25 mar. 2013

León Felipe (1884-1968): "Como tú"

Fuente de la imagen: Leer el Universo
Gracias a un precioso proyecto colaborativo (que ya contaré en otra ocasión) denominado El Barco del Exilio, la semana pasada tuve la suerte de rememorar a un gran autor que actualmente se considera un poeta mayor: Felipe Camino Galicia de la Rosa, más conocido como León Felipe.


Uno de sus poemas más conocidos es "Como tú", cantado por Paco Ibañez. Por suerte, en este vídeo podemos escuchar primero la voz del propio León Felipe y posteriormente la de Paco Ibañez, para disfrutar doblemente:


Así es mi vida,
piedra,
como tú. Como tú,
piedra pequeña;
como tú,
piedra ligera;
como tú,
canto que ruedas
por las calzadas
y por las veredas;
como tú,
guijarro humilde de las carreteras;
como tú,
que en días de tormenta
te hundes
en el cieno de la tierra
y luego
centelleas
bajo los cascos
y bajo las ruedas;
como tú, que no has servido
para ser ni piedra
de una lonja,
ni piedra de una audiencia,
ni piedra de un palacio,
ni piedra de una iglesia;
como tú,
piedra aventurera;
como tú,
que tal vez estás hecha
sólo para una honda,
piedra pequeña
y
ligera...

Puedes leer más poemas de León Felipe en http://www.poemas-del-alma.com/leon-felipe.htm

También os recomiendo visitar el artículo de POESÍA. "Vencidos", de León Felipe (1884-1968). MÚSICA: Joan Manuel Serrat del blog Leer el Universo.


13 mar. 2013

Una vez a la semana, cosa sana.

Autor: Agustín Mañero
25/11/02


Es hembra poderosa y ardiente, a la vez que, dócil, tierna y sumisa.  Nos entendemos perfectamente y, en estos dos años que salimos juntos, no he tenido la menor queja de su comportamiento.  Cierto que nuestra relación es semanal y que si nos viésemos a diario, podría llegar a ser un tormento para mí; es más, pienso que mi físico no podría soportarlo.  Nuestros encuentros suelen ser campestres, en plena naturaleza.  A los dos nos incomodaría hacerlo en una ciudad atestada de gente, con sus ruidos y algarabía.  Preferimos la paz rural, los rumores de la brisa, la sosegada campiña.  Allí estamos a gusto.

Los domingos, días de mis visitas, suele esperarme hecha un manojo de nervios. Lo noto, nada más verla.  Me aguarda con su bonita cabeza erguida que, a menudo, muestra su desafío, pero que, junto a mí, se inclina, rendida.  Lo que más me atrae de ella, lo que me seduce perdidamente es su mirada.  Profunda, insondable, inmensa como sus ojos, se me ofrece tierna, dulce y acariciadora.  La interrumpe adrede con ligeros parpadeos coquetos y, con ellos, me solicita, me exige caricias, mientras adivino en los tensos músculos de su desnudo cuerpo el deseo que la domina.  Con el tiempo, he aprendido a tratarla. 

Mis primeras atenciones son para su cara, que acaricio con ambas manos, y los siguientes mimos para su cuello.  Soberbio. Largo, fino, pero a la vez enérgico, emerge de un pecho pujante que se agita con ansia. También me demoro en éste y le dedico el tiempo que se merece.  Siento su enervamiento bajo mis manos, los temblores que lo sacuden y el callado grito del cuerpo todo que se queja de mi tardanza.  Me place hacerla esperar, notar su impaciencia por desfogarse.  La veo tan bonita y presumida que me apena hacerle sentir mi peso sobre su cuerpo para  iniciar los preliminares acostumbrados.  Pero al fin, me dispongo a ejecutar el ritual de cada semana que, invariablemente, nos conduce a nuestro goce en común.

Con tiento, conteniendo la respiración —como si de esta manera pudiese pesarle menos— subo en ella que, gozosa, acepta mi monta.  Los primeros movimientos, necesarios para alcanzar nuestro placer, son pausados, morosos, y sirven de preámbulo al alocado ritmo que les sucede.  Ella se calienta pronto y he de ser yo el que ponga freno a sus ansias contenidas, a sus urgentes anhelos alocados.  Ya he mencionado que es poderosa y, de ello, no cesa de darme sobradas muestras. Sería capaz de aguantar una acelerada cadencia durante mucho tiempo, pero yo, con menos facultades, me veo en la necesidad de sujetar sus ímpetus.  Para ello, oprimo sus rotundos flancos con mis piernas, en su oído le susurro moderación y, tras los primeros saltos alocados, la reconduzco hacia el placer comedido, menos intenso, pero más  duradero.  Invariablemente, acabamos los dos agotados.  Yo, con mis pudendas partes resentidas, y ella sudorosa y jadeante.

Al final, y para que no se enfríe, la arropo, luego la incito al descanso y le doy su merecido celemín de avena y cebada.

La Dársena del Desguace, de Javier Odriozola

Autor: Javier Odriozola
1º de Ciencias Humanas


Cuando divisé la dársena del desguace hacía frío, la suela de mis zapatos pisaba un grueso lodo parecido a la nostalgia y sentí que el viento me arrastraba en un viaje a un más allá, al que el miedo, no sabia a qué, no me quería dejar partir.

