñado, Manuel Fernández Montesinos, alcalde socialista de Granada. 

Entre el 6 y el 9 de agosto, grupos falangistas efectúan varios registros en la casa familiar.

El 11 de agosto, busca refugio en la casa granadina de los Rosales, destacada familia falangista.

El 16 de agosto es detenido y conducido al Gobierno Civil. El mismo día, Manuel Fernández Montesinos es asesinado. 

Pese a las gestiones que en su favor hacen Manuel de Falla y Luis Rosales, Federico García Lorca es conducido a Víznar, en las cercanías de Granada, donde el día 19 de agosto es asesinado.

Había cumplido treinta y ocho años. 

Texto publicado en la web de la Fundación García Lorca

 

4 jun. 2013

El amigo de mi amigo, de Agustín Mañero

Autor: Agustín Mañero
1º de Ciencias Humanas

Mi amigo Jorge tiene un amigo al que llama Genaro. Yo pienso que el nombre no es muy apropiado, pero allá él. A diario salen juntos, pasean por el monte, se miran a los ojos y se comprenden; bueno..., a veces. Lo cierto es que se llevan bien. Cuando, en alguna ocasión, me los he encontrado en mis paseos, al verme, Genaro levanta la cola. Jorge, no.

¿Por qué no le amputas el rabo? —suelo preguntarle a Jorge.
No digas tonterías. A estas alturas, Genaro se ha acostumbrado a ser como es. Además, ¿a ti qué te importa?
Hombre, la verdad es que no mucho, pero si Genaro levanta y agita su cola cuando me ve, es de suponer que también lo haga en presencia de tu suegra, y estoy seguro de que ella lo interpretará como signo de alegría. ¿No lo crees así?
Pues no lo había pensado, pero ahora que lo dices...

Genaro ya se veía sin la cola. Me lanzó una furibunda mirada, me gruñó con enfado y si no es por Jorge, estoy seguro de que me hubiese atacado.

Genaro es lo que se llama un “mil leches”. En su anatomía hay vestigios de podenco, de labrador y de ratonero. En su mente debe de haber conocimientos alambicados de todas esas razas, afinados y actualizados por la inteligencia del amigo de mi amigo.

Genaro, sin ser noctámbulo del todo, parece tener alma de sereno. De los de antes. Con frecuencia se escapa de su habitáculo al anochecer y Jorge, en algunas ocasiones, le ha pillado aullando a la luna llena tal y como solía hacerlo el hombre-lobo. Yo creo que lo hace para despistar. En esos casos, con compasiva mirada, mi amigo le deja expansionarse pensando en que se cansará pronto del jueguecito, pero estoy convencido de que, al rato, se va de ligue. Hay mañanas en que no puede con el rabo.