12 dic. 2012

Rompiendo textos... “Oh, Jerusalén“

Ejercicio: Romper forma y contenido de un texto (jugando con textos)
Autor: Luis Recarte


Fuente: mercadolibre
Texto del libro "Oh, Jerusalén"
Con su aparato de radio en una mano y la jaula de sus canarios en la otra, el funcionario árabe Sami Hadawi abandonó su casa. Se negó a creer, la noche del Reparto, en la marcha de los ingleses. Se equivocó. Los ingleses se iban. Y él también. Dirigió una última mirada sobre los arriates de flores de su jardín y el montón de arena donde reposaban aún los juguetes de sus hijos. Luego, sin volver la vista, se dirigió, con pasos rápidos, hacia la ciudad vieja, donde lo esperaban los suyos.



Nuevo texto
La radio permanentemente en una mano, a fin de no perderse nada de lo que estaba a punto de suceder, y sus canarios enjaulados en la otra, Sami salió de su hogar. No estaba  convencido, la noche del Reparto, de que los ingleses abandonaran su tortuosa presencia en patria de sus antepasados, pero era cierto, los ingleses se marchaban.

Recorrió con su mirada, por última vez, las hermosas flores de su cuidado jardín, el rincón donde se amontonaban los juguetes de sus hijos, y con paso firme se dirigió hacia la parte antigua de la ciudad, donde sus correligionarios le esperaban.



Referencia:
Lapierre, D., Collins, L. (1982). Oh, Jerusalén. (trad. original: Oh, Jerusalem, 1971). Barcelona: Plaza & Janés

11 dic. 2012

Cuando yo me vaya... de Agustín Mañero

Autor: Agustín Mañero
3 de septiembre de 2009


CUANDO YO ME VAYA...

Cuando yo me vaya

pienso hacerlo despacito,

sin el más leve grito;

de manera callada.


Mi partida, ese adiós

silencioso y apagado,

anunciará que ha llegado

la desunión de los dos.


Cuando yo me vaya

alzará su vuelo mi ayuda velada,

ese arrimo que corrige o halaga,

y que, siempre, te asiste y ampara.


Cuando yo me vaya

echarás en falta mis afables palabras

disimuladas, a veces,

con ironías blandas.


Pues con mi ausencia se irá mi habla,

ese decir que,

en ocasiones, te enoja y enfada

pero que siempre rezuma cariño y calma.


Cuando yo me vaya

pasearás sola tu pena y desgana

y tus salidas, inciertas y lánguidas,

carecerán del apoyo que yo te brindaba.


Y ya sola, en casa,

vacilará tu rumbo para seguir la marcha;

ese extenso camino que, unidos,

cubrimos en larga jornada.


Cuando yo me vaya…

te acordarás de mí en la noche larga.

4 dic. 2012

Las brujas desnudas

Autor: Javier Odriozola
1º de Ciencias Humanas

Biescas se preparaba aquella noche para celebrar al día siguiente su fiesta mayor.
La "Feria de Otoño" siempre ha sido la feria de ganado más importante del valle de Tena  y el pueblo se vestía con sus mejores galas para celebrarla.

En la plaza, los titiriteros de Binefar alegraban la fiesta con su música y  sus volatines, mientras en  los soportales del ayuntamiento un grupo de gente escuchaba con atención las bonitas historias del reino de Aragón que contaba una vieja contacuentos.

No pude evitar acercarme y escuchar el relato de esta bonita leyenda que nunca olvidare:

Cuentan que en el pequeño pueblo de Olson, en el Sobrarbe aragonés, un hombre se despertó súbitamente por que en la mitad de la noche, oyó ruidos en su casa.
Se levantó y  vio  en la cocina de su casa a doce mujeres desnudas, que se untaban con una crema y comentaban que aquella noche iban a hacer el mal. El ungüento les serviría para volar. Recitaban a coro: "Por las montañas de Ricóallosa, a Tolosa; ir y volver en tres cuartos de hora".


El buen hombre  se escondió como pudo hasta que las mujeres salieron volando por la ventana para llevar su maleficio, según comentaron, a un niño recién nacido.
Entonces se levantó, buscó el ungüento mágico y se untó como las brujas, pero pidió un cuarto de hora de tiempo en lugar de tres. Así es como adelantó a aquellas mujeres que volaban sobre la escoba. 


Se adelantó a ellas y llegó a tiempo de prevenir a los familiares del niño al que se proponían hechizar, los cuales le protegieron con una estampa religiosa. Después, de regreso a su casa, el hombre puso otro santo sobre la ropa de las brujas, para que cuando volvieran no pudieran vestirse.

Desde entonces las doce brujas quedaron condenadas para toda su vida, a volar tan solo cubiertas por el ungüento que se daban para volar y al llegar el día a permanecer escondidas.


Al escuchar el final de la historia, mi rostro reflejó una sonrisa que no le hizo mucha gracia a la vieja contacuentos.

"- No se ría señor,"  - me dijo en tono serio, - "debería saber que la leyendas son realidades virtuales de esos mundos paralelos, en los que nuestra falta de sensibilidad nos impide penetrar".

No entendí muy bien lo que me quiso decir aquella mujer pero esa noche no pude evitar mirar al cielo para ver si aparecían las doce brujas volando por el cielo estrellado de ese bonito pueblo pirenaico llamado Biescas.