Estar y no saber dónde estás, mirar y no tener a dónde mirar, decir cosas que nadie quiere escuchar, explicarte cuando las explicaciones no son más que un murmullo que arrastra el viento, es como no poder gritar cuando te das cuanta de que el tiempo pasa y sintiendo una tristeza infinita, quieres llamar al cielo para pedir una ayuda para calmar ese dolor que te trasmite tu soledad entre una multitud que te ignora.

Cuando te acercas y ves la dársena de cerca, te vas quedando callado y tu única ayuda es el recuerdo de un par de versos íntimos de alguna poesía anciana, anclada en los atardeceres.


En el fondo, igual la tristeza es esa soledad, esa nostalgia de no poder volver a los años pasados a revivir las sensaciones de aquellas bonitas historias inacabadas, que el frío paso del tiempo no ha conseguido hacer olvidar.


12 mar. 2013

Luz o fuego, de Agustín Mañero

Autor: Agustín Mañero
1º de Ciencias Humanas


LUZ O FUEGO

Brilla la nieve en la luz,
el carbón con el fuego
y tus ojos, morena,
con el amor que yo anhelo.

No los cierres, ahora,
que me hablen sus reflejos,
que me digan esperanzas
o que confirmen mis miedos.

No es de bien nacidos
disimular un afecto,
tenerme en un sinvivir
con todo lo que te quiero.

Que me digan tu desprecio
o que me abran el cielo;
solo de ti depende
que yo siga vivo o muerto.


Agustín Mañero
25 de enero de 2013

8 mar. 2013

El niño al que se le murió el amigo, cuento mínimo de Ana María Matute

Como veo que seguís leyendo el blog, seguiré publicando algo cada semana que pueda gustaros por diversos motivos... o al menos que me guste a mí... además de lo que queráis enviar para su publicación: cuentos, poemas, comentarios de libros...


Hoy he querido traeros un cuento mínimo de la Antología de Cuentos e Historias Mínimas (Siglos XIX y XX), editado por Miguel Díez R. y publicado por Espasa Calvé en 2002.

Esta edición recopila 33 cuentos y 42 historias mínimas de "los autores más representativos del género en ambos siglos"... Sin embargo, no he podido encontrar más que a cinco mujeres:

Pues no, solo cuatro. Cuatro autoras en 75 obras de los siglos XIX y XX... ¿son invisibles las autoras literarias?

Fuente de la imagen: Linde5 - Galería de las letras

Aquí os dejo el cuento mínimo escrito por la gran Ana María Matute:



El niño al que se le murió el amigo

Una mañana se levantó y fue a buscar al amigo, al otro lado de la valla. Pero el amigo no estaba, y, cuando volvió, le dijo la madre:

-El amigo se murió.

-Niño, no pienses más en él y busca otros para jugar.

El niño se sentó en el quicio de la puerta, con la cara entre las manos y los codos en las rodillas. «Él volverá», pensó. Porque no podía ser que allí estuviesen las canicas, el camión y la pistola de hojalata, y el reloj aquel que ya no andaba, y el amigo no viniese a buscarlos. Vino la noche, con una estrella muy grande, y el niño no quería entrar a cenar.

-Entra, niño, que llega el frío -dijo la madre.

Pero, en lugar de entrar, el niño se levantó del quicio y se fue en busca del amigo, con las canicas, el camión, la pistola de hojalata y el reloj que no andaba. Al llegar a la cerca, la voz del amigo no le llamó, ni le oyó en el árbol, ni en el pozo. Pasó buscándole toda la noche. Y fue una larga noche casi blanca, que le llenó de polvo el traje y los zapatos. Cuando llegó el sol, el niño, que tenía sueño y sed, estiró los brazos y pensó: «Qué tontos y pequeños son esos juguetes. Y ese reloj que no anda, no sirve para nada». Lo tiró todo al pozo, y volvió a la casa, con mucha hambre. La madre le abrió la puerta, y dijo: «Cuánto ha crecido este niño, Dios mío, cuánto ha crecido». Y le compró un traje de hombre, porque el que llevaba le venía muy corto.


3 mar. 2013

Los peligros del bosque, microcuento de Lagestroemia

Autor: Lagestroemia
Agustín Mañero


LOS PELIGROS DEL BOSQUE
 
         —Caperucita, coge esa cesta con provisiones y llévasela a la abuelita. Llevas varios días sin ir a verla y ya sabes lo sola y desamparada que está. No te entretengas por el bosque; merodea el lobo y podría comerte. Ataca, sobre todo, a los niños y a los ancianos.

         —Ya voy, mamá  —responde, sumisa, la niña.

         Y así, alegre por volver a casa de su abuelita, la pequeña alcanza las estribaciones del bosque. Allí, se entretiene observando los rojos y blancos de una amanita muscaria, gira la cabeza para guiñar un ojo al verderón serrano que gorjea, sonríe a la lagartija que repta, se sienta en el mullido musgo que tapiza la sombra del enorme roble y se empapa del variado embrujo nemoroso. 
  
         De pronto, le viene a la memoria el peligro anunciado por su mamá y,  olvidando las mil tentaciones que le ofrece la foresta, reanuda el camino. Siente hambre y tentada está de tomar alguna golosina de las que lleva, pero, desiste.

         Tam, tam, tam.
         —¿Quién es?

         —Soy yo, abuelita, ábreme. Te traigo una cesta con provisiones.

         —Hola hija, ¿qué tal estás? 

       —Bien, abuelita, bien, pero estoy hambrienta. ¿Qué tienes, hoy, para comer? 

         —Estofado de lobo